lunes, 7 de marzo de 2011

EL HUMO DE TU CIGARRO



El humo de tu cigarro es radiactivo. Sí tal como lo escribo, no lo digo yo, lo dice un estudio que se realizó en 2009 sobre unas investigaciones que la industria tabaquera hizo acerca del polonio en el tabaco. El Centro Nacional para Niños sin Tabaco distribuyó el artículo entre los miembros del Congreso de EEUU. para facilitar la aprobación de una norma reciente.

La industria tabaquera lleva décadas sin hacer nada para eliminar un isótopo peligroso de los cigarrillos. La planta del tabaco acumula pequeñas concentraciones de polonio 210, un isótopo radiactivo que proviene, sobre todo, de la radioactividad natural de los abonos. El polonio que inhalan los fumadores se instala en puntos específicos de los pulmones; se calcula que provoca en torno a un 2% de los cánceres de pulmón debidos al tabaco. La industria tabaquera conoce desde hace décadas los efectos perniciosos y los peligros derivados del polonio y ha investigado la manera de eliminarlo de los cigarrillos, pero jamás ha tomado las medidas oportunas para no envenenar a sus clientes. A diferencia de otros carcinógenos del tabaco, el polonio podría eliminarse con procedimientos tan simples como lavar las hojas de la planta o emplear filtros apropiados.


El polonio 210 es uno de los productos de desintegración del uranio. El uranio se encuentra de forma natural en la tierra, pero su concentración es mucho mayor en las fosforitas empleadas en la fabricación de abonos. Se ha descubierto que el uranio introduce polonio en el tabaco a través del aire y las raíces.

Como soluciones, que no han dado las tabacaleras, unos estudios realizados por las propias compañías tabacaleras han demostrado que se podría eliminar el polonio 210 del humo de los cigarrillos añadiendo al tabaco sustancias que eviten que el polonio 210 se volatice y pase al humo, empleando abonos con bajo contenido en uranio, lavando las hojas tras la recolección, empleando filtros de intercambio de iones para bloquear el polonio de los cigarrillos y/o modificando genéticamente la planta del tabaco para obtener hojas carentes de los filamentos donde se deposita el polonio.


En noviembre de 2006, Alexander Litvinenko, antiguo agente del KGB, moría en un hospital de Londres bajo circunstancias que recordaban a los asesinatos de la guerra fría. El veneno que acabó con su vida, un isótopo radiactivo llamado polonio 210, se encuentra mucho más extendido de lo que creemos: la población mundial fuma unos 6 billones de cigarrillos al año, y cada uno de ellos contiene una pequeña cantidad de polonio 210 que acaba en los pulmones. Para un fumador de paquete y medio al día, la cantidad de veneno inhalada a lo largo de un año supone una radiación equivalente a la de 300 radiografías de tórax.

CÁNCER DE PULMÓN EN UNA RADIOGRAFÍA DE TÓRAX
Aunque el polonio no constituya el principal carcinógeno del humo del tabaco, sólo en EEUU, provoca miles de muertes al año. Pero, a diferencia de lo que ocurre con otras sustancias nocivas, las muertes provocadas por polonio podrían evitarse con facilidad. La industria tabaquera conoce la presencia del polonio en los cigarrillos desde hace casi 50 años. Existen documentos internos que demuestran que los fabricantes idearon métodos para rebajar de manera drástica la concentración del isótopo en el humo del tabaco, pero decidieron no hacer nada y mantuvieron en secreto sus investigaciones.

CÁNCER DE PULMÓN EN UNA TOMOGRAFÍA COMPUTERIZADA (TC)

Sin embargo, puede que en EEUU. la situación cambie dentro de poco. En junio de 2009 el Govierno estadounidense aprobó la Ley para el Control del Tabaco y la Prevención del Tabaquismo en la Familia. Por vez primera, el tabaco queda bajo la jurisdicción de la Agencia Federal de Fármacos y Alimentos (FDA), lo que faculta al organismo para regular algunos de los componentes de los cigarrillos. Obligar a la industria a eliminar el polonio del tabaco constituiría uno de los pasos más sencillos en la lucha contra la muerte por tabaquismo.

CEREBRO MÁS PEQUEÑO EN UN PACIENTE FUMADOR

EL PRIMER INDICIO DE UN CONSUMO QUE LLEVA A LA MUERTE

El primer indicio de que el polonio 210 acababa en los pulmones de los fumadores se obtuvo por casualidad. Durante la primera mitad de los años sesenta, los efectos de la radioactividad sobre la salud despertaron gran interés entre los expertos, así como en gran parte de la población. Por entonces, la experta en radioquímica Vilma R. Hunt y sus colaboradores de la Escuela de Salud Pública de Harvard desarrollaron una técnica para medir niveles muy bajos de radio y polonio, los elementos que Pierre y Marie Curie habían descubierto en 1898. Como recuerda Hunt, un día de 1964 se fijó en la ceniza del cigarrillo de uno de sus compañeros de laboratorio y decidió analizarla.


Tras ver los resultados, se asombró al no encontrar ningún indicio de polonio. Las trazas de isótopos radioactivos en el entorno son habituales y contribuyen a la radiación natural de fondo. Y ningún otro material orgánico investigado por Hunt, incluidas las plantas, había arrojado un resultado negativo para el polonio si el radio estaba presente. Sin embargo, a la temperatura de combustión del tabaco, el polonio se volatilizaba. Hunt dedujo que el polonio ausente de las cenizas debía pasar al humo y, en consecuencia, a los pulmones del fumador.

Hunt y Edward P. Radford, también de Harvard, publicaron en Science su trabajo, el cual incluía mediciones directas de las cantidades de polonio en el humo. Poco después, otros investigadores de Harvard comenzaron a estudiar las concentraciones del isótopo en los cigarrillos y en los pulmones de los fumadores. En 1965, el radiobiólogo y médico John B. Little examinó el tejido pulmonar de fumadores en busca de huellas de polonio. No se trataba de una tarea sencilla: la toma de muestras de tejido de fumadores vivos era demasiado invasiva, lo que obligó a trabajar con cadáveres. El problema radica en que la mucosa que recubre el pulmón desaparece a las dos o tres horas del fallecimiento, explica Little. Por ello, debía extraerla justo después de la muerte del paciente. Little acabó por demostrar la presencia de polonio en zonas específicas del pulmón: los isótopos se depositan en las bifurcaciones de bronquios, bronquiolos y alvéolos. Allí forman puntos calientes radiactivos que emiten partículas alfa.


Durante los 10 años siguientes se continuó investigando el polonio en el humo de los cigarrillos. También se estudiaron los mecanismos mediante los cuales el isótopo llega hasta la planta del tabaco, a fin de averiguar en qué fase del proceso de fabricación de cigarrillos podría eliminarse con mayor eficacia. El polonio 210 es un subproducto de la desintegración  del plomo 210. En su publicación de 1964, Radford y Hunt especulaban con dos posibilidades: o bien los productos de la desintegración del radón 222 (presente de manera natural en la atmósfera y cuyos residuos incluyen el plomo 210) se depositaban en las hojas de la planta, o bien esta absorbía plomo 210 de la tierra fertilizada. Más tarde se comprobaría que se daban ambos procesos.

Por su parte, el Departamento de Agricultura de EEUU. consideró la presencia del polonio en los abonos. En un experimento realizado en 1966 junto a la Comisión de Energía Atómica, analizaron dos tipos de fertilizantes: un superfosfato comercial y una mezcla especial a partir de fosfato cálcico químicamente puro. Las diferencias fueron notables. El abono comercial contenía unas 13 veces más radio 226 que la mezcla, lo que derivaba en una cantidad 7 veces mayor de polonio en las hojas. Edward Martell, del Centro Nacional de Investigación Atmosférica estadounidense, revisó la cuestión en 1974. Sugirió que las tierras tratadas con fertilizantes elaborados a partir de fosfatos ricos en uranio emitirían radón 222 a la atmósfera. El radón se desintegraría en plomo 210 y éste se depositaría en los tricomas, los miles de pequeños filamentos que recubren las hojas de la planta del tabaco.

Al igual que el grupo de Harvard, Martell también se interesó por la acumulación de polonio 210 en el pulmón. Durante un tiempo, se aceptó que la exposición a la radiación proveniente de los productos de desintegración del radón constituía la causa principal del elevaco riesgo de cáncer que sufrían los trabajadores de las minas de uranio. Eso llevó a Martell a concluir que la exposición crónica de los fumadores a dosis bajas y concentradas de polonio 210 podía suponer la causa principal del cáncer de pulmón y, quizá, también de otros.

Al igual que en el caso de los mineros, el peligro no provenía de una dosis alta administrada de una sola vez, sino de una exposición continuada a pequeñas dosis durante un período largo de tiempo. Un fumador inhala polonio por cada calada. En consecuencia, y por más que las dosis de polonio 210 en cada cigarrillo fuesen relativamente bajas, la elevada exposición asociada a toda una vida de fumador aumentaría el riesgo de contraer cáncer. En 1974, tras introducir polonio en la tráquea de hámsteres, Little y William O´Toole, también de Harvard, confirmaron la siguiente hipótesis: aunque las dosis habían sido tan pequeñas que los tejidos jamás se inflamaron, el 94 % de los hámsteres del grupo sometido a una mayor exposición al polonio desarrollaron tumores pulmonares.

¿Aún quieres fuego?

Desde entondes se han descubierto otros componentes del humo del tabaco que también resultan muy carcinógenos. A día de hoy, la mayoría de los expertos probablemente diría que los principales riesgos provienen de sustancias como los hidrocarburos aromáticos policíclicos y las nitrosaminas. No obstante, provocaría el 2% de los cánceres de pulmón debidos al tabaco. En un país como EEUU., ello supone miles de muertes anuales. Algunos expertos añaden que los daños ocasionados por la radiación probablemente incrementen los provocados por otros carcinógenos, y viceversa.

COMERCIO DE UNA DROGA INSTITUCIONALIZADA, SOCIALIZADA Y PUBLICITADA


Al contrario que los científicos externos, los de la industria tabaquera nunca dieron a conocer ni publicaron sus investigaciones sobre el polonio. No obstante, los históricos pleitos que tuvieron lugar en 46 estados norteamericanos durante los años 90 obligaron a los fabricantes a admitir que fumar era peligroso y adictivo. Millones de documentos internos salieron a la luz durante el proceso; miles de ellos demostraron que todas las esferas de la industria, incluídas las más altas, habían discutido con profusión la problemática del polonio.

La publicación de Radfor y Hunt apareció unos días después del 11 de enero de 1964, fecha en que el Cirujano General de EEUU. hizo pública la histórica advertencia sobre los riesgos asociados al tabaquismo. Justo después, algunas notas internas demostraron que los fabricantes eran conscientes de que podían convertirse en objeto de un grave escándalo público si salían a la luz sus conocimientos sobre el polonio. La industria comenzó a invertir gran cantidad de recursos en programas de investigación interna, que se desarrollaron a puerta cerrada.


Documentos de Philip Morris datados a finales de los años 70 y principios de los 80 revelaron que científicos y ejecutivos habían debatido si la compañía debía publicar sus investigaciones. El debate se desarrolló durante una etapa sin publicaciones científicas externas (fuera de la industria, el interés por el polonio en el tabaco ha sido intermitente), por lo que los fabricantes optaron por no perturbar aquel período de paz.

En 1977, los científicos de Philip Morris habían completado el borrador de un artículo titulado "Aparición espontánea de los productos de desintegración del radón 222 en el tabaco y los condensados del humo", que los autores deseaban enviar a Science. En una nota dirigida a otro científico de la compañía en 1978, el director de desarrollo de productos Philip Morris hizo constar que le preocupaba la publicación del manuscrito. "Tiene la suficiente fuerza como para despertar al gigante dormido", respondió el científico. "Se trata de una cuestión delicada y dudo que debamos aportar datos". Lo que preocupaba al departamento legal de Philip Morris era que, a pesar de que las cifras diferían, el manuscrito coincidía en lo fundamental con los resultados publicados hasta entonces: el tabaco contiene polonio y éste resulta perjudicial. A mediados de julio, y por recomendación del departamento legal de la compañía, se denegó la aprobación para la publicación del manuscrito.


No obstante, los fabricantes exploraron posibles soluciones. La industria debatío las ventajas e inconvenientes de diversos procedimientos para reducir la cantidad de polonio en el humo del cigarrillo; entre ellos, la adicción de sustancias al tabaco que impidieron que pasase al humo. También se consideró la fabricación de filtros que bloqueasen el vapor de polonio.

Otra opción, consecuencia de las investigaciones de Martell en los años 70, consistía en algo tan simple como lavar las hojas de tabaco con una solución diluida de peróxido de hidrógeno. También se barajó el empleo de abonos con cantidades limitadas de los productos de desintegración del uranio 238, así como eliminar de las hojas de tabaco curado los tricomas colectores de plomo. Según admite William A. Farone, antiguo director de investigación aplicada de Philip Morris: "Llegamos a intentar modificar genéticamente la planta del tabaco", con el fin de obtener hojas lisas. Farone se convirtió en un denunciante de las prácticas de la industria tabaquera; en la actualidad trabaja como asesor para la FDA. En 1975, T.C. Tso, investigador del Departamento de Agricultura estadounidense, calculó que entre el 30 y el 50% del polonio podría eliminarse con facilidad de los abonos y que, además, el lavado eliminaba otro 25%. Si se añadía un filtro al cigarrillo, el polonio podría eliminarse casi por completo. Pero, tal y como lo expresaba un memorándum de R.J. Reynolds: "Eliminar estas sustancias no reportaría ninguna ventaja comercial".

No obstante, el rechazo de la industria a enfrentarse al problema no hizo más que retrasarlo. Tras la aprobación en junio de 2009 de la Ley para el Control del Tabaco y la Prevención del Tabaquismo en la Familia, la Sociedad Americana del Cáncer invocó esa legislación con el fin de solicitar a la industria que revelara los "venenos de sus productos". Por vez primera, la ley puede obligar a la industria a actuar de acuerdo con los resultados de su investigación.


El polonio sería un primer "veneno" perfecto para ser prohibido en el tabaco. A diferencia de otros compuestos complejos, como el alquitrán o el monóxido de carbono, el polonio es un isótopo sencillo y resulta fácil eliminarlo del humo. Cuatro décadas de investigación llevada a cabo por la industria pueden suministrar a la FDA un punto de partida para conseguir resultados concretos. Además, algunos de los procedimientos para reducir las concentraciones de polonio en el humo, como el lavado de las hojas de la planta, también eliminarían metales tóxicos, como plomo, arsénico o cadmio.

La Organización Mundial de la Salud (OMS.) ha dejado claro que fumar constituye la primera causa de muerte evitable. Calcula que, en todo el mundo, 1,3 millones de personas mueren cada año de cáncer de pulmón, el 90% de los cuales se deben al tabaco. Si se hubieran reducido el polonio gracias a los descubrimientos y procedimientos que la industria ya conocía, se habrían evitado miles de esas muertes. Los fabricantes optaron conscientemente por no reaccionar ante los resultados de las investigaciones de sus propios científicos. Pero han sido sus clientes quienes han tenido que vivir con las consecuencias de esa decisión.... o morir a causa de ella.

Autora: Brianna Rago, doctora en historia de la ciencia en la Universidad de Stanford.

Bibliografía:
  • Polonium-210: A volatile radioelement in cigarettes;
  • Puffing on polonium;
  • The cigarette century: The rise, fall, and deadly persitence of the product that defined America;
  • Walking a sleeping giant: The tobacco industry´s response to the polonium-210 issue.
  • The polonium brief: A hidden history of cancer, radiation, and the tobacco industry.


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