jueves, 30 de junio de 2011

LENGUAJE Y PENSAMIENTO

El idioma que hablamos afecta a nuestra percepción del mundo.



Estando en Pormpuraaw, una pequeña comunidad aborigen situada en el borde occidental del cabo York, en el extremo septentrional de Australia. Al lado, una niña de cinco años. Cuando se le pide que señale el norte, lo hace con exactitud y sin dudar. La brújula lo confirma. Algo después, en Stanford, en una sala de conferencias, se le hace la misma petición a un público de elevado nivel académico, en el que abundan personas de reconocido mérito científico galardonadas por su talento. Algunos de ellos han estado viniendo a esta misma sala desde hace más de 40 años. Se les ruega a los presentes que cierren los ojos -para que no falseen el resultado de la prueba- y que señalen al norte. Muchos rehúsan, pues ignoran la respuesta. Quienes aceptan, reflexionan unos instantes y después apuntan... en todas direcciones. Se ha repetido este ejercicio en Harvard y en Princeton, en Moscúy en Pekín, siempre con los mismos resultados. Una niña de cinco años perteneciente a cierta cultura logra con facilidad lo que a eminentes científicos de otras culturas les resulta problemático. Una diferencia notable en una destreza cognitiva. ¿Cómo se explica? La sorprendente respuesta puede hallarse, según parece, en el lenguaje.

La idea de que algunas capacidades cognitivas quizá dependan del idioma que hablamos se remonta a varios siglos. Desde los años 30 del siglo XX, la idea se ha asociado a los lingüistas. Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf, que estudiaron la variación de las lenguas y propusieron la hipótesis de que los hablantes de idiomas diferentes se distinguiesen en su forma de pensar. Si bien en un principio la hipótesis recibió gran atención, adolecía de un serio inconveniente; una carencia casi total de pruebas empíricas que la respaldasen. 40 años después, el desencanto era casi general y la hipótesis de Sapir y Whorf quedó enterrada bajo otras teorías que proclamaban la universalidad del lenguaje y el pensamiento. Décadas después , ha aparecido una cantidad considerable de pruebas empíricas sólidas que demuestran que los idiomas sí moldean el pensamiento. Estos indicios dan la vuelta al dogma de la universalidad y aportan fascinantes indicios para entender los orígenes del conocimiento y los mecanismos de construcción de la realidad. Los resultados entrañan consecuencias importantes para la jurisprudencia, la política y la educación.

SECUELAS DEL LENGUAJE



En el mundo se habla un formidable repertorio de lenguajes: unos 7.000. Cada uno requiere de sus hablantes habilidades muy diferentes. Supongamos que deseo explicar que vi la obra Tío Vania en la calle 42. Expresado en idioma mian, hablado en Papúa Nueva Guinea, el verbo habría especificado si tal suceso acababa de ocurrir, si aconteció ayer o si corresponde al pasado lejano. En indonesio, por el contrario, ni siquiera habría revelado si el suceso ya había ocurrido o tardaría poco en hacerlo. En ruso, la forma verbal hubiera delatado si el hablante era hombre o mujer. En chino mandarín habría que aclarar si Vania era tío por línea materna o paterna y si el parentesco era carnal o por matrimonio, pues existen diferentes palabras para cada una de esas clases de tíos (en el caso de Vania, se trata del hermano de la madre, como claramente especifica la traducción china). Por otra parte, en pirahä, una lengua amazónica, sería imposible decir "42" porque no existen numerales exactos, sino solo palabras para expresar "pocos" y "muchos".

Los idiomas difieren en un sinfín de aspectos. Pero del mero hecho de que las personas se expresen de un modo u otro no se sigue que piensen diferente. ¿Cómo saber si los hablantes de mian, ruso, indonesio, mandarín o pirahä actúan, recuerdan o reflexionan sobre el mundo de manera diferente en razón de la lengua que hablan? Numerosas investigaciones recientes han revelado que el lenguaje da forma incluso a las nociones más básicas de la experiencia humana: espacio, tiempo, cusalidad o las relaciones con los demás.


Volviendo a Pormpuraaw. La lengua kuuk thaayorre que allí se habla no se vale de términos espaciales relativos, como "derecha" o "izquierda". Sus hablantes se expresan mediante los puntos cardinales. También en nuestro idioma contamos con voces para indicar esas direcciones, pero normalmente solo las utilizamos para referencias geográficas o en distancias grandes. No se nos ocurrirí decir "¡Han colocado los cuchillos de carne al sudeste de los de pescado... qué brutos!". Pero en kuuk thaayorre se utilizan direcciones cardinales a todas las escalas, por lo que uno acaba diciendo "la copa está al sudeste de la bandeja", o "el joven que está al sur de Mary es mi hermano". En pormpuraaw es preciso estar siempre orientado, aunque solo sea para hablar con propiedad.

Por otra parte, los trabajos seminales realizados durante las dos últimas décadas por Stephen C. Levinson, del Instituto Max Planck de Psicolinguística de Nimega, y John B. Haviland, de la Universidad de California en San Diego, han demostrado que las personas que se basan en direcciones absolutas muestran una enorme habilidad para orientarse dondequiera que se hallen, ya se trate de paisajes desconocidos o de edificios en los que no han entrado nunca. De hecho, lo hacen mejor que quienes viven en los mismos lugares pero no hablan esas lenguas, y mejor incluso de lo que los científicos creían que nadie pudiera llegar a hacerlo. Los imperativos de su idioma les obligan a poseer y ejercitar esa proeza cognitiva.

Es probable que quienes piensan en el espacio de manera distinta también razonen de otro modo sobre el tiempo. Junto a la colaboradora Alice Gaby, de la Universidad de California en Berkeley, entregamos a hablantes de kuuk thaayorre conjuntos de fotografías que mostraban secuencias cronológicas: el envejecimiento de un hombre, el crecimiento de un cocodrilo o un plátano al que cada vez le faltaban más bocados. Barajamos las fotos y les pedimos que las ordenasen en el suelo en el orden cronológico correcto. Realizamos la prueba dos veces con cada sujeto, pero cada vez le situamos mirando hacia un punto cardinal distinto. Los habitantes de idiomas europeos suelen ordenar la serie con una progresión temporal que vaya de izquierda a derecha. Los de árabe o de hebreo, en cambio, tienden a orientarla de derecha a izquierda. Se observa así que la orientación de la escritura influye en la manera en que organizamos secuencias temporales. Los kuuk thaayorre, sin embargo, no disponían las tarjetas ni de izquierda a derecha ni de derecha a izquierda: las ordenaban siempre de este a oeste. Es decir, cuando se sentaban mirando al sur, las tarjetas iban de izquierda a derecha. Cuando miraban al este, la sucesión evolucionaba hacia ellos, etc. En ningún caso se les informó de la orientación en la que se encontraban; los kuuk thaayorre lo sabían de antemano y se valían de ello para elaborar sus orientaciones temporales.

En distintos lugares del mundo, las representaciones del tiempo difieren en numerosos aspectos. En nuestra cultura, el futuro se halla "adelante" y el pasado "atrás". En 2010, Lunden Miles, de la Universidad de Aberdeen, observó que los anglohablantes inclinaban de manera espontánea el cuerpo hacia delante cuando pensaban en el futuro, y hacia atrás cuando se referían al pasado. Pero en aymara, una lengua andina, se dice que el pasado se encuentra "enfrente" y el futuro "detrás". El lenguaje corporal de los aymara concuerda con su forma de hablar: en 2006, Raphael Núñez, de la Universidad de California en San Diego, y Eve Sweetser, de la Universidad de California en Berkeley, observaron que los aymara gesticulaban hacia el frente cuando hablaban del pasado y hacia atrás cuando aludían al futuro.

RECORDAR QUIÉN FUE


Los hablantes de un idioma u otro difieren también en su descripción de los acontecimientos y, en consecuencia, a la hora de recordar quién llevó a cabo una acción determinada. Todos los sucesos, incluso los accidentes ocurridos en fracciones de segundo, son complejos y exigen de nosotros analizar e interpretar lo ocurrido. Tomemos como ejemplo el incidente de caza que protagonizó el antiguo vicepresidente de EEUU. Dick Cheney, quien disparó por accidente sobre el abogado Harry Whittington. Podríamos decir que "Cheney disparó sobre Whittington", donde Cheney aparece como causa directa; pero también que "Whittington recibió un disparo de Cheney", lo que distancia a Cheney del resultado. Podríamos incluso afirmar que "Whittington recibió una buena perdigonada", olvidándonos por completo de Cheney. El propio Cheney lo puso así: "En última instancia, yo fuí quien pulsó el gatillo que disparó el cartucho que dio a Harry", interponiendo una larga cadena de sucesos entre sí mismo y el resultado. La descripción del entonces presidente Bush ("él [Cheney] oyó el aleteo de un pájaro; se volvió, apretó el gatillo y vio que su amigo había sido herido") supuso una obra maestra de arte exculpatorio que, en una sola línea, convirtió a Cheney de responsable en mero testigo.


El público de habla inglesa rara vez se deja impresionar por una contosión lingüística como la anterior, ya que, en inglés, son las oraciiones carentes de agente las que desprenden una connotación evasiva. Los hablantes de lengua inglesa tienden a formular los hechos en términos de alguien que hace algo, con preferencia por las contrucciones transitivas, del estilo de "Juan rompió el florero", aunque el hecho haya sido accidental. Los japoneses o hispanohablantes, en cambio, se muestran más reticentes a mencionar a un agente cuando se trata de un acontecimiento accidental. En castellano podría decirse "se rompió el florero". En cambio, una formulación en inglés  que omita el agente ("the vase broke" o "the vase broke itself"), no resulta tan natural en ese idioma.

Junto con la estudiante Caitlin M. Fausey se halló que tales diferencias lingüísticas influyen en la comprensión de lo ocurrido e implican consecuencias a la hora de presentar testimonio. En los estudios realizados, publicados en 2010, participaron hablantes de inglés, español y japonés. Se les mostraron videos en los que dos muchachos reventaban globos, rompían huevos y derramaban bebidas, en ocasiones a propósito y, en otras, sin quererlo. Después, fueron sometidos por sorpresa a un test de memoria: para cada uno de los sucesos debían señalar al joven que lo había provocado, como en una ruedad de sospechosos. A otro grupo de hablantes de las mismas lenguas solo se les pidió que describiesen los hechos. Cuando se compararon los recuerdos del primer grupo con las descripciones del segundo, se encontraron relaciones entre ambos.

Los hablantes de los tres idiomas describieron los sucesos intencionados asignándoles un sujeto agente, como "el más alto pinchó el globo". Además, todos recordaron con igual precisión a los autores de los hechos. Sin embargo, en el caso de los sucesos accidentales, aparecieron diferencias interesantes. A la hora de describirlos, los hispanohablantes y los japoneses eran menos propensos que los sujetos de habla inglesa a asignarles un agente. Y, de hecho, también recordaban peor que los anglohablantes a los autores de los hechos accidentales. Ello no pudo deberse a que su memoria fuese peor, puesto que antes habían recordado con tanta precisión como los hablantes de lengua inglesa quiénes habían perpetrado los actos intencionados.



Los idiomas influyen no solo en lo que recordamos, sino que, según su estructura, también pueden facilitar o dificultar el aprendizaje de nuevos conocimientos. En algunas lenguas, las palabras que designan los numerales reflejan con mayor claridad el sistema decimal subyacente. En mandarín, por ejemplo, no existen números como el 11 o 13, con nombres "excepcionales"; los niños aprenden antes el sistema de numeración. También según el número de sílabas que posean los nombres de los numerales, resulta más fácil o difícil recordar cadenas de números (como números de teléfonos) o efectuar cálculos mentales.

El lenguaje afecta incluso a la edad con la que los niños se hacen conscientes de su propio sexo. En 1983, Alexander Guiora, de la Universidad de Michigan en Ann Arbor, comparó tres grupos de niños cuyo idioma materno era, respectivamente, hebreo, inglés y finés. El hebreo marca el género en un gran número de casos gramaticales; incluso el pronombre "tú" cambia de forma según el género. En finés no existe distinción entre géneros, y el inglés viene a situarse entre ambos. Guiora halló que los niños que se criaban en ambientes de habla hebrea averiguaban su propio sexo un año antes que los niños fineses. Los de habla inglesa lo hacían a un tiempo intermedio.

LA GALLINA O EL HUEVO

Los ejemplos anteriores constituyen  tan solo una pequeña muestra de los numerosos hallazgos relativos a las diferencias cognitivas que manifiestan los hablantes de idiomas distintos. Pero ¿cómo saber si son las diferentes lingüísticas las que crean diferencias en el pensamiento, o si es a la inversa? La respuesta, al parecer, es que se trata de un proceso bidireccional: la forma en que pensamos influye en nuestro idioma, pero también ocurre en sentido inverso. Durante el pasado decenio se idearon toda una serie de demostraciones para indicar que el lenguaje desempeña una función causal en los procesos cognitivos. Por ejemplo, se ha comprobado que, al cambiar la forma en que hablamos de algo, se modifica nuestro modo de concebirlo. Al enseñar a alguien nuevas voces para describir los matices de un color, aumenta su capacidad para distinguirlos. Y al enseñar a una persona otras formas de hablar sobre el tiempo cronológico, esta aprende a pensar en él de maneras diferentes.

Otro enfoque para afrontar la pregunta proviene del estudio de personas bilingües. Se ha verificado que los hablantes bilingües modifican su visión del mundo en función del idioma que estén utilizando. Dos investigaciones publicadas en 2010 demostraron que, incluso en asuntos tan básicos como quién nos gusta y quién no, la respuesta depende del idioma en que se nos pregunte. En los estudios, uno realizado por Oludamini Ogunnaike y su colaboradores, de Harvard, y el otro por el equipo de Sahi Danziger, de la Universidad de Ben-Gurion en el Negev, participaron individuos bilingües de francés y árabe en Marruecos, de español e inglés en EEUU., y de árabe y hebreo en Israel. En cada caso, el fin consistía en determinar los prejuicios y sesgos de los participantes.



A los bilingües de hebreo y árabe se les pidió que pulsaran con rapidez una tecla como respuesta a ciertas palabras en determinadas situaciones. En una de ellas, si veían un nombre judío como "Yair", o un término positivo, como "bueno" o "fuerte", debían pulsar la tecla "M"; si veían un nombre árabe, como "Ahmed", o un rasgo negativo, como "malvado" o "débil", debían pulsar la "X". En otra situación, el emparejamiento se invertía, por lo que los nombres judíos y los rasgos negativos compartían una tecla, y los nombres árabes y los rasgos positivos, otra. Los investigadores midieron la rapidez con la que los participantes respondieron en una situación y otra. Tareas similares se emplean muy a menudo para determinar sesgos automáticos o involuntarios, como en qué medida algunos individuos asocian de manera natural rasgos positivos o negativos con grupos étnicos. Para su sorpresa, los investigadores hallaron un fuerte desplazamiento de los sesgos involuntarios según el lenguaje en que se efectuase la prueba. Por su parte, los bilingües de árabe y hebreo expresaron actitudes implícitas más positivas hacia los judíos cuando la prueba se efectuó en hebreo que cuando se hizo en árabe.



El idioma parece intervenir en muchas más facetas de las que los expertos suponían. Nos apoyamos en el lenguaje incluso para tareas tan sencillas como distinguir manchas de color, contar los lunares en una pantalla u orientarnos en una sala de tamaño reducido: junto a los colaboradores comprobamos que, si se dificulta a las personas el acceso a sus facultades lingüísticas (por ejemplo, al pedirles que realicen al mismo tiempo una tarea verbal exigente, como repetir un boletín de noticias), merma su destreza en todas esas tareas simples. Ello implica que las categorías y distinciones que existen en un idioma participan en numerosos aspectos de nuestra vida mental. Lo que los investigadores han hallado desde hace tiempo "pensamiento" parece consistir en una colección de procesos tanto lingüísticos como no lingüísticos. Por lo que se sabe, puede que, en la mayor parte del pensamiento adulto, el lenguaje juegue algún papel.



Uno de los rasgos que definen a la inteligencia human es su adaptabilidad, la facultad para inventar y reorganizar la manera de entender el mundo y acomodarla a objetivos y ambientes variables. Una consecuencia de ello se manifiesta en la multitud de lenguajes existentes en el mundo. Cada uno dispone de su propio conjunto de recursos cognitivos y encierra el conocimiento y la visión de la realidad que cada cultura ha ido desarrollando a lo largo de milenios. Cada idioma contiene una forma de percibir, categorizar y dar sentido al mundo; una guía de valor incalculable desarrollada y afinada por nuestros antepasados. Investigar de qué manera el idioma moldea el pensamiento nos proporciona una gran herramienta para explicar los orígenes del conocimiento, los mecanismos de construcción de la realidad y cómo hemos alcanzado la inteligencia y refinamiento que ahora poseemos. Algo que nos ayuda a comprender la esencia misma de lo que nos hace humanos.



Autora: Lera Boroditsky, profesora de psicología cognitiva en la Universidad de Stanford y redactora jefa de Frontiers in Cultural Psychology. Su investigación se orienta a la representación mental y los efectos del lenguaje sobre la cognición.

Bibliografía:
  • Language changes implicit associations between ethnic groups and evaluation in bilinguals. Sahi Dazinger y Robert Ward en Psychological Science, vol. 21, nº 6, págs. 799-800, junio 2010.
  • Constructing agency: The role of language. Cailin M. Fausey en Frontier in Cultural Psychology, vol. 1, artículo 162, publicado online el 15 de octubre de 2010.
  • Remembrance of times east: Absolute spatial representations of time in an Australian Aboriginal community. Lera Boroditsky y Alice Gaby en Psychological Science, vol. 21, nº 11, págs. 1635-1639, noviembre de 2010.  

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