sábado, 22 de enero de 2011

ESPAÑA TAMBIÉN ENVEJECE

España está en una revolución reproductiva que está cambiando la forma de la pirámide poblacional debido a una mayor supervivencia y la consecuente alteración de los roles tradicionales asociados al género y la edad, a todo este conjunto se le llama progreso.

El término envejecimiento demográfico fue creado por corrientes natalistas con el propósito de calificar negativamente la modernización demográfica. La transformación de la pirámide de edades, con un peso creciente de los mayores confiere un aspecto más de la revolución productiva actual. El detonante y motor de la revolución reproductiva es la generalización de la supervivencia hasta la vejez y su principal beneficiaria es la mujer, en el pasado sobrecargada por la elevada fecundidad que exigía el reemplazo generacional.

La humanidad está experimentando una revolución reproductiva que le permite, por primera vez en la historia, disminuir la fecundidad (número de hijos por mujer). Ello se debe a que los recién nacidos tienen por delante una vida mucho más larga que sus antepasados. La democratización de una vida larga y la consecuente posibilidad de una menor fecundidad se traduce en una nueva estructura piramidal de población. Se trata de un cambio brusco, todavía en curso y sin precedentes en las civilizaciones anteriores. Sus consecuencias políticas, económicas y sociales son enormes.

Sin embargo, esa transformación demográfica sigue analizándose según ideas del pasado. Cuando empezó a advertirse, a comienzos del siglo XX y sólo en los países más desarrollados, la reacción fue de alarma y rechazo. El descenso de la fecundidad se identificó con la decadencia de Occidente o la degeneración nacional. El darwinismo, la novedad triunfante de entonces, se tradujo en organicismo y biologismo aplicados a la demografía y la sociología. Se equipararon las sociedades a seres vivos, con sus mismas fases de juventud, madurez y declive. Desde entonces hablamos de envejecimiento demográfico para referirnos al proceso que configura la nueva pirámide poblacional.



Crece la proporción de personas en edad madura o en su primera vejez.
Estas generaciones prestan un notable servicio a la sociedad pues contribuyen
al cuidado de los nietos y de los mayores.


Pero las poblaciones no envejecen. No tienen edad. Durante el último siglo se ha demostrado que la decadencia predicha era una falacia. La trampa conceptual implícita en la denominación envejecimiento demográfico es una herencia de la que no nos hemos desprendido aún y que sigue ejerciendo su influencia. Es importante empezar con esta aclaración porque la población de España está experimentando dicha transformación con una intensidad y rapidez sin precedentes.


EL CAMBIO DE LA PIRÁMIDE

En España crece la proporción de personas mayores de 64 años. Entre 1975 y 2010 ha pasado del 10 al 17%, y seguirá aumentando en las próximas décadas. Las pirámides poblacionales correspondientes a estos años no pueden ser más distintas.

En la pirámide de 1975, la Guerra Civil se hacía notar por la escasez numérica en torno a la franja comprendida entre los 25 y los 30 años de edad (lo mismo ocurría en Europa con la Segunda Guerra Mundial). Pero, a diferencia de otros países, España no recuperó la natalidad con el fin de la guerra. La dictadura y su aislamiento internacional se tradujeron en dos décadas de miseria y pocos nacimientos, pese al natalismo estatal. Llegó luego el baby boom. Los nacimientos batieron récords antes de iniciar un acusado descenso a partir de 1975; la base de la pirámide de ese año presenta una amplitud notable.


El número de mujeres dobla el de hombres a los 80 años de edad.

La pirámide de 2010 refleja, en cambio, un acusado descenso de la natalidad, prolongado durante 20 años. Sobresalen las edades adultas centrales (generaciones del baby boom), que además se han visto engrosadas con un flujo extraordinario de inmigrantes, sin precedentes en un país tradicionalmente emigratorio.

Si bien la comparación de esas dos pirámides puede inducir a pensar que el envejecimiento demográfico corresponde a un cambio de los últimos 30 años, ello no es así: nunca a lo largo del siglo XX dejó de aumentar la proporción de mayores. Ni siquiera durante el baby boom. Es cierto que el proceso se aceleró mucho después, durante el baby bust (caída de la natalidad) de final del siglo, pero las fluctuaciones de la natalidad no deben hacernos perder de vista el auténtico motor del cambio, que es el constante aumento de la supervivencia generacional. Sólo en el último decenio se ha producido por primera vez una inversión de la tendencia; la proporción de mayores ha llegado a disminuir ligeramente. Se trata de un espejismo provocado por la elevadísima inmigración de jóvenes, acompañada de cierto repunte de la natalidad y la jubilación de las generaciones de escaso tamaño nacidas durante la Guerra Civil.



El espejismo, no obstante, se disipa rápidamente. Aunque la reciente crisis económica ha frenado la inmigración y está retrasando las uniones conyugales y la natalidad, pronto empezarán a jubilarse las generaciones nacidas en los años cincuenta y sesenta. Ello conllevará un crecimiento notable del peso de los mayores sobre el conjunto, que superará el 20% probablemente antes de los próximos 15 años. No se trata de una tendencia coyuntural y pasajera, ni es una rareza. Lo mismo ocurre en casi todos los países desarrollados. Las principales diferencias deben buscarse en el momento histórico en que se inició el proceso y e punto en que se encuentra actualmente.

El paradigma de inicio temprano y proceso gradual se halla en Francia, cuya mortalidad y fecundidad empezaron a descender de forma muy precoz. Ya en 1860 su población mayor había alcanzado un peso del 7% (España no lo consiguió hasta 1950) y ha tardado 120 años en elevarlo hasta el 14% (en España ha ocurrido en apenas tres décadas).


Se ha difundido la creencia de que España es uno de los países más envejecidos de Europa y del mundo. Sin embargo, esta idea, construida a finales de los años noventa, cuando más acelerado era el ritmo de envejecimiento demográfico, es falsa. Si las proyecciones de población prolongaban indefinidamente las tendencias del momento, acaban en efecto con una España que batía récords de población mayor en un horizonte de medio siglo. Pero las proyecciones de tendencias son simples herramientas exploratorias, no predicciones. Es bien conocido por los demógrafos que las tendencias se comportan de forma cíclica, no lineal. En la actualidad, el peso de los mayores en España es muy similar al del conjunto europeo e inferior al que ya alcanza en países de gran peso como Alemania o Italia. El extraordinario descenso de la natalidad iniciado en 1975 tocó fondo a mediados de los noventa, para invertirse después durante más de un decenio.

En definitiva, España es tardía, pero rápida. De segunda oleada, como Japón o Polonia, pero muy adelantada respecto a los que se incorporaron a este proceso sólo a partir de la segunda mitad del siglo XX. Algunos ni siquiera han llegado todavía al 7%, aunque evolucionen en esa dirección. Se trata de países de América, Asia y, sobre todo, África, en donde este retraso coincide con un desarrollo económico y social tardío y escaso.

PIRÁMIDE POBLACIONAL DE ESPAÑA EN 2008


PROYECCIÓN POBLACIONAL


La comparación entre las dos pirámides ofrece una clara imagen de la rápida transformación que ha sufrido la población española durante los últimos años (la proporción de mayores de 64 años ha pasado del 10 al 17%). Las causas de ese cambio se hallan en un aumento constante de la supervivencia generacional.

LAS CONSECUENCIAS

El cambio de la pirámide poblacional entraña consecuencias en todos los ámbitos sociales. Algunas son autonómicas: se trata de los efectos de estructura. Entre ellos destacan la feminización, el sobreenvejecimiento y el aumento de la dependencia.

La feminización de la población se debe a la ancestral diferencia de mortalidad entre hombres y mujeres, que desequilibra la relación numérica entre ambos sexos a medida que la población envejece. A los 80 años, las mujeres doblan a los hombres. Antaño, estas diferencias no tenían demasiada importancia. Hoy, las mujeres de 65 años o más alcanzan una décima parte de la población total española.


Conforme se generaliza la supervivencia hasta la primera vejez, se produce un sobreenvejecimiento: cada vez es mayor el número de personas que alcanza edades muy avanzadas. Puesto que en el pasado la supervivencia hasta esas edades era muy escasa, ahora es el grupo que crece con mayor rapidez.

Dado que los problemas de salud guardan una relación directa con la edad, el envejecimiento demográfico causa el aumento de los mismos. En un país tan apoyado en la solidaridad familiar como España, el creciente peso del cuidado a los dependientes ha debido abordarse como asunto de Estado. En 2006, la Lay de Dependencia creó una cuarta "pata" del estado del bienestar español, junto a la sanidad, la educación y las pensiones.


La nueva pirámide poblacional afecta también a otros ámbitos sociodemográficos. Las formas de convivencia y las estructuras de los hogares son distintas en cada edad, de manera que la nueva pirámide implica mayor peso de los hogares característicos de la vejez, con lo que disminuye el tamaño medio de los hogares españoles.

Todos esos cambios suelen verse con temor. De hecho, sirven a menudo para prever graves problemas para las pensiones de vejez, la atención sanitaria, la prestación de cuidados por parte de los familiares o la competitividad del mercado laboral. Según las proyecciones de población, en apenas dos décadas España alcanzará su porcentaje récord de personas mayores; ello coincidirá con la jubilación de las generaciones centrales del baby boom, que superarán la cuarta parte de la población total.

La proporción de mayores ha pasado en un siglo
del 4 al 18 %

MODELOS QUE FALLAN

El problema de esas proyecciones es que predicen los cambios de una variable en igualdad del resto de las condiciones. Sin embargo, el cambio que estamos describiendo en este caso (el de la pirámide poblacional) sería imposible sin la modificación de muchas otras condiciones. Los problemas derivados del envejecimiento demográfico vienen prediciéndose de forma equivocada desde hace un siglo.

Dicho alarmismo se ha convertido en marca de ciertas escuelas de pensamiento, que han perdurado pese a la invalidez de su discurso, desmentido desde hace ya casi cien años. Hallamos un buen ejemplo de ello en la corriente iniciada en Francia, en plena fiebre natalista, por demógrafos como Alfred Sauvy o Fernand Boverat, y mantenida por su alumno Gérard-François Dumont, a quien debemos el exitoso concepto de "invierno demográfico".

El envejecimiento demográfico ha constituido el principal estímulo para
la investigación médica y farmacológica.

Para comprender el modo en que ha cambiado el resto de las condiciones que rodean a la estructura demográfica por edades, debemos considerar también los cambios que ha sufrido la significación de cada edad. Para empezar, los adultos trabajadores no producen la misma riqueza hoy que hace medio siglo. En los años sesenta, todavía un tercio de los trabajadores españoles estaba ocupado en el sector agrario, muy poco productivo y con una proporción elevadísima sin afiliación a la Seguridad Social.

Cuando se calcula la sostenibilidad de la Seguridad Social se considera sólo la relación entre la población en edad productiva y la población en edad improductiva. Pero lo que resulta determinante no son esas cifras, sino la productividad de los trabajadores (la Seguridad Social ingresará más dinero si éstos tienen mejores empleos, por hallarse en un sector más productivo). De ahí que hoy nos hallemos ante una situación en apariencia paradójica: pese a que la relación numérica entre pensionistas y trabajadores es la "peor" de nuestra historia (nunca antes había habido tantos pensionistas), el sistema de pensiones se halla más consolidado que nunca.

Especial interés revisten las características de las generaciones que cumplen los 65 años de edad: los "nuevos viejos" españoles, con mucho retraso respecto a lo ocurrido en otros países desarrollados, están revolucionando el perfil sociológico tradicional de la vejez. Están cumpliendo 65 años las generaciones que, por primera vez, consiguieron la plena escolarización, disfrutaron de una vida adulta y laboral sin interrupciones bélicas, vieron cómo el trabajo agrario o el origen rural dejaban de ser mayoritarios, y disfrutaron del consumo de masas de automóviles, electrodomésticos y otros productos.

Reviste, pues, suma importancia ahondar en la espectacular modernización internacional que han sufrido las dinámicas poblacionales, pues el envejecimiento de la pirámide constituye sólo una de sus expresiones.

LA REVOLUCIÓN REPRODUCTIVA

Son los sistemas demográficos en su conjunto los que vienen cambiando desde hace unos dos siglos. Frente al concepto de transición demográfica, que describe sólo el cambio sin explicar sus causas, varios autores hemos propuesto la teoría de la revolución reproductiva. Consideramos que lo que han conseguido los países desarrollados, y están en camino de conseguir prácticamente todos los demás, es un salto cualitativo en la eficiencia de sus sistemas demográficos.

Las analogías que proporciona la teoría general de sistemas resultan de gran utilidad aquí. Para conservarse, todo sistema abierto, sea cual sea su organización interna, debe evitar la degradación y el aumento de la entropía. Para ello incorpora elementos externos de duración limitada, que deben ser renovados. Lo mismo sirve para una población humana, si la entendemos como un sistema demográfico: se alimenta de nacimientos y de inmigración, con lo que logra mantener la población a pesar de que sus integrantes, los humanos, morimos irremediablemente.


La mayor o menor eficiencia de un sistema depende de la relación entre los resultados que consigue y los elementos de producción que requiere. Vistas así, las poblaciones humanas han sido siempre poco eficientes. Han sacado un escaso rendimiento reproductivo a las nuevas vidas que traían al mundo. Para mantenerse, necesitaban una ingente cantidad de nacimientos que, en su mayor parte, no llegaban a la edad fecunda. Podían equipararse a un motor de combustión que quemaba mucho combustible, pero perdía gran parte de la energía producida sin convertirla en trabajo.

Un número elevado de hijos y una vida corta daban forma a la pirámide: muy amplia en la base, se estrechaba rápidamente. Las edades maduras y avanzadas tenían un peso escaso. Eran pirámides jóvenes. Pero también determinaban las relaciones de género, las organizaciones familiares y los flujos de recursos y cuidados entre generaciones. La vida era difícil para los humanos hasta hace bien poco.

A finales del siglo XVIII, las cosas empezaron a cambiar en algunos lugares de Europa. Por diversos motivos, la elevada y azarosa mortalidad, típica de la historia humana anterior, empezó a disminuir. Comenzó a acelerarse el crecimiento demográfico. Las pirámides de población rejuvenecieron más todavía, al ser la mortalidad infantil la primera en reducirse.

Sólo cuando se consolidaron las mejoras de la supervivencia reaccionaron de forma adaptativa los comportamientos reproductivos de la siguiente generación. La fecundidad inició entonces el descenso que ha conducido hasta las bajísimas tasas actuales.

La teoría de la transición demográfica se ha criticado por ser una mera generalización empírica, sin capacidad explicativa. Sin embargo, describe un cambio trascendental para la humanidad. Si abandonase su concepción de las poblaciones como simples stocks (apoyada sólo en tasas de mortalidad y natalidad anuales y simultáneas) y atendiese a los cambios reproductivos entre generaciones, tendría pleno sentido hablar de la mayor o menor eficiencia con que se reproducen las poblaciones. Esto es lo que incorpora la teoría de la revolución reproductiva.

Desde el punto de vista estrictamente demográfico, esa eficiencia aumenta cuando se democratiza la supervivencia generacional hasta edades umbrales para la reproducción. En primer lugar, resulta fundamental asegurar la supervivencia mayoritaria hasta las edades fértiles; de nada sirven natalidades elevadas si la mayor parte de los nacimientos no sobrevive hasta tener, a su vez, la oportunidad de contribuir a la reproducción. Luego, es igualmente básico generalizar la supervivencia hasta las edades maduras, puesto que la reproducción mejora si los progenitores viven el tiempo necesario para completar la crianza de los hijos (madurez de masas). Aunque se trate de metas en apariencia limitadas al campo de la mortalidad, conseguirlas resulta crucial para incrementar la eficiencia global de un sistema reproductivo.

CONSECUENCIAS SOCIALES
El envejecimiento de la población entraña importantes consecuencias para
la estructura social. Las más inmediatas son la feminización o diferencia
de mortalidad entre hombres y mjeres que desequilibra la relación entre sexo,
el sobreenvejecimiento y la mayor dependencia dado que los problemas de
salud guardan una relación directa con la edad, aumenta la morbilidad.

En toda la historia humana previa a la revolución reproductiva, sólo una pequeña parte de la población infantil llegó a vivir lo suficiente para poder tener hijos. La mayor parte moría mucho antes. La mortalidad estuvo siempre por encima del 20% en el primer año de vida; durante la infancia posterior, proseguía la erosión. El 50% había muerto mucho antes de llegar a la edad reproductiva.

En tales condiciones, resulta evidente que la fecundidad de los supervivientes (minoritarios) debía ser alta, muy por encima de los dos hijos por mujer teóricamente necesarios para el reemplazo generacional. Y pese a fecundidades tan elevadas, el resultado era muy pobre en términos de reproducción, con un ritmo de crecimiento poblacional prácticamente nulo. La ineficiencia del sistema tiene aquí un sentido literal: mucha inversión y escaso rendimiento. Por tanto, las tradicionales pirámides jóvenes que acompañan a la historia de la humanidad constituyen una expresión de atraso e ineficiencia reproductiva.

Esa ineficiencia condicionaba muchos otros ámbitos de las relaciones sociales, empezando por las relaciones de género. En el pasado, el esfuerzo reproductivo de las mujeres era de tal intensidad que siempre constituyó su principal ocupación y el ancestral núcleo definidor de la propia feminidad. Determinaba también las opciones de vida y las empresas colectivas. Los proyectos individuales no tenían sentido. El individuo aislado se consideraba inviable.

Igualmente, las formas de convivencia estaban rígidamente condicionadas. Se maximizaba la descendencia mediante un frágil equilibrio de los recursos disponibles, escasos e inestables; ello generaba formas familiares extensas y complejas. Las parejas carecían de los medios y la seguridad suficiente para abordar la empresa familiar en solitario. Por otra parte, las estructuras extensas y complejas eran difícilmente evitables, teniendo en cuenta la elevada probabilidad de morir antes de tiempo para cualquiera de los adultos de la familia.

Las anteriores condiciones estructurales cambian cuando la supervivencia empieza a generalizarse. La democratización de la vida hasta edades juveniles constituye un facto de éxito reproductivo; las poblaciones crecen más rápido con un mismo número de nacimientos si sus inquilinos permanecen durante más tiempo.

La democratización de la vida hasta edades maduras supone otro umbral de eficiencia. Por un lado, permite criar  mejor a los hijos. Por otro, es un éxito que se retroalimenta: al aumentar la proporción de cada generación que sobrevive hasta edades fértiles, puede disminuir  la cantidad de hijos que debe tener cada uno para asegurar un determinado volumen poblacional. Se distribuye entre más personas el trabajo de producir y criar la siguiente generación.


Tener menos hijos y en mejores condiciones cierra el círculo virtuoso. Las nuevas generaciones, mejor cuidadas y atendidas, viven aún más años. Una circularidad de factores retroalimentados que conduce a la exitosa y eficiente dinámica poblacional actual. Y también, claro está, a una pirámide de población completamente nueva.

LA SITUACIÓN DE ESPAÑA

España parece un caso extremo de rápido envejecimiento demográfico. Pero toda su demografía es igualmente extrema. En los comienzos del siglo XX, la esperanza de vida no llegaba a los 35 años (muchos países europeos superaban ya los 50 años); un siglo después, con más de 80 años, se sitúa entre las más altas del mundo.

Las mejoras generacionales en materia de supervivencia son de una rapidez espectacular. Sólo así se explica la eficiencia reproductiva conseguida y, por tanto, la posibilidad de reducir la natalidad hasta extremos nunca antes vistos, pese a que el volumen total de la población española no ha hecho más que aumentar, y muy por encima de las previsiones. La madurez de masas, umbral ya mencionado por el que las generaciones sobreviven mayoritariamente hasta los 50 años de edad, se consigue en España por primera vez en las generaciones femeninas nacidas entre 1901 y 1906, mujeres que cumplieron los 50 ya en la segunda mitad del siglo XX.

Mucho se ha especulado sobre los factores históricos o culturales responsables de la precocidad con que algunos países nórdicos o anglosajones adoptaron las nuevas formas de familia o de pareja. Es lo que hoy se conoce como la segunda transición demográfica. La baja fecundidad de Suecia y su elevada ocupación femenina se contraponían a las arcaicas pautas españolas que operaban todavía en el decenio de los setenta. Las explicaciones se buscaron siempre en sus peculiaridades políticas, ideológicas, culturales e, incluso, religiosas. Poca importancia se dio, en cambio, a la precocidad con que las primeras generaciones suecas consiguieron democratizar la supervivencia hasta umbrales críticos de edad, con su consecuente efecto en la eficiencia reproductiva.

Cualquier manual básico de análisis demográfico explica que los indicadores generales de natalidad vienen a ser una ficción instrumental. Construyeron una generación hipotética de mujeres inmortales y nos dicen cuántos hijos tendrían si, en el transcurso de su vida, a cada edad tuvieran hijos con la misma intensidad que han procreado las mujeres de esa edad a lo largo de un año cualquiera. Se ignora así cuántas de las mujeres de esa generación hiportética habrían sobrevivido desde el nacimiento hasta la pubertad, cuántas morirían durante su vida fecunda, cuánto tiempo vivirían después de ser madres o cuánto tiempo vivirían los hijos que alumbraran. La demografía hace análisis y separa la fecundidad en estado puro de los otros determinantes que afectan a la reproducción, sobre todo la mortalidad.

España proporciona buenos ejemplos de la diferencia entre fecundida y repoducción: las generaciones femeninas nacidas entre 1871 y 1875 tuvieron más de 4,5 hijos por mujer, pero su reproducción generacional apenas superó el reemplazo (una hija por cada mujer nacida en la generación de su madre). Con la mejoría de la supervivencia ocurrió que las generaciones de entre 1936 y 1940 consiguieron la misma tasa de reproducción, pero con casi dos hijos menos por mujer (2,6). Esta mayor eficiencia reproductiva explica que España, después del escaso crecimiento del siglo XIX, y tras un siglo XX de constante descenso de la natalidad, haya pasado de 18 a más de 40 millones de habitantes.

En definitiva, el envejecimiento demográfico no es más que el resultado de una mejor manera de mantener las poblaciones humanas, más eficiente en el rendimiento obtenido por cada nueva vida traída al mundo. El descenso de la fecundidad se explica en ese contexto, al menos desde un punto de vista histórico. Nos centramos demasiado en las pequeñas diferencias, de décimas a veces, en la fecundidad de los países más desarrollados. Y con demasiada frecuencia se buscan las explicaciones en determinantes extrademográficos y culturales. Pero la modernización de la natalidad y la estructura por edades no pueden considerarse cuestiones coyunturales, accidentales o que resulten de recientes políticas fiscales o familiares, precios de la vivienda, condiciones del mercado de trabajo o pautas de relación entre los jóvenes. Resultan de un cambio a gran escala en la supervivencia y la reproducción humanas, que seguirá acentuándose en los próximos decenios, y que nos conduce de forma irreversible a un nuevo equilibrio poblacional.

CONCLUSIONES

Se debería huir del alarmismo reiterado sobre las consecuencias sociales, políticas y económicas del envejecimiento demográfico. Tales alarmas se fundamentan en previsiones que nunca se han cumplido. Previsiones erróneas que nadie se ha visto obligado a explicar porque se integran en el consenso dominante en el campo de la demografía. Pero en ciencia los errores deben servir para revisar los supuestos de partida y obtener nuevas previsiones. Debería aclararse por qué el envejecimiento demográfico guarda una correlación casi perfecta con los niveles de riqueza y bienestar internacionales, y no con la pobreza. España, desde luego, no desmiente esta relación, sino todo lo contrario: no ha hecho más que properar mientras la proporción de mayores pasaba de apenas el 4% de hace un siglo al 18% actual.

El cambio demográfico en España ha facilitado una mayor inversión social y familiar en los hijos, lo que ha conllevado un aumento notable del capital humano y social. Ello ha hecho más productiva la economía y ha abierto una nueva y abundante cantera de mano de obra, la femenina, ahora menos obligada a las tareas reproductivas. Ni siquiera es cierto que la nueva pirámide poblacional sobrecargue los sistemas sanitarios. Son los cambios en las pautas de consumo y la modernización de tales sistemas los que explican la mayor parte del incremento en el gasto sanitario en los países desarrollados. En todo caso, el envejecimiento demográfico ha constituido el principal estímulo para la investigación médica y farmacológica contemporáneas; basta con observar la lista de galardonados con el premio Nobel de medicina en los dos últimos decenios para constatar que son las enfermedades degenerativas de los sistemas circulatorio y nervioso las que ocupan la punta de lanza de nuestro progreso sanitario.

La nueva pirámide conlleva también un mayor equilibrio entre las edades, lo cual tiene consecuencias positivas para la economía productiva. Un perfil de usuarios y consumidores más diverso hace más estables los mercados frente a las crisis sectoriales; además, la nueva vejez está abriendo sectores de consumo y de servicios fundamentales para la economía de todos los países demográficamente evolucionados.

Lo que se ha alargado no ha sido la vejez, sino la juventud. Quienes nacieron en España a principios del siglo XX empezaron a trabajar a una edad promedio de 13 años y se convirtieron en adultos muy pronto, y en viejos también. Hoy en España se considera joven a una persona de 40 años. Ello guarda una relación directa con el apoyo y los recursos que los mayores transfieren a los más jóvenes, y con el simple hecho de que permanezcan vivos muchos más años. En un país con un estado del bienestar poco desarrollado y muy apoyado en la ayuda familiar, la proporción creciente de personas en edad madura o en su primera vejez ha sido de gran ayuda para el resto de edades. Son esas generaciones las que contribuyen a la sociedad mediante el cuidado de los nietos (ante la falta de ayudas públicas para la conciliación laboral y familiar, servicios de cuidados o guarderías) y de los mayores. Ha aparecido, por tanto, un nuevo actor social con un peso demográfico creciente que ha abierto nuevas posibilidades de relaciones y estrategias familiares. Pero, sobre todo, se ha democratizado la supervivencia hasta la vejez, lo que transforma por completo los ciclos vitales. No nos hallamos ante una repetición de antiguas decadencias como la del Imperio romano, ni ante el abandono juvenil de las zonas rurales. Asistimos al mayor triunfo de la humanidad desde sus inicios. No lo recibamos con miedo

Bibliografía:
  • El fin del envejecimiento. Tom Kirkwood. Editorial Tusquets, 1999.
  • La madurez de masas. J. Pérez Díaz. Imserso; Madrid, 2003.
  • The reproductive revolution. J. Machines y J. Pérez Díaz en The Sociological Review.
  • ¿Declive o Revolución demográfica?. F.C. Billari y G. Dalla Zuanna; Madrid, 2010.
Autor: Julio Pérez Díaz. Demógrafo y doctor en Sociología.




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