viernes, 3 de diciembre de 2010

CUANDO EL BARCO LLEGA A PUERTO

Hemos visto, en algún lugar u otro, a todos esos hombres y mujeres que sufren una incapacidad tan grande en su integridad física, que no hemos sabido reaccionar ante estas imágenes que quedan grabadas en nuestra retina. Pero también he observado que con una sóla mirada o un simple gesto podemos reafirmar al enfermo en su identidad ya que los cambios que se producen en sus cuerpos convierten a muchos enfermos en extraños ante sus propios ojos. Ser testigo de una degradación física irreversible es una responsabilidad sin igual ya que un enfermo puede tener el cuerpo deteriorado, pero puede seguir siendo el mismo como identidad humana si los demás le siguen mirando con la misma ternura y son capaces de traspasar la barrera de la realidad de su deficiencia corporal.

El mundo en que vivimos siente miedo cuando oye hablar de la muerte y ha optado por mantener apartadas, escondidas o recluidas a las personas con problemas de salud mental, a las personas mayores enfermas o no, a las personas moribundas; con ello se crea un vacío en torno a estos seres humanos. Pienso que nuestra sociedad ha creado propios apartheids sociales contra todo aquello que no quiere ver o quiere ser ignorado, creando la propia indiferencia. No siempre el personal sanitario consigue entender qué necesita o qué no marcha bien cuando un enfermo los llama, o cuánta ayuda les proporciona un enfermo para ser cuidado a través de su voluntad de vivir, de su sentido del humor y su aguda inteligencia.


Dicen que existe una barrera que aísla y que es insalvable en los pacientes terminales. Otro gran reto para la profesión sanitaria. También nos encontramos con seres humanos clasificados como inmigrantes que tienen una vida de trabajadores durante muchos años en nuestras sociedades y que cuando caen en enfermedades terminales se prodigan en hablar bien de nuestros servicios sanitarios y de los cuidados que reciben como un último agradecimiento a la sociedad que los acogió; todo ello confirma la originalidad y especificidad de los servicios de cuidados paliativos que integran la reflexión sobre la vida sin ocultar el proceso de la muerte como integración de la propia existencia. Nunca deberíamos olvidar que todos los seres humanos viajamos en un barco, que un día, tarde o temprano, acaba llegando a puerto, y es en ese momento cuando el viaje se acaba. Las circunstancias de nuestras vidas nos lleva a olvidarlo, pero aquellos que ya empiezan a ver el puerto desde el barco, suelen pensar en ello cada día.


Todo ser humano, se refugie o no en la religión, cuando la muerte llama a sus puertas reconocen haber sido agnósticos los que no creen y reafirman sus creencias religiosas los que creen. Para los agnósticos comienza una importante etapa de sus vidas, comienza una exploración, una reconsideración, una investigación en las enseñanzas religiosas. Muchos son los que piensan que la muerte es algo frío y definitivo, llegando a integrarte con la tierra y ahí se acabó todo.


Pero, en este nuestro único universo, caótico para unos y armonioso para otros, magnífico y abrumador, cuando llega la aurora de nuestras vidas, comenzamos a pensar en si la muerte es o no es una mera casualidad.

Para los enfermos terminales que son totalmente dependientes, ¿dónde está la armonía?¿y lo magnífico?, quizás esté en que nunca se pierde la fe en la humanidad. Esta semana fuí a la unidad de curas paliativas a ver a la mujer de un vecino que ni siquiera conocía. Al verme entrar se sorprendió, al indicarle que era un vecino que conocía a su marido se alegró primero, me dió las gracias por una revista y un diario que les llevé para hacer más asequible el paso del tiempo y su dolor quejoso desapareció por unos instantes, me enterneció, sus preocupaciones y las propias desaparecieron, tal vez los estragos de la enfermedad nos despojaron de distracciones y borraron las preocupaciones diarias que nos absorbe el pensamiento. La visita fue breve, pero su hija notó el cambio en su madre y yo me marché con el alma algo más arrugada, pero con la satisfacción de haber dado ánimos y consuelo a una mujer que con la mirada te estaba dando un adiós fraternal, que con su mano fría te estaba transmitiendo amor y deseo de contacto con el mundo, en definitiva fue una lección de humanidad sin palabras. Me hizo recordar lo valioso que es el tiempo que pasamos, no sólo junto a los seres queridos, sino con todos los seres de nuestro entorno.

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