martes, 14 de diciembre de 2010

PROVERBIO ITALIANO: DEL ESCUCHAR PROCEDE LA SABIDURÍA Y DEL HABLAR EL ARREPENTIMIENTO

Saber escuchar no se aprende, creo que es un proceso, es un arte, es un acercamiento, es una forma de observación, es un acto selectivo. Sólo escucha quién verdaderamente quiere escuchar, la escucha es tan libre como el pensamiento. Cada día nos encontramos con miles de personas, vemos programas de televisión u oímos radio que sólo dicen o hablan palabras desbocadas, irreflexivas, fruto de seres humanos con incontinencia verbal. Escuchar profundamente algo que se dice o expresa en profundidad creo que es un acto de humildad. Se ha de escuchar a aquellos que piensan como nosotros, pero también a los que piensan de forma diferente para poder crecer.


Para saber escuchar creo que hay que saber meditar de forma receptiva. La crisis receptiva es la crisis de nuestra civilización. En un mundo que no sabe escuchar fallan los mecanismos primordiales de transmisión de valores, de lenguajes, de ideas, de creencias y de costumbres.

Para escuchar creo que deberíamos dejar los prejuicios de lado, no confundir lo que vemos con lo que la persona nos puede decir. Los prejuicios abren barrancos insalvables en las relaciones humanas. Para escuchar se necesita tiempo. Se necesita realizar un acto de atención hacia el otro, es querer entrar en su mundo. Para ello, deberíamos olvidarnos de nosotros mismos, deberíamos realizar una escucha activa para poder llegar a la palabra interior que está en el fondo de la palabra exterior.

Creo que deberíamos de luchar contra nuestro propio ego, para que deje de ser el centro de nuestro pensamiento y de nuestros prejuicios, porque creo que ambos son obstáculos para poder escuchar. Para ello, deberíamos aniquilar nuestro egocentrismo, nuestro egoismo y nuestro egotismo. Nos escuchamos tanto que no somos capaces de sentir a los demás.

La escucha creo que requiere de silencio, físico e interior, no significa no hablar, sino que aquello que se hable tenga las garantías de cualidad y calidad para poder expulsar todos los obstáculos sonoros que nos dificulten la escucha del otro, a través de la contención mental para poder centrarnos en las palabras del otro y evitar la dispersión.

Cuando se escucha deberíamos saber discernir a través del pensamiento y de los sentidos, recurriendo al "intus legere" (inteligencia para leer dentro de lo escuchado), para llegar a la profundidad del mensaje, para saber captar la esencia, saber explorar la emocionalidad y deberíamos tener en cuenta que nunca llegaremos a saber la intencionalidad del mensaje, por ello deberíamos buscar una neutralidad y prestar atención a elementos que aunque parezcan inconexos, en el fondo están unidos. Existe un paralelismo entre dejar nuestro ego y la escucha piedosa o compasiva donde el emisor se siente escuchado, reconocido y amado.


Se puede escuchar por el oído, pero también por los ojos, por la nariz, por la boca y por el tacto, porque cuando la escucha es activa se realiza por los 5 sentidos. Los gritos nos deshumanizan y son un obstáculo par la escucha y contra la palabra. Los gritos no significan razones, sólo expresan caos; la palabra en cambio es la expresión del cosmos.


La complicidad de la escucha se puede convertir en confidencialidad, el desnudo del otro ante tí. Y también una forma de educar sin ser conscientes con lo que decimos y de ser educados con lo que escuchamos, es un feedback educativo. Según Sócrates, tener un maestro y escucharlo es una forma para conocernos a nosotros mismos. Podemos llegar a saber quienes somos cuando salimos de nuestro yo y de nuestro ego para comunicarnos con los demás.

Nosotros somos los otros y viceversa porque cuando un ser querido desaparece de nuestras vidas, su recuerdo sigue con nosotros, el recuerdo se convierte en una lucha contra el olvido, a veces el diálogo más puro es aquel que estableces contigo mismo, en soledad, porque para amar a los otros, has de saber recogerte y saber amarte a tí mismo.

Escuchar significa saber respetar al otro como supuesto ético elemental, pero sin confundir el respeto con nuestras propias formas de pensar. La censura de opiniones no defiende la integridad física y moral de los seres humanos, se ha de luchar dialécticamente contra las opiniones que ponen en riesgo las libertades y los derechos fundamentales porque defender la libertad de pensamiento y de expresión es defender que cualquier ser humano pueda expresar sus pensamientos y creencias dentro del raciocinio.


La comprensión exige la escucha, pero la escucha no garantiza la comprensión. El miedo a admitir un fracaso es una responsabilidad al usar la palabra. A veces, hablar es un acto de coraje sobre el callar, otras veces hablar se convierte en cobardía con respecto al callar, creo que tenemos miedo a escuchar por miedo de nuestrros propios fracasos y errores. A veces, aquello que escuchamos son verdades que duelen, que no podemos soportar porque lo dicho es demasiado duro para ser digerido. Para ello, se recurre a mentiras piadosas, pero que llegan a ser una mala práctica porque la mentira es intencional y suele estar movida por una voluntad, la de negar lo que se sabe o hacer ver que no se sabe para no herir al otro; pero la veracidad creo que implica tener coraje porque siempre tendemos a protegernos, a escondernos, a instalarnos en pequeñas mentiras para poder soportar el paso del tiempo, para poder soportar nuestra existencia y nuestras decepciones, nuestros fracasos y nuestras contrariedades. La verdad dolorosa se ha de comunicar, pero no de cualquier forma, sobretodo en contextos sanitarios donde los profesionales de la salud han de comunicar malas noticias; por un lado el profesional ha de comunicar la verdad al paciente y el paciente tiene que saber lo que tiene y lo que le pasará como un derecho inalienable. El derecho a estar informado y el deber de informar de forma clara y competente es un derecho del enfermo como forma deontológica de las profesiones sanitarias, pero el paciente también tiene el derecho a no saber, a permanecer en la ignorancia y el profesional tiene el deber de preservar el secreto. Es una jurisdicción o lucha entre los opuestos, por eso es necesario una buena comunicación y una comunicación de forma apropiada.

La palabra humana es ambigua como el ser humano y puede llevar a equívocos, existen palabras que curan y palabras que hacen enfermar a las personas, por eso es imprescindible la palabra auténtica, la que surge de lo más profundo de nuestro corazón y que expresa de forma nítida lo que somos, lo que sentimos y lo que pensamos.


Nos podemos hacer escuchar de muchas formas, pero no todas son válidas o legítimas. No es válido la forma de utilizar la escucha a la fuerza, ni a la coacción, ni al chantaje. El que utiliza el habla debe conocer las habilidades del discurso oral y los que escuchan lo hacen porque lo expresado oralmente es interesante o porque despierta el deseo de la escucha en los demás.

Se hace escuchar quien habla con el corazón en la mano, quien sabe dar luz de sinceridad a lo que dice. Se ha de dominar la retórica y la oratoria para poder tener el poder de la palabra, pero tener el poder de la palabra no significa tener la razón de la palabra.

La vida es en sí misma una alternativa entre palabras y silencios de forma lógica para formar un diálogo coherente, inteligible, comunicativo, cortés, educativo; dialogar no es el circo mediático que nos tienen acostumbrados ciertas televisiones que sólo buscan la controversia, el enfrentamiento y en última o primera instancia el aumento de la audiencia, que en definitiva es quien provee de ingresos por publicidad. Esto lo expreso como autocrítica porque somos los espectadores y yo me incluyo en ellos quienes en último lugar legitimamos ciertos consumos de espectáculos o productos que son caricaturas del diálogo, con lo cual lo único que se derrota es la inteligencia y la sensibilidad maquillada del teleespectador.


La humildad es imprescindible en todo diálogo. Saber escuchar todas las aportaciones enriquece a todos los interlocutores, no respetar todas las opiniones expresadas incurren en un prepotencia negativa, rechazable, soberbia ilusoria que se relaciona con la vanidad.


Esta prepotencia se ha de superar porque reprime el crecimiento personal, las capacidades intelectuales, emocionales, sociales y físicas. Sólo si abrimos nuestros corazones y nos damos un chapuzón en el mundo que nos rodea, intentamos conocer otros lenguajes, otras culturas y otras tradiciones, entonces podremos ampliar nuestro universo mental, emocional y social porque la prepotencia conduce a la soledad.

La desconfianza también es un mal para el diálogo y para la escucha. Si hemos sufrido una contrariedad en nuestras vidas, ésta nos educa aunque nos haga daño y nos exige un esfuerzo con lo cual aprendemos desde la humildad. Con el miedo no se puede dialogar porque nos cierra a los demás, a veces no es miedo, es suspicacia que al final sólo hace que la sociedad se divida, que el diálogo social se rompa. Por eso, creo que la confianza es la esperanza, pero ha de estar bien fundamentada y ha de ser voluntaria.

Una crítica seria y real es aquella que exige una previa escucha. Se puede criticar sin escuchar, sin leer, sin mirar aquello que se critica, pero sólo serán vómitos de palabras edificadas en suelos pantanosos que caeran por su propio peso. Criticar es saber separar lo esencial de lo superfluo porque para ello se necesita discernir con el pensamiento, para evitar falsas críticas o críticas injustas. La crítica se ha de hacer de forma razonada porque sólo la verdadera crítica es capaz de criticarse a sí misma, es decir ser capaz de ser autocrítica. Y la crítica fundamentada puede mover montañas y puede hacer caer imperios. Unamuno expresó que los hombres sólo se consideran hermanos cuando se escuchan a través de la soledad rompiendo nuestro aislamiento. Creo que no podemos crecer sin escuchar.

  • Deberíamos escuchar a los niños para saber en qué universo viven y poder educarlos en sus errores.

  • Deberíamos escuchar a los abuelos para aprender la virtud de la paciencia, para escuchar la voz de la experiencia, para oir la voz de lo positivo y lo negativo, para saber a través de la voz de lo esencial.

  • Deberíamos escuchar a los enfermos para darnos cuenta que ninguno de nosotros somos autosuficientes, deberíamos escucharlos por su fortaleza ante la adversidad de la enfermedad, para aprender de su serenidad frente a su enfermedad asumida y tomar conciencia de cómo magnificamos ciertas circunstancias adversas de nuestras vidas que son nimiedades de nuestra cotidianidad. Los enfermos poseen una autoridad moral para hablar de nuestra fragilidad como seres humanos, deberíamos estar agradecidos de sus palabras porque representan la expresión de la vulnerabilidad humana a la cual todos estamos expuestos.
  • Deberíamos escuchar a los amigos que son nuestros confidentes, que nos liberan al caminar juntos con confianza y transparencia. Nuestros amigos nos conocen más de lo que nos imaginamos.
  • Deberíamos escuchar a los sabios porque atesoran una riqueza de siglos sobre lo que realmente preocupa al ser humano y deberíamos ser receptivos a sus lecciones.


Saber escuchar es saber amar, es un sentimiento, es una forma de no aislarse de los demás, de la comunidad, de la sociedad, del conjunto de seres humanos. Escuchar es liberador para el receptor y para el emisor, escuchando se apacigua el alma, nos equilibra, nos ofrece objetivos para transformarnos y transformar positivamente lo que nos rodea, nos ilumina, nos proporciona conocimientos y consejos, nos hace meditar sobre las consecuencias de nuestros actos, nos provoca dejarnos enseñar todo aquello que no sabemos. Saber escuchar es aprender a ser amable a través del trato con los demás, a través de las virtudes de la persona, de la excelencia de sus hábitos, saber escuchar nos convierte en seres hiperemocionales y delicados con los demás y con las cosas, saber escuchar es imprescindible en las instituciones sociales, educativas, sanitarias y religiosas, nos hace tener relaciones basadas en el respeto a los otros seres humanos. Si sabes escuchar a los demás es que también sabes escuchar tu voz interior, es decir sabes amarte, y esa es la clave esencial para conseguir ser feliz.

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