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domingo, 24 de abril de 2011

TRES PASOS PARA LA CURACIÓN

Cualquier tipo de proceso curativo, incluida la medicina alopática, debe seguir tres pasos. El primero es el tratamiento físico o medicación, que interacciona con el cuerpo físico para estimular la curación natural. Por ejemplo, cuando se entablilla un hueso roto para que se mantenga en la posición correcta mientras se suelda. O cuando se practica la acupuntura alrededor de la rotura para liberar las energías y dispersar el dolor. También puede complementarse el tratamiento con plantas medicinales, que estimulan la actividad celular y aceleran la eliminación de toxinas. Todos estos métodos tienen un efecto físico poderoso, aunque también funcionan en el ámbito de los cuerpos sutiles.

El segundo componente es la curación magnética, que consiste en utilizar la propia energía corporal para incidir sobre los cuerpos sutiles del paciente. Hay quien utiliza este don sin un método terapéutico que lo acampañe; la mayoría son sanadores naturales, aunque hay otros que aplican tratamientos más físicos. Este tipo de curación traspasa la energía del donante al destinatario y, como consecuencia, quienes la practican sufren de agotamiento físico y energético.



Para evitarlo, los sanadores necesitan acceder a la curación radiante. Este tercer paso convierte al sanador en un punto de entrada ilimitada de la energía curativa del universo, que pasa a través del terapeuta a donde más la necesita el paciente, en cualquiera de sus cuerpos. Quienes practican la curación magnética deberían desarrollar las facultades curativas radiantes para que su curación sea mucho más poderosa y, aunque después ya no necesiten utilizar las técnicas de la terapia energética, pueden seguir haciéndolo si desean interaccionar con el paciente.

DESDE LA ANTIGUA CHINA, EL "chi"



La energía chi

La medicina tradicional china (MTC) concibe al ser humano como un microcosmos dentro del macrocosmos del universo, y dado que ambos forman parte de la misma esencia, es lógico que esa energía vital o chi que rige el universo también lo haga en nuestro organismo. El chi recorre toda materia viviente y circula por el organismo a través de un complejo sistema de canales o meridianos. En la medicina vibracional recibe el nombre de energía bioeléctrica y, como no podía ser menos, la ciencia oficial occidental es reacia a aceptar su existencia por el simple hecho de que no puede observarla ni aislarla en el laboratorio. Sin embargo, es evidente que se puede percibir y que los resultados obtenidos en terapias como la acupuntura o la reflexología demuestran su existencia.

Vivimos con la idea de que todo lo que nos rodea es sólido, pero el concepto de solidez es una gran mentira: todo es pura energía. De hecho, la materia subatómica (como los electrones) no es sólida, sino que aparenta solidez porque se mueve rapidísimo.



Salvando las distancias, sería como las aspas de un ventilador, que se mueven a tanta velocidad que dejamos de verlas (pero están ahí). Y ocurre lo mismo con el cuerpo físico: en realidad es energía en estado radiante.

El chi puede ser de tres tipos en función de su origen: en primer lugar, nos nutrimos de un chi ancestral ("jing chi") que es un tipo de energía vital que heredamos de nuestros padres y que nos es transmitida en el momento de la concepción. Esta energía queda almacenada en los riñones y nos acompañará toda la vida. Otra fuente de chi es la energía que absorbemos y producimos a partir de los alimentos que ingerimos; por eso los chinos dan tanta importancia a la alimentación y tienen alimentos "yin" y "yang". La tercera fuente de energía vital, y quizás la más importante, es la que nos llega del cielo y de la tierra: el chi celeste y el telúrico. Nuestro cuerpo lo absorbe a través de los puntos de acupuntura o acupuntos, que actúan como puertas de entrada de la energía y que lo conducen a los meridianos, desde donde nutre los órganos del cuerpo.



Una vez que el chi ha sido absorbido por los acupuntos, se convierte en dos tipos más de chi que se suman al ancestral: el rong chi (chi sustentador) y el wei chi (chi defensivo). Al primero, que fluye a través de los meridianos, se le atribuye la asistencia directa de los órganos y tejidos, mientras que el segundo lo utiliza el organismo para defenderse de virus, bacterias y otros agentes patógenos.

Los practicantes de artes marciales trabajan esta bioenergía y la potencian en las manos especialmente, para poder hacer cosas tan asombrosas como romper una tabla o una pila de ladrillos sin lesionarse ni sentir dolor siquiera. Parece ser que el chi defensivo fluye a través de la piel, los músculos, los tendones y el tejido adiposo del abdomen y el pecho.

Finalmente, existe un chi maligno que procede del entorno y que se genera en situaciones extremas de estrés energético, como en caso de frío, calor, viento, humedad o sequedad excesivos. Este chi, en combinación con otros factores, nos puede predisponer a la enfermedad. 

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