miércoles, 29 de diciembre de 2010

SENTIDOS Y SENTIMIENTOS

Los sentidos de la vista y el oído se trasladaron a sus manos, manos que daban luz en la oscuridad y producían sonidos en aquel silencio perpetuo, y le permitían el contacto con la naturaleza y con sus semejantes, este es el comentario del fotógrafo Yousef Karsh, hablando de Helen Keller.



Los nervios principales (nervios sensitivos) procedentes de distintas cavidades del encéfalo se conectan directamente con el interior de la boca, los ojos, los oídos y la nariz.





Cuando Dios extiende la mano hacia Adán en la Creación de Miguel Ángel, esa poderosa mano es la derecha. Las manos son antenas de múltiples puntas equipadas para una destreza exquisita; están diseñadas para enviar y recibir los mensajes más delicados: el tacto. Mucho antes de que los ojos de un bebé se puedan fijar en objetos o de que los sonidos se vuelvan inteligible, la piel de palmas y dedos, revestida de neuronas, es su principal instrumento para discernir el mundo. Operan dos grupos de nervios bien diferenciados: los que envían señales motoras a las docenas de músculos que flexionan y extienden, juntos e individualmente, los 27 huesos de la mano, para distribuir la fuerza del movimiento; y los que inervan la piel. En la cara interna de la mano, estos últimos consisten en dos grupos ramificados que se subdividen en la palma de la mano, luego se curvan como pinzas, hasta llegar a las yemas de los dedos, donde el tacto es más sensible.





Durante la década de 1940, el matemático Norbert Weiner combinó en el instituto Tecnológico de Massachusetts los avances del mundo de los ordenadores con las investigaciones realizadas en tiempo de guerra sobre el sistema nervioso para crear un nuevo campo de estudio: la cibernética, que él definió como el control y comunicación de los animales y las máquinas. El padre de Weiner conoció al fisiólogo Walter Cannon, que una década antes había reparado en que el cuerpo humano, al igual que otros complejos sistemas, desde las células hasta las multinacionales, mantenían cierto equilibrio interno. Weiner identificó el mecanismo central responsable de mantener este equilibrio interno con el bucle de retroalimentación, es decir, una serie de estructuras que transmiten una cascada de información. Al igual que D´Arcy y Turing, creía que los mecanismos biológicos eran concebibles por comparaciones con la ingeniería y las matemáticas, y desde entonces la cibernética ha influido mucho en la concepción moderna de los sistemas, sea el modo en que las moléculas se comunican en el interior de las células, sea la economía, o sea el modo de dirigir cohetes y planificar el crecimiento de internet.



BUCLE DE RETROALIMENTACIÓN



En la cumbre del sistema neural de retroalimentación de los humanos se encuentra el hipotálamo, un racimo de tejidos discretos y con forma de embudo, situado en el mesencéfalo, del tamaño de una uña y que apunta hacia abajo.




Lo bueno de este rey de las glándulas que controla automáticamente no sólo la respiración, el apetito, la sed y la frecuencia cardíaca, sino también las hormonas que regulan la digestión, la química corporal y el sexo, porque mantiene el equilibrio de las claves de la supervivencia: lucha, huida, alimentación y apareamiento.






Mediante conexiones neurales directas con los complejos cardiovascular y digestivo, y con el control rector sobre el sistema endocrino, el hipotálamo es un virtuoso de la retroalimentación.



Cuando tenemos hambre, comemos y aumenta el nivel de azúcar en sangre. Las neuronas transmiten esta información y se libera insulina para acelerar el transporte de glucosa, de modo que más neuronas informan de que no se necesita más insulina. Al poco tiempo, volvemos a tener hambre.



INTELIGENCIA PURA



Durante la primera mitad del siglo XIX fue habitual creer que, mediante el examen de la topografía del cráneo, de sus relieves y depresiones, se podían leer las aptitudes intelectuales y los rasgos del carácter de la mente humana. la frenología, que así se llamó (o chichonología según sus detractores), surgió de la noción de que toda facultad mental tiene una ubicación específica en la superficie del encéfalo. Como se creía que las dimensiones de un escenario eran una medida de su capacidad, y como la forma del cráneo depende de la del encéfalo, los frenólogos creían poder usar los dedos y un compás para explorar la personalidad humana. En el momento álgido de la fiebre por la frenología, antes de que este arte fuera secuestrado por los partidarios de la supremacía racial y otros que buscaban algún índice fisiológico sencillo de la inteligencia, los empresarios recurrían a frenólogos para informarse sobre la personalidad de sus trabajadores, al igual que muchas empresas hoy en día exigen análisis de orina para determinar la seriedad de sus asalariados.



Aunque la creación de estos mapas del cráneo se basó en una metodología burda y socialmente peligrosa, la premisa básica de la frenología, la localización de las funciones del pensamiento y de la conducta por medio del contorno externo del cerebro, ha sido confirmada con investigaciones posteriores. Los hemisferios cerebrales están revestidos de una capa fina, replegada y grisácea de neuronas, llamada corteza, cuyo espesor oscila entre 3 y 5 mm., la anchura de un lápiz. En la corteza se encuentra la sede del pensamiento, con distintos tipos de neuronas distribuidas desigualmente por las seis capas de esta sustancia gris, donde las distintas áreas cumplen funciones diferentes. Naturalmente, el tamaño de estos racimos sí que importa. Los estudios indican que los músicos profesionales, por ejemplo, presentan más sustancia gris que los que no lo son en la porción del encéfalo que interpreta el sentido del tono de los sonidos. Usando resonancias magnéticas y otras técnicas de exploración por la imagen, los neurólogos anteponen ahora los conocimientos sobre la arquitectura del encéfalo a lo que sabemos sobre la función de los individuos con el fin de intentar comprender por qué pensamos y actuamos como lo hacemos; es decir, los mismos misterios que los frenólogos victorianos trataron de adivinar.



El período más significativo para el desarrollo del cerebro es durante el primer o segundo año de vida tras el nacimiento, cuando los centros superiores del encéfalo se desarrollan, no mediante nuevas neuronas, sino mediante nuevas sinapsis, puntos de unión entre neuronas donde un impulso que viaja como electricidad, mediante una rápida secuencia de reacciones químicas, salta de un punto para iniciar un impulso en otro.



El número de sinapsis en una capa del centro de visión del encéfalo se eleva de unas 2.500 por neurona la nacer hasta 18.000 a los seis meses, cuando el bebé empieza a aprender a ver y luego a discernir las distancias. De forma similar, se producen aumentos espectaculares por toda la corteza a medida que el recién nacido aprende a oir, oler, responder, tocar, extender los brazos, asir objetos y, poco después, a hablar. Este descubrimiento ha llevado a la mayoría de los investigadores a la conclusión de que el principal arquitecto del cerebro, tras el nacimiento, no es el código genético, sino la propia experiencia del aprendizaje, es decir, la preponderancia de la educación sobre la naturaleza.











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