martes, 31 de mayo de 2011

CLAVES DE LA RESILIENCIA

Cuando la tragedia nos golpea,
la mayoría de nosotros nos sobreponemos de manera admirable.
¿De dónde procede tal capacidad?


En Otoño de 2009, Jeanne Brown Miller regresaba a casa con su marido tras haber visitado las cataratas del Niágara. Cerca de la entrada al campus de la Universidad de Niágara, se topó con ambulancias y con un control de carretera. Jeannine sabía que Jonathan, su hijo de 17 años, había salido ese día con el coche. Aunque no entendía por completo lo que sucedía, algo le dijo que debía detenerse. Pidió a uno de los agentes que comprobase si en la matrícula del automóvil accidentado ponía "J. Mill". Pocos minutos después, se acercaron un policía y un capellán. Antes de que llegaran a su lado. Jeannine ya sabía lo que iban a decirle.

La pérdida de su hijo -resultado de un problema médico no diagnosticado que le causó la muerte súbita antes de estrellarse contra un árbol- fue devastadora. Durante los días siguientes al fallecimiento de Jonathan, el tiempo se detuvo casi por completo para ella: "La primera semana fue como una eternidad. vivía no ya por horas, sino minuto a minuto. Me despertaba y no pensaba en nada que no fuera lo que tenía enfrente".


La ayuda le vino de muchos sitios, incluidas sus decisiones personales. Quinientos alumnos del instituto Lewinston-Porter, en el que estudiaba Jonathan, asistieron al velatorio y al funeral, en un demostración de afecto que contribuyó a aliviar su pena. También halló cobijo en su fe. A las dos semanas, volvió a su trabajo de asesora financiera, y un par de meses después del accidente ya podía visitar el restaurante en el que había desayunado con su hijo el día en que murió. La comunidad nunca le escatimó apoyo: una ceremonia honró a Jonathan en la fiesta de graduación del instituto; en facebook, la página "J Mill" Miller se actualiza con regularidad, y una cafetería local sirve "café 76" en homenaje al que fuera el número del chico en su equipo de fútbol americano. Transcurrido un año, Jeannine aún llora, pero ha encontrado muchas maneras de sobrellevar la pérdida de su hijo.

Cuando ocurre lo peor -la muerte de un familiar, una epidemia devastadora, un tsunami o un terremoto-. siempre experimentamos una profunda conmoción y desorientación. Sin embargo, los neurólogos y psicólogos que investigan las consecuencias de una tragedia han descubierto algo sorprendente: la mayoría de las víctimas comienzan a recuperarse pronto y, con el paso del tiempo, reaparecen con sus emociones casi intactas. La mayoría de nosotros demostramos poseer una asombrosa habilidad natural para la resiliencia, la capacidad de sobreponernos a lo peor que la vida arroje en nuestro camino.


Hoy, además de las herramientas habituales en psicología, las imágenes cerebrales y las bases de datos genéticos están revelando los mecanismos que posibilitan la resiliencia. Cuando sobreviene el desastre, una serie de factores bioquímicos, genéticos y conductuales se combinan para restaurar nuestro equilibrio emocional. La investigación actual trata de entender los fundamentos de la fortaleza emocional para que, algún día, la comprensión del fenómeno nos diga qué hacer cuando fallan los procesos curativos naturales.

Mientras tanto, el sistema educativo, el Ejército o el mundo empresarial no parecen dispuestos a esperar un cuadro completo de genes y neurotransmisores para embarcarse en programas que nos ayuden a sobrellevar las peores tensiones nerviosas. A falta de manual definitivo sobre el aguante y la recuperación, se ha entablado un vigoroso debate acerca de la conveniencia de manipular lo que tal vez no sea sino una cualidad innata. En EEUU., la controversia reviste una urgencia particular: en lo que quizá constituya una de las mayores intervenciones psicológicas jamás emprendidas por una institución, el Ejército ha comenzado un enorme programa para entrenar la resiliencia en más de un millón de soldados y sus familias.

Siempre se ha considerado que la capacidad para reponernos ante los golpes de la vida, supone un don poco frecuente, producto de genes excepcionales o de padres talentosos. Investigaciones recientes sobre sujetos que han sufrido un desastre o la pérdida de un ser querido han puesto de manifiesto que, en realidad, la resiliencia es relativamente común. La gente se sobrepone ante lo peor que la vida pueda ofrecerles ayudándose de comportamientos dispares. En otros contextos, algunos podrían calificarse de narcisistas o disfuncionales. Surge así la cuestión acerca de la eficacia de los programas para entrenar la resiliencia, algunos de los cuales ya se han puesto en marcha en escuelas y en el ejército de EEUU.

LOS MECANISMOS DE LA RESILIENCIA


Sigmund Freud escribió en 1917 acerca del trabajo de duelo, un proceso que serviría para recuperar la energía emocional -o líbido, como él la denominó- que, con anterioridad, habíamos invertido en un objeto ahora inexistente; esto es, alguien fallecido. Esta noción de la psique como un sistema de fontanería que canaliza las fuerzas subliminales de la vida prevaleció durante largo tiempo, pues no sería sino hasta hace unos decenios cuando algunos psicólogos y neurólogos comenzaron a aportar pruebas a favor de explicaciones alternativas.

Una de las cuestiones que empezaron a considerarse fue la naturaleza de la resiliencia. El término (de las voces latinas re, "hacia atrás", y salire, "saltar") incorpora a la psicología el léxico de las ciencias naturales. Según Christopher M. Layne, que investiga los mecanismos de la resiliencia en la Universidad de California en Los Ángeles: "[El término] significa que, tras un breve lapso de tiempo, rebotamos otra vez hacia un estado operativo". Valga como analogía una varilla de metal que se dobla cuando se la presiona y que recupera con rapidez su forma inicial cuando la fuerza deformadora desaparece. Sin embargo, a pesar de lo sencillo del ejemplo anterior, la biología de la resiliencia reviste una complejidad enorme.

La resiliencia comienza a un nivel muy básico. Pongamos por caso que alguien le va a propinar un puñetazo. Su hipotálamo disparará una señal de estrés en forma de la hormona liberadora de corticotropina; ello desencadenará una avalancha de sustancias que le indicarán que levante los puños o que salga en estampida. El cerebro palpita como una luz intermitente: luchar-escapar, pelea-fuga, pero después el tifón hormonal amina. Si usted fuese llamado de manera constante a defender el terreno, no se interrumpiría el flujo de hormonas del estrés. Una de ellas, el cortisol, segregado por las glándulas suprarrenales, deteriora las neuronas del hipocampo y de la amígdala. Estas dos zonas intervienen en la memoria y las emociones, por lo que, a la larga, acabaría usted convertido en un despojo físico y emocional. Por fortuna, la resiliencia acude en nuestro auxilio en la gran mayoría de los casos.


Gracias a la ayuda de otras sustancias, la producción de hormonas del estrés parece interrumpirse con mayor facilidad en las personas resilientes. Durante los últimos años, se han descubierto varios marcadores biológicos que reflejarían la capacidad de resistencia emocional de un individuo. La lista incluye sustancias como la dehidroepiandrosterona (DHEA), que amortigua los efectos del cortisol; o el neuropéptido Y, el cual reduciría la ansiedad al contrarrestar los efectos de la hormona liberadora de corticotropina. En el año 2009, Dennis S. Charney y otros investigadores del Hospital de West Haven, asociado a la Universidad de Yale, comprobaron que los soldados con altos niveles del neuropéptido Y en la sangre sobrellevaban mejor el intenso estrés al que fueron sometidos durante un interrogatorio ficticio. En 2006, Rachel Yehuda y sus colaboradores del Hospital de Veteranos del Bronx descubrieron que, entre los excombatientes, un nivel elevado de dicha sustancia implicaba un menor riesgo de padecer trastorno de estrés postraumático.

Son numerosas las rutas bioquímicas que contribuyen a algo tan polifacético como la resiliencia. Por el momento, sin embargo, apenas contamos con un tosco boceto del perfil biológico que caracteriza  a la persona tenaz. En mayo de 2010, Eric J. Nestler y sus colaboradores, del Hospital del Monte Sinaí, refierieron la existencia de una proteína, DeltaFosB, que parecía proteger a ratones -y quizá también a humanos- contra la angustia derivada de la soledad, el aislamiento o la amenaza de múridos más agresivos. DeltaFosB actúa como un interruptor molecular que activa una serie de genes y desencadena la producción de las proteínas que estos codifican. En roedores resilientes se registraron altos niveles de la proteína; por otra parte, el análisis post mortem del tejido cerebral de pacientes con depresión reveló una deficiencia de DeltaFosB. Parece, pues, que un fármaco que elevase el nivel de dicha proteína quizá protegiese contra la depresión y estimulase la resiliencia.


Sin embargo, aún habrá de pasar un tiempo antes de que llegue un fármaco que aumente nuestra fortaleza emocional. Puede que algún día se sintetice una píldora que eleve la producción de DeltaFosB, pero, hoy por hoy, la investigación sigue limitada al caso de los roedores. Por lo que sabemos, la sustancia no sólo ayuda a los ratones a soportar los mejores esfuerzos de quienes intentan aterrorizarnos hasta la muerte, sino que se sospecha que genera también las típicas sensaciones de recompensa características de otro efecto mucho menos deseable: la drogadicción.

Quizá contribuyan otros genes y proteínas, pero, al igual que con DeltaFosB, los expertos deberán proceder con pies de plomo. El gen 5-HTT, al que una vez se le consideró "el gen de la resiliencia", sirve de aviso a las trampas que puede tender un enfoque puramente genético. En torno a un decenio atrás, unos cuantos estudios mostraron que las personas que poseían la versión más larga de ese gen parecían resistir mejor la depresión. El gen saltó a la fama en 2006, cuando un artículo en The New York Times Magazine anunció la inminente comercialización de un test de 5-HTT, que serviría para evaluar la fortaleza emocional. El optimismo inicial no tardó en convertirse en agua de borrajas (algo frecuente cuando se intenta vincular un comportamiento complejo a un sólo gen). Dos metaanálisis hallaron que los presuntos indicios no confirmaban ningún nexo entre las variantes del gen 5-HTT y la depresión inducida por otras circunstancias. Otro estudio sí encontró una conexión; pero, si el gen se encuentra relacionado con la resiliencia, el vínculo es débil. Puede que en última instancia la psicobiología acabe ofreciendo fármacos y terapias más precisas. Pero, por ahora, no parece que los próximos avances vayan a proceder del estudio de un gen o un receptor celular. Mucho más prometedoras se antojan las entrevistas a la vieja usanza con sujetos inmersos en una crisis personal.

FACTORES NEUROLÓGICOS



Ante una amenaza, en el cerebro se desencadena una cascada de sustancias que nos llaman a hacer frente al peligro o a huir de él. A su vez, otros procesos amortiguan dicha respuesta, con lo que contribuyen a la resiliencia contra el estrés. Uno de los ciclos clave comienza cuando el hipotálamo produce la hormona liberadora de corticotropina (CRH), lo que provoca que la glándula pituitaria segregue adrenocorticotropina (ACTH). Una vez en el torrente sanguíneo, esta última activa las glándulas suprarrenales, las cuales liberan cortisol. Esta sustancia mejora la capacidad para responder ante situaciones de desafío, pero, con el tiempo, su exceso puede ocasionar trastornos duraderos. Para mantener el proceso bajo control, una serie de sustancias amortiguan la respuesta. Los fármacos y la psicoterapia podrían estimular la producción de estos controladores del estrés.




ADAPTACIONES FEAS 

La psicología conductual lleva décadas acumulando datos sobre niños y adultos que han sufrido un trauma. George A. Bonanno, de la Escuela de Profesores de la Universidad de Columbia, ha dedicado su carrera a documentar los distintos tipos de resiliencia, sobre todo en los casos de muerte de un ser querido y ante las situaciones de guerra o enfermedad. Sus resultados han mostrado que, sea cual sea la adversidad, la mayoría de nosotros nos recobramos de manera sorprendente y, al cabo de unos meses, la vida vuelve a la normalidad.

Bonnano comenzó a investigar la resiliencia en los años noventa, cuando trabajaba en la Universidad de California en San Francisco. Por aquellos días, la opinión mayoritaria sostenía que la pérdida de un ser querido dejaba cicatrices emocionales indelebles y que se requería el penoso duelo freudiano o un reconstituyente similar para restituir la normalidad. Bonanno y sus colaboradores afrontaron el asunto sin prejuicios. En sus experimentos no hallaron indicios de heridas psíquicas. Eso les llevó a pensar que el factor dominante era la resiliencia psicológica, la cual no tendría por qué ser exclusiva de individuos con genes excepcionales o padres talentosos. La idea planteó también la inquietante pregunta de si las versiones modernas del duelo aflictivo acabarían produciendo más daños que beneficios.



En un ejemplo de su trabajo, Bonanno y su colaborador Dacher Keltner analizaron las expresiones faciales de personas que hacía poco habían perdido a algún ser querido. Los vídeos no mostraron indicios de una pena permanente que requiriese ser extirpada. Revelaban tristeza, como cabría esperar, pero también enfado y alegría. Una y otra vez, el abatimiento de una persona golpeada por el dolor se transmutaba en hilaridad, y viceversa. ¿Eran sinceras las risas? Al ralentizar los vídeos, se fijaron en el músculo orbicular de los párpados, cuyos movimientos, conocidos como expresiones de Duchenne, confirman la sinceridad de la risa. Resultó que los dolientes mostraban lo que sentían. Esa oscilación entre tristeza y júbilo se repitió estudio tras estudio.

¿Qué significaba todo eso? Bonanno conjetura que la melancolía sí nos ayuda a sanar tras una pérdida. Pero la pena implacable, como la depresión clínica, resulta demasiado dura de soportar. Por ello, algún mecanismo evitaría que la mayoría de nosotros quedemos atascados en un estado psicológico inconsolable. Si nuestras emociones se exaltan o se enfrían demasiado, una suerte de sensor interno -llamémoslo "resiliencia inmediata"- nos devuelve el equilibrio.

Bonanno amplió sus estudios a víctimas de abuso sexual, a neoyorquinos que habían sufrido en los acontecimientos del 11-S y a residentes de Hong Kong que habían sobrevivido a la epidemia de síndrome respiratorio agudo severo (SRAS). En todos los casos observó reacciones similares. Inmediatamente después de la muerte, la enfermedad o el desastre, entre uno y dos tercios de los entrevistados experimentaban pocos síntomas (si es que mostraban alguno) que merecieran calificarse como traumas: dificultades para dormir, hipervigilancia o flashbacks, entre otros. A los seis meses, el número de quienes continuaban afectados disminuía a menos del 10 por ciento.

Pero, si la mayoría no sufría un daño duradero, ¿qué sentían?¿Habían escapado incólumes? Resultaba difícil saberlo. La introducción en 1980 del trastorno de estrés postraumático (TEPT) en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales había limitado sobremanera las miras de los psicólogos- El marco que establecía el volumen de referencia del diagnóstico psiquiátrico había empujado a los expertos a concentrarse solo en aquellos que se ajustaban a los síntomas del TEPT. La nueva denominación del trauma metió en un mismo saco a todos los pacientes con síntomas de estrés, aún cuando muchos de ellos podían arreglárselas solos.

Bonanno comenzó a estudiar los sentimientos de aquellos que no habían buscado ayuda psicológica. Algunas personas objeto de estudio distorsionan de manera notoria sus recuerdos al rellenar cuestionarios: cuando su mundo se desmorona, exageran sobre lo mal que van las cosas o sobre lo catastróficas que fueron. Para compensar, Bonanno empezó a realizar estudios prospectivos, en los que siguió a grupos de varias edades desde antes de que muriese alguno de sus integrantes. Con ello lograba eliminar lo que en psicología se conoce como "sesgo en el recuerdo". También se decidió por una refinada técnica estadística (los modelos de curva de crecimiento latente) para descubrir con mayor precisión la serie de reacciones que se experimentan tras un trauma.

Al igual que en los estudios previos sobre la risa, una mirada más incisiva al proceso captó una amplia gama de respuestas que no encajaban con facilidad en lo que venía siendo habitual calificar como una adaptación saludable. La falta de una categorización sistemática movió a Bonanno a etiquetar como "adaptaciones feas" aquellas reacciones que se alejaban de las consideradas clásicas. Algunas personas mostraban tendencia al autoenaltecimiento, distorsiones de su persona o de sus actos que, en otras circunstancias, habrían rayado en el narcisismo. Para el doliente, actuar de esa manera evitaría una reflexión obsesiva: ¿podría haber hecho algo para impedir que aquello sucediese?

El enaltecimiento del ego no era la única estrategia. Algunos sujetos reprimían las emociones y los pensamientos negativos; otros simplemente se convencían de que podrían manejar cualquier cosa que les saliese al paso. Había hasta quien sonreía o reía a sus anchas. Muchos psicólogos afirmarían que tales reacciones no constituyen sino una negación perjudicial de la realidad. Por su parte, Bonanno halló que la adaptación "fea" no era exclusiva de los afectados por un muerte, sino que también la constató entre civiles bosnios del conflicto en los Balcanes o en testigos de los suscesos ocurridos en la Torres Gemelas.

Fred Johnson afrontó a su modo las secuelas del huracán Katrina. De 57 años y residente durante toda su vida en Nueva Orleans, Johnson respondió al Katrina colaborando con los equipos de salvamento en el Superdome, el estadio que fue devastado por el huracán. Las colas desde el recinto hasta los autobuses para abandonar la ciudad ofrecían un espectáculo estremecedor. Algunos padres se encontraban tan angustiados que intentaban entregar sus hijos a los equipos de rescate. Horrorizado al presenciar la escena por primera vez, Johnson perdió el control. Se alejó de la entrada del edificio y rompió a llorar. Pero, a los pocos minutos, notó los efectos de lo que él llam su director y se detuvo: "Cuando me veo abrumado, creo que mi proceso es este: voy a llorar, voy a restregarme los ojos y voy a volver al trabajo; pero lo que no voy a hacer es seguir llorando y llorando. Cfreo que es mi director. Es lo que impide que me vuelva loco".

Si bien el trabajo de Bonanno ha ganado adeptos, no todos se hallan convencidos de que la resiliencia sea tan innata como él sugiere. Algunos disienten de su definición del término, que consideran demasiado general. Bonanno reconoce que la adversidad en la infancia puede acarrear consecuencias más persistentes que las emociones pasajeras derivadas de una muerte en la familia o un desastre natural. Sin embargo, las reacciones de la mayoría de los adultos, ya sea ante la pérdida de un empleo o ante un maremoto, revelan que la capacidad para recuperarse sigue siendo la norma a lo largo de la vida.

SÉ TODO LO QUE PUEDAS SER

Si la resiliencia forma parte del statu quo para casi todos nosotros, ¿qué hay del 10 por ciento que no se sobrepone al trauma emocional y se atasca en la ansiedad y la depresión?¿Es posible entrenarlos para que se repongan? Se trata de una cuestión aún por dilucidar, pero las pruebas disponibles sugieren precaución.

Los psicólogos y asistentes sociales que socorren en desastres y emergencias recurren a menudo a los "partes de estrés en incidentes críticos", informes en los que se pide a un individuo o a un grupo que relate sus experiencias a fin de que expurgue síntomas incipientes de trauma. Pero varios estudios a lo largo de más de 15 años han demostrado que el método no resulta eficaz y que puede causar daños. En ocasiones, durante una sesión de grupo, una persona desquiciada puede contagiar su pánico y dificultar el progreso de la mayoría. Tras el tsunami de 2004 en el océano Índico, la Organización Mundial de la Salud alertó contra este tipo de informes, ya que contribuían a la inseguridad de algunas víctimas. La experiencia con este método también cuestiona otros más recientes, que persiguen inculcar la resiliencia mediante técnicas asamblearias inspiradas en la psicología positiva.

El movimiento de la psicología positiva experimentó su presentación formal en sociedad en 1998, cuando Martin E. P. Seligman, de la Universidad de Pennsylvania, defendió en el congreso anual de la Asociación Americana de Psicología que el trastorno no debería constituir la única preocupación de la disciplina. Seligman llegó a la psicología positiva tras descubrir que, tras serles administrados electrochoques, los perros entraban en un estado de sumisión lamentable, que él denominó "indefensión aprendida". Ello le sirvió de inspiración para explorar las intervenciones clínicas que consiguen justo lo contrario: alentar el optimismo, el bienestar y, sobre todo, la resiliencia.

Hace dos décadas, Seligman jugó un papel decisivo en la creación del Programa de Resiliencia de Pennsylvania, el cual ha mostrado su eficacia entre niños en edad escolar. Diseñado a partir de las teorías sobre la depresión, el entrenamiento incluye técnicas como la reestructuración cognitiva, empleado por los psicólogos cognitivo-conductuales para que los pacientes revisen sus pensamientos bajo una luz más positiva. Las evaluaciones del programa a través de 21 estudios controlados sobre 2400 niños de entre 8 y 15 años demostraron su éxito a la hora de evitar la depresión y la ansiedad.



Hoy por hoy, el Ejército de EEUU. aplica métodos similares con más de un millón de soldados y sus familias, en lo que ya ha sido calificado como "la mayor intervención psicológica deliberada" que se haya intentado jamás. Bajo el programa, de 5 años y dotado con 125 millones de dólares, 800.000 soldados ya han comenzado a utilizar una "herramienta de evaluación global" en línea (un test psicológico que mide, entre otros factores, el bienestar emocinal y espiritual) y siguen cursos para mejorar la resiliencia. Cada mes, 150 soldados toman clases en la Universidad de Pennsylvania para después enseñar a otros cómo entrenar la resistencia emocional en el ejército. Seligman prevé que la información obtenida en estos programas pasarán a formar parte de una ingente base de datos que, después, expertos civiles aprovecharán para sus investigaciones sobre la resiliencia. "Es ciencia a un nivel al que la psicología nunca había llegado antes", opina Seligman.

William Casey, Jefe del Estado Mayor del Ejército de los EEUU., manifestó su entusiasmo desde el principio. No obstante, ningún estudio piloto evaluó si un programa que había funcionado bien con adolescentes se ajustaría a un soldado que regresa a irak por tercera vez. "Aunque es cierto que lo estamos construyendo en el aire, el seguimiento y la evaluación son constantes y rigurosos", observa Seligman.

Bonanno, por su parte, apunta que el programa carece de pruebas que demuestren su eficacia. Y, a juzgar por la vaiopinta historia de las intervenciones previas, se pregunta si podría resultar más perjudicial que beneficioso. Bonanno colaboró en un estudio no publicado en el que se monitorizó a 160.000 soldados, la mitad de los cuales estuvo destinada al menos una vez en Irak o en Afganistán. El 85% de ellos fueron calificados como resilientes, pues no mostraron síntomas de trauma; sólo entre el 4 y el 6% fueron diagnosticados con TEPT. "Si la mayoría son resilientes, como parecen indicar todos nuestros estudios, ¿qué les ocurre a esas personas tras un tratamiento inoculador de estrés?", se pregunta Bonanno, "¿Es posible que su resiliencia disminuya? Esa es la pregunta que considero imperativo responder".

No todo el Ejército ha aceptado el entrenamiento de la resiliencia. William P. Nash, quien supervisó en el pasado los programas de control de estrés para la marina estadounidense, afirma que existen pocas pruebas que garanticen la eficacia de semejante adiestramiento. Compara la situación en el Ejército con la del football profesional: con independencia de cuánto entrenen los jugadores durante la semana, aún se les vapulea y se lesionan los domingos. "Resulta imposible evitar acontecimientos desafortunados", afirma Nash. "Del mismo modo, tampoco puede impedirse que la gente resulte afectada por el estrés".

¿Cabe hacer algo que aumente la capacidad de una persona para arreglárselas bien frente a la adversidad? Proporcionar de antemano los instrumentos para manejarse puede funcionar o no. Las terapias farmacológicas se han desechado hace años. Tras un desastre, los mejores expertos -psicólogos y profesionales de la salud del Centro Nacional para el TEPT de EEUU- han perfeccionado un enfoque que, en lugar de hurgar en sus reacciones psicopatológicas, busca potenciar la capacidad del individuo para reponerse. "Si alguien se encuentra bien, admitimos que lo está", puntualiza Patricia Watson, quien ayudño a crear la técnica cuyo nombre formal, "primeros auxilios psicológicos", ya implica que muchos manejan bien las cosas por sí solos. En primer lugar, se atienden las necesidades prácticas de los afectados: comida y alojamiento. Pero también se informa a las víctimas de la ayuda de la que disponen y se les enseña a monitorizar sus progresos. Tras los acontecimientos del 11-S, algunos de quienes se hallaban en las inmediaciones de las Torres Gemelas esperaban que la angustia y la depresión apareciesen a los tres meses, por lo que ignoraron la ayuda concebida para aquellos que padecían algo más que síntomas pasajeros. "La gente sufrió durante más tiempo de lo necesario porque creía que se trataba de algo normal", afirma Watson. Ante los casos de verdadero TEPT, las terapias farmacológicas y las cognitivo-conductuales, que exponen al paciente ante el origen del trauma, sí han mostrado cierta efectividad.

Las investigaciones sobre la resiliencia han puesto de manifiesto que una misma fórmula no sirve a todos por igual. En ocasiones acontece lo peor. Pero nuestra capacidad de recuperación innata contribuye a que, la mayoría de las veces, las cosas acaben bien.

Autor: Gary Stix, redactor de Scientific American.

Bibliografía:
  • Bonanno, George, The other side of sadness: What the new science of bereavement tells us about life after loss. Basic Books, 2009;
  • Martin E.P. Seligman, Flourish: A visionary new understanding of hapiness and well-being. Free Press, 2011.






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