miércoles, 22 de junio de 2011

IMAGINACIÓN EN EL BEBÉ

Los bebés humanos tienen el período de aprendizaje más largo de todas las especies.



Los bebés son los investigadores de la especie humana. Existe una correlación entre la duración del período de inmadurez, es decir, el tiempo durante el cual un animal es un bebé, y el grado de sofisticación como adulto. Los bebés y los niños pequeños tienen ese largo período de aprendizaje durante el cual tienen muchas ideas, piensan en las cosas sencillas, descubren el mundo y su entorno,... Y los adultos estudiamos esos comportamientos, porque de ellos aprendimos cuando éramos niños y las utilizamos en nuestro entorno concreto para desarrollarnos y hacer todo lo que tenemos que hacer.

El bebé humano tarda entre seis y siete años en empezar a tener una noción de lo que es el tiempo. En cambio otras especies, como los pollos, los pavos y todos los animales denominados galliformes, tienen un período muy corto de inmadurez y, francamente, no son demasiado inteligentes. Ahora, si nos fijamos en los cuervos, por ejemplo, resulta que necesitan casi un año y medio para independizarse de sus madres, lo que representa un período muy largo en la vida de un ave y, sin embargo, están entre las aves más inteligentes. Incluso rivalizan con los primates en términos intelectuales, sobre todo en lo que respecta a su habilidad para aprender a utilizar nuevas herramientas. Los seres humanos dependemos mucho más que cualquier otra especie. Y es interesante porque se está observando, que a medida que evolucionamos, dependemos cada vez más del aprendizaje y por eso nuestro período de inmadurez es cada vez más largo.


Los niños en el período escolar toman diferentes roles que han observado, unos se creen bomberos, otros médicos, chef de cocina, policías... Siempre ha existido esa duda sobre por qué los niños entre los 18 meses y los cinco años pasan tanto tiempo en su mundo imaginario. Freud o Piaget pensaron que se debía al hecho de que no podían distinguir entre fantasía y realidad.



Pero los últimos trabajos llevados a cabo durante los últimos 30 años han puesto de manifiesto que eso no es cierto en absoluto. Los niños entienden perfectamente las diferencias entre el mundo real y el mundo imaginario. Es sólo que preferirían vivir en el mundo imaginario creado por ellos. Porque en ese mundo imaginario aprenden a ver cómo es el mundo, pero también aprenden a ver cuán diferente podría ser, cuán distinto podría ser de lo que es. De hecho, ésta es nuestra mayor ventaja evolutiva. En cierto modo, también nosotros vivimos en mundos imaginarios. Todo lo que hay en el mundo, realizado por el ser humano, empezó como una posibilidad imaginaria en la mente de algunos.


Parece ser que los bebés y los niños pequeños son menos introspectivos que nosotros, es decir, que no tienen esa idea de ser seres únicos y unificados, con un yo interior. Como adultos, pensamos que existe una especie de autobiógrafo dentro de nosotros, como un director general que está en nuestras mentes, nos observa y nos lleva a hacer lo que hacemos. Aparentemente, los niños pequeños no tienen ese mismo sentido de tener un ser que constantemente hace cosas. Simplemente prestan atención al mundo exterior, a cualquier cosa que les enseñe algo. Su atención no depende de planes, objetivos o intenciones, como nos pasa a nosotros.


Una de las cosas más importantes que tienen que aprender los bebés es a amar. El hecho evolutivo de que sean tan dependientes significa que los adultos deben ocuparse de ellos. Y, para hacerlo, los adultos tienen que sentir amor hacia sus hijos. Por tanto, el amor es fundamental para la supervivencia.



Nuestra capacidad para amar es una de las más importantes. Se ha descubierto que incluso los bebés más pequeños ya son lo suficientemente sensibles como para entender cómo funciona el amor. El papel de los padres es fundamental para esto. Por ejemplo, algunos bebés parecen aprender que, si están afligidos y lloran, papá y mamá se van a disgustar más. Es muy triste porque parece que estos últimos aprenden a no estar pendientes de papá y mamá ante una situación de estrés. Con sólo un añito de vida ya están aprendiendo a reprimir sus emociones.


La idea que tenemos acerca de cómo nos trata la gente a la que queremos se mantiene hasta la edad adulta, sí. Si nos fijamos en los adultos que se despiden de sus seres queridos en un aeropuerto, veremos que algunos se resisten, se acercan a la ventana, se cogen de la mano.... Otros, en cambio, cogen el periódico y no miran; actúan como si no fuera con ellos. Yo creo que podemos encontrar una explicación para esto en lo que los niños aprendieron cuando eran muy pequeños, algo que perdura en la manera que tienen de concebir el cariño, incluso como adultos.


Antes se creía que, al principio de la vida, al nacer, el bebé no tenía moral alguna. Se creía que los bebés incluso podrían matar a un animal pequeño. Ahora se dice, en cambio, que no, que existe una especie de moral innata. La gente solía pensar que los niños eran amorales, pero gracias a los estudios han surgido otras teorías porque se han  dado cuenta que, al menos, algunos aspectos de la moralidad -como la empatía y la compasión- existen incluso en los niños más pequeños. Un experimento de Felix Warneken con un bebé así lo demostró, Warneken hacía que se le cayera un bolígrafo al suelo. Después, lo tiraba él mismo. Se colocaba de forma que él no podía alcanzar el bolígrafo en el suelo, pero el bebé sí: si gateaba por la habitación podía alcanzarlo y devolvérselo al experimentador. Demostró que incluso bebés de 14 meses se subían a los cojines, cogían el bolígrafo y se lo devolvían, per sólo si éste se había caido. En cambio, no lo hacían si Warneken lo había tirado. De ello se infiere que, si los bebés piensan que alguien quiere algo, ellos deberían ayudarle a conseguirlo. Es un claro ejemplo de altruismo y a los 18 meses, se ve más claramente todavía. Si un niño de esa edad ve que alguien tiene problemas, se acercará a él y hará lo posible para reconfortarlo y hacer que se sienta mejor. Todavía más interesante son los estudios hechos con niños de entre dos años y medio y tres años, que ponen de manifiesto que distinguen entre ese tipo de sentimiento moral y las meras convenciones. Así, si les dices que imaginen que su maestro ha dicho que no está mal pegarle a otro niño, los niños de dos años y medio a tres años dirán que nunca hay que pegarle a otro niño aunque el profesor diga que no pasa nada. Pero si les dices, en cambio, que imaginen que su maestro dice que se puede tirar la ropa al suelo de la clase, entonces dirán que no pasa nada si se hace eso. Es como si los niños tuvieran consciencia, de alguna forma, de esa moral básica que, en esencia, es la regla de oro de la humanidad: trata a los demás como quieras que te traten a tí, o no hagas daño a los demás; al contrario, ayúdalos a alcanzar su meta. Incluso los niños más pequeños parecen entender este núcleo moral básico.

Autora: Alison Gopnik. Profesora de psicología en la Univesity of California (EEUU.) y experta de prestigio internacional en el estudio científico de los procesos relacionados con el aprendizaje infantil.


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