lunes, 4 de abril de 2011

COMPRENDER EL ESTRÉS

UN DESEQUILIBRIO ENTRE EMOCIÓN Y RAZÓN


Detrás de cualquier situación de estrés se esconde siempre una misma causa: el conflicto entre aquello que sentimos y lo que pensamos, entre nuestra emoción y nuestra razón. Entender que este desacuerdo interno, y no los condicionantes externos, es el origen de nuestra ansiedad, nos ayudará a encontrar la mejor manera de recuperar el equilibrio perdido.

En las sociedades tecnológicamente avanzadas, casi nadie se libra del estrés. El estrés no es la causa de lo que nos pasa sino su consecuencia. Estamos angustiados, cansados, desmemoriados, malhumorados, intolerantes y hasta es posible que enfermos, eso es el estrés, el conjunto de alteraciones del cuerpo y de la mente que son el resultado de una actividad intensa y sostenida en el tiempo sobre nuestro sistema nervioso autónomo y sobre nuestro sistema endocrino. Puede ser un estado de ansiedad e incluso de miedo, que puede ser pasajero por una situación puntual o permanente instalado en nosotros y provocándonos aceleración del corazón, elevación de la tensión arterial, movilización de nuestras reservas energéticas del hígado y provocando activación de las glándulas endocrinas, que producen cantidades anormales de hormonas como la adrenalina o el cortisol. Todo este conjunto afecta al sistema cardiovascular y hace que bajen nuestras defensas en el sistema inmunitario, provocando la muerte de más neuronas de las habituales en nuestro cerebro.


La ausencia de estrés es muy importante para nuestro bienestar. Para reducri el estrés debemos conocer las causas de su origen. Algunas personas diran que su estrés es debido a las prisas, otras al exceso de trabajo, o la masificación urbana, el tráfico desmesurado, los conflictos interpersonales, la competitividad, la falta de adaptación a las nuevas tecnologías, las insatisfacciones personales, la polución, los ruidos, y un larguísimo conjunto de factores diferentes por cada individuo que lo padece.


Una neurocientífica canadiense, Sonia Lupien, especializada en el estrés considera que la principal fuente de estrés en la vida moderna son los medios de comunicación; es decir, la cantidad de información sobre accidentes, catástrofes y acontecimientos negativos con la que cotidianamente bombardean los periódicos, las cadenas de televisión y radio, e internet. Lo bueno, lo que no produce estrés no es noticia, no crea audiencia. Deberíamos analizar cada una de las causas o circunstancias que nos provocan la activación desmesurada de nuestro organismo.


La génesis del estrés no parece estar en el exceso porque cuando algo nos motiva, los escesos para conseguirlo pueden ser gratificantes en lugar de estresantes. Cuando realizamos un gran esfuerzo y acabamos con éxito un trabajo importante o ganamos una competición, o cuando hay mucho tráfico, pero no tenemos prisa por llegar a ninguna parte, entonces el estrés no aparece. Quizás el cansancio físico contribuye al estrés, pero hay algo más que deberíamos detectar como causa crítica y relevante del mismo. Parece ser que esa causa es el conflicto entre nuestros deseos y nuestras posibilidades, entre nuestras emociones y nuestro razonamiento.


Una parte de nuestro cerebro, la corteza cingulada anterior, se activa especialmente en esos casos y funciona como una especie de alarma del desequilibrio relacionada quizá con la inducción de los cambios que ocurren entonces en nuestro organismo. Si el exceso de trabajo nos estresa es porque no le vemos sentido o propósito, a pesar de haber realizado el esfuerzo, no hemos conseguido todo lo que nos habíamos propuesto con ello.

Lo que produce realmente estrés es querer más -emoción- de lo que es posible -razón-, es decir, proponernos continuamente más de lo que podemos asumir, y experimentar con frecuencia la frustración de no conseguirlo. Debido a que las personas nos conocemos poco a nosotros mismos, solemos adoptar la errónea estrategia de proponernos diez para conseguir cinco. Después resulta que no conseguimos ni dos. La frustración se apodera de nosotros, y el repetido ejercicio de esa mala estrategia instaura el estrés de nuestro organismo.



Debemos ajustar emoción y razón. Esto es, o proponernos menos -cambiar nuestra emoción- o trabajar más y/o mejor -cambiar nuestro razonamiento-. Por ejemplo, la infidelidad. Alguien que engaña a su pareja puede ser víctima de un sinvivir al afrontar el desequilibrio entre su nuevo amor -emoción- y su mala conducta -razón-. También en este caso hay solo dos soluciones: o se abandona el nuevo amor o se encuentran motivos racionales para mantener la infidelidad. Observemos que -como en otros muchos casos- hay un desequilibrio emoción-razón que, si no se corrige modificando uno de los parámetros, constituye una fuente de intensa y permanente respuesta emocional negativa, es decir, de estrés. Ese estrés desaparecerá cuando se recupere el mencionado equilibrio.



La clave para lograr el acoplamiento entre la lógica y los sentimientos, entre la emoción y la razón, está precisamente en utilizar la razón, porque tenemos sobre ella un control mucho más directo que sobre nuestras emociones. Por así decirlo, la capacidad de razonar está en buena medida a nuestro alcance, es nuestra, mientras que la emoción se nos impone sin que podamos evitarla o controlarla con facilidad. Razonando podemos gestionar nuestras emociones para ajustarlas a nuestros razonamientos para ajustarlos a nuestras emociones. La llamada "inteligencia emocional" consiste precisamente en la capacidad de cada persona para gestionar sus emociones utilizando la razón con el objetivo de acoplarlas.

Seamos realistas: el bienestar cotidiano solo puede basarse en el estado cotidiano. Y lo que la inteligencia y el cerebro emocional nos dicen es que, para mejorar ese estado, la solución no consiste en vivir mejor unos determinados días sino en ajustar nuestras aspiraciones y ritmos diarios a la medida de nuestras posibilidades. Así, el resultado de nuestro trabajo y comportamiento, lejos de frustrarnos, nos producirá la sensación de que controlamos las situaciones que vivimos.



El equilibrio emoción-razón nos permite vivir con la sensación de que, en la medida de lo posible, controlamos nuestra salud, nuestro tiempo, nuestra economía, las relaciones que tenemos, el trabajo, el ocio,... Esta sensación emocional de autocontrol es la antítesis del estrés y un poderoso generador de bienestar. No se trata de hacer menos de lo que hacemos sino de ajustar nuestras pretensiones a nuestras posibilidades en todos los ámbitos de nuestra vida. Y es que el bienestar no depende tanto de nuestro estatus como del estado orgánico y los sentimientos que generan el estar o no ajustados al nivel en el que nos desenvolvemos. Acabaremos parafraseando al escritor Baltasar Gracián: "¡Cómo se duerme cuando uno no yerra ni en el estado, ni en la ocupación, ni en la vecindad, ni en los amigos!".

Autor: Ignacio Morgado. Catedrático de psicobiología en el Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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