jueves, 2 de junio de 2011

OBESIDAD, PESO, PROCESOS METABÓLICOS, PROBLEMA GRAVE DE SALUD

La ciencia ha ahondado en los procesos metabólicos que influyen en nuestro peso, pero la clave para conseguir el peso adecuado puede encontrarse en cambiar la forma de los modelos de conducta en la vida.



La obesidad ahora es considerada como una epidemia moderna. Durante milenios, la desnutrición constituía un problema habitual. En la actualidad, la obesidad es una enfermedad mundial que afecta a un tercio de los estadounidenses. Otro tercio presenta sobrepeso.

Se han hallado las claves de las causas metabólicas, genéticas y neurológicas de la obesidad, que la convierten en una afección compleja, pero no se ha conseguido solucionar la crisis de salud pública que ha generado.

Las técnicas que han demostrado eficacia en el tratamiento del autismo, la tartamudez y el alcoholismo pueden ayudar a adelgazar o a no engordar, tratando la conducta como objetivo.

Los estudios sobre la conducta indican que el registro de las calorías, el ejercicio físico y el peso, la adopción de unos objetivos modestos y la participación en un grupo de apoyo aumentan las posibilidades de éxito para adelgazar de forma adecuada.



La obesidad representa un grave problema de salud. Si se mantiene la tendencia actual, en EEUU pronto superará al tabaquismo como causa principal de muerte prematura, reducción de la calidad de vica y sobrecostes en la atención sanitaria. Un tercio de los adultos estadounidenses son obesos, según los datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), y otro tercio padece sobrepeso. La obesidad es responsable de más de 160.000 fallecimientos al año, según un estudio publicado en el Journal of the American Medical Association. Por término medio, una persona obesa le cuesta a la sociedad más de 7.000 dólares al año, gasto derivado de la pérdida de productividad y del tratamiento médico, según investigadores de la Universidad George Washington. A lo largo de su vida, una persona con 32 kilos o más de sobrepeso ocasionará unos sobrecostes médicos de unos 30.000 dólares, dependiendo de la raza y el sexo.


¿Por qué resulta tan difícil deshacerse de los kilos que sobran y no recuperarlos? La fórmula básica para perder peso es sencilla y conocida por todos: consumir menos calorías que las que se gastan. Si fuera así de fácil, en EEUU. la obesidad no constituiría el primer problema de salud relacionado con el estilo de vida. Para una especie que evolucionó hacia el consumo de alimentos muy energéticos en un entorno en que el hambre representaba una amenaza constante, hoy adelgazar y mantenerse esbelto supone una seria dificultad en un mundo abrumado por mensajes publicitarios y alimentos hipercalóricos sin valor nutritivo. Casi todos los que intentan seguir una dieta a la larga la abandonan. Una revisión de 31 estudios sobre dietas, llevado a cabo en 2007 por la Asociación Americana de Psicología, concluyó que al menos dos tercios de quienes habían seguido una dieta pesaban más que dos años atrás, antes de ponerse a régimen.


La ciencia ha utilizado sus mejores armas para resolver el problema. Los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de EEUU. han gastado unos 800 millones de dólares anuales en investigaciones sobre las bases metabólicas, genéticas y neurológicas de la obesidad. En el plan que han propuesto en 2011 para el estudio de la obesidad, incluyen líneas muy prometedoras: modelos animales para conocer las funciones proteicas en tejidos específicos; vías de señalización complejas en el cerebro y entre el cerebro y los demás órganos; identificación de las variantes genéticas relacionadas con la obesidad, y estudio de los mecanismos epigenéticos que regulan el metabolismo.


Las investigaciones han ofrecido datos importantes sobre el modo en que las proteínas interaccionan en nuestro organismo para extraer y distribuir la energía a partir de los alimentos y producir y almacenar grasa; la manera en que nuestro cerebro nos informa sobre la sensación de apetito; el motivo de que algunas personas presenten una tendencia congénita a la obesidad, y si la alimentación y la exposición a determinadas sustancias tóxicas pueden modificar y mitigar alguno de estos factores. Ese trabajo ha proporcionado a las compañías farmacéuticas una serie de objetivos potenciales para el desarrollo de medicamentos. Pero, desgraciadamente, no ha resuelto la epidemia.


Quizás algún día se invente una píldora que reajuste nuestro metabolismo para que queme más calorías o modifique nuestras preferencias alimentarias y elijamos así el brócoli antes que las hamburguesas. Pero hasta entonces, puede que el mejor enfoque consista en métodos fiables desarrollados por la psicología conductista hace 50 años y que han demostrado su eficacia en centenares de estudios. Estas técnicas, que han sido perfeccionadas gracias a nuevas investigaciones, suscitan una atención cada vez mayor. En su plan estratégico, los NIH remarcan que "las investigaciones están arrojando nuevas e importantes ideas acerca de los factores sociales y conductuales que influyen en la dieta, la actividad física y el sedentarismo".

EPIDEMIA DE OBESIDAD



Una afección creciente. El aumento del sobrepeso y de la obesidaden EEUU. , medido a partir del índice de masa corporal, hace presagiar un incremento de los accidentes cerebrovasculares, enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, ciertos tipos de cáncer y otros problemas de salud crónicos a lo largo del siglo XXI.



Alrededor del 34% de los estadounidenses adultos son obesos. Treinta y tres estados presentan un 25% de obesos.


El índice de masa corporal, o IMC (cociente entre el peso y la altura al cuadrado), fue desarrollado en el siglo XIX por el matemático y precursor de la sociología Adolphe Quetelet. Aunque el IMC no mide la grasa corporal, una cifra superior a 30 indica obesidad (excepto en los atletas muy musculosos).





EL ORIGEN DEL PROBLEMA


La desesperación de la persona obesa o con sobrepeso se refleja en la inmensa información que se genera diariamente a través de diversos medios, como revistas científicas, libros de éxito, periódicos y bitácoras. Nuestro afán por cualquier cambio o truco en la dieta que elimine con rapidez y para bien los kilos de más parece tan insaciable como el apetito que nos hace engordar. Nos gusta creer en remedios milagrosos, lo que lleva a los medios de comunicación a publicar en cada nuevo titular los últimos descubrimientos, como si estos ofrecieran la solución definitiva.



No ayuda el hecho de que los hallazgos informados en esos titulares parezcan a veces contradictorios. En el American Journal of Clinical Nutrition del pasado septiembre se demostró en un estudio la relación entre el incremento del consumo de leche y la pérdida de peso, aunque un metanálisis publicado en mayo de 2008 en Nutrition Reviews no descubrió tal concordancia. En un artículo del Journal of Occupational and Environmental Medicine de enero de 2010 se proponía una asociación entre el estrés laboral y la obesidad, pero en octubre, un informe publicado en la revista Obesity concluía que esta relación no existía. Parte del problema estriba en que los investigadores de la obesidad son, en sentido metafórico, como los ciegos del cuento, que palpan a tientas diferentes partes de un elefante. Las conclusiones de sus estudios individuales abarcan tan solo pequeñas piezas de un complejo rompecabezas.

Cuando se observa el conjunto de los datos, resulta evidente que la solución de la obesidad no radica tan solo en comer este o aquel alimento, o llevar a cabo una u otra acción. Numerosos factores contribuyen a la enfermedad. Por una parte, el entorno: los hábitos alimentarios de los amigos, los alimentos disponibles en el hogar y en los comercios locales, y la posibilidad de desplazarse durante el trabajo. Existe asimismo una predisposición genética a almacenar grasa, a presentar un umbral elevado de saciedad e incluso a poseer un mayor número de papilas gustatitvas. Y no hay que olvidar los factores económicos: la comida basura es mucho más barata que los productos frescos. Ni tampoco el marketing: las compañías de alimentación han logrado influir en la naturaleza social humana y en nuestra "programación" evolutiva para guiarnos hacia metas no saludables pero rentables. Ello explica que las escuetas medidas del tipo "Coma esto", igual que la mayoría de las soluciones simples, no funcionen.


Cuando seguimos una dieta o un programa de ejercicios para adelgazar, confiamos en nuestra fuerza de voluntad para vencer la tentación de comer más de lo que necesitamos. La recompensa de lograr un cuerpo más delgado y sano nos ayuda a mantener nuestro propósito. Es gratificante perder peso, por supuesto, pero el tiempo juega en contra nuestra. A medida que adelgazamos, nuestro apetito va creciendo, nos volvemos más ansiosos y nos cuesta más hacer ejercicio. Mientras tanto, la pérdida de peso se enlentece, al tiempo que nuestro metabolismo intenta compensar esta privación gastando menos calorías. El sacrificio por mantener nuestro régimen se hace cada vez más difícil y la esperanza de una recompensa se desvanece. "Al cabo de unos meses, el distanciamiento entre la compensación de comer y la eventual gratificación de perder peso plantea una enorme amenaza", afirma Sung Woo Kahng, neuróloga de la conducta que investiga la obesidad en la facultad de medicina de la Universidad Johns Hopkins y en el Instituto Kennedy Krieger.


Probablemente seguiríamos con el régimen si este conllevara un menor sacrificio y una mayor recompensa. ¿Existe alguna manera de conseguirlo?


BIOLOGÍA DE LA OBESIDAD


Los Instintos Nacionales de Salud de EEUU. han gastado cerca de 800 millones de dólares en un año para investigar los fundamentos neurológicos, metabólicos y genéticos de la obesidad. Gracias a esos estudios se han descubierto vías bioquímicas y circuitos de retroalimentación complejos que conectan el cerebro con el aparato digestivo, aspectos nuevos de las funciones reguladoras de los tejidos grasos, cambios hereditarios sutiles que hacen que unas personas sean más propensas que otras a la obesidad y la posibilidad, muy verosímil, de que la exposición a determinados alimentos y sustancias tóxicas modifique y mitigue alguno de estos factores. Dado que llevará decenios comprender las causas diversas de la obesidad, sin duda nos esperan descubrimientos sorprendentes.



En el cerebro, se sabe desde hace tiempo que el hipotálamo y el tronco encefálico ayudan a regular las sensaciones de hambre y saciedad. Durante los últimos años, se ha comprobado que los centros del placer y recompensa del sistema límbico y las funciones de evaluación de la corteza prefrontal se hallan también muy implicados. De hecho, la sobrealimentación crónica presenta similitudes bioquímicas con la drogadicción.

En el metabolismo, la capacidad de quemar y almacenar energía varía mucho de una célula a otra. En 2009, tres estudios publicados en el New England Journal of Medicine demostraron que algunas personas continúan presentando en la edad adulta pequeños depósitos de grasa parda que, a diferencia de la grasa blanca, se asocia a la delgadez. La grasa parda ayuda a producir calor y, aparentemente, está más relacionada con el músculo que con la grasa blanca, cuya finalidad principal es almacenar el exceso de energía.


A nivel genético, se ha confirmado variaciones en 20 genes únicos que predisponen a ganar peso. Sin embargo, una investigación posterior ha demostrado que ejercen un efecto reducido y no pueden explicar la actual epidemia de obesidad. Por otra parte, los genes todavía pueden desempeñar una función importante según si son activados o no por el entorno. Hasta ahora, la mayor parte de esos interruptores genéticos de la obesidad se han identificado en ratones, aunque se sabe de algunos que podrían funcionar en seres humanos.


DE LA BIOLOGÍA AL CEREBRO



Hasta el momento, el modo más eficaz de perder peso, aunque sea poco, y de evitar recuperarlo consiste en asociar la dieta y el ejercicio físico a la modificación de la conducta. El enfoque conductista, verificado durante decenios, se basa en realizar cambios pequeños y constantes en los hábitos de alimentación y de ejercicio físico que son fomentados por las personas que nos rodean y el resto de nuestro entorno.



Las investigaciones sobre la modificación de la conducta para adelgazar ocuparon más de medio siglo al psicólogo de la Universidad de Harvard B. F. Skinner, quién desarrolló la ciencia del análisis de la conducta. Ese campo se basa en la idea de que no se puede conocer lo que sucede en el cerebro humano. (La resonancia magnética funcional, técnica que permite observar las interconexiones mentales, apenas logra representaciones burdas y de interpretación muy variable sobre la cognición y la emoción). Sí se puede en cambio observar y medir de forma objetiva y repetible la conducta física y el entorno inmediato donde esta se produce, lo que permite identificar las conexiones entre el ambiente y el comportamiento. Se pueden detectar así los sucesos o situaciones que desencadenan determinados comportamientos y diferenciar si son gratificantes, con lo que reforzarán ciertas conductas, o de castigo, con lo que inhibirán otras.



La eficacia de las intervenciones sobre el comportamiento está ampliamente documentada con una gran variedad de alteraciones y trastornos conductuales. En 2009, un metanálisis publicado en el Journal of Clinical Child an Adolescent Psychology recomendaba "una intervención temprana e intensiva sobre la conducta en niños autistas". Una revisión sistemática financiada por el Grupo de Trabajo de Servicios Preventivos de EEUU. descubrió que incluso las pequeñas intervenciones de asesoramiento para alcohólicos reducían entre un 13 y un 24 por ciento el número de tomas durante cuatro años. Varios estudios de revisión han descrito un éxito similar de esos métodos en campos tan diversos como la disminución del tartamudeo, el aumento del rendimiento deportivo y la mejora de la productividad laboral.



Para luchar contra la obesidad, los analistas de la conducta examinan los factores del entorno relacionados con la enfermedad: ¿Qué factores externos inducen a comer en exceso o consumir comida basura y cuáles llevan a una alimentación sana?¿En qué situaciones las conductas y los comentarios de los demás influyen en una mala alimentación?¿Qué aspectos gratificantes conlleva una nutrición adecuada a largo plazo?¿Qué recompensas puede aportar el ejercicio físico? Ya en la década de los sesenta, las investigaciones sobre la obesidad y las dietas centradas en la conducta reconocieron algunas actitudes básicas que parecían favorecer la pérdida y mantenimiento del peso: medir y anotar escrupulosamente las calorías, hacer ejercicio y pesarse; conseguir cambios modestos y graduales, en vez de grandes cambios; seguir una dieta equilibrada con algo de grasa y azúcar, en lugar de eliminar los principales alimentos; marcarse objetivos claros y modestos; centrarse en hábitos de vida a largo plazo, en vez de regímenes rápido, y, sobre todo, acudir a grupos en que las personas reciban ánimos y refuerzos para mantener la dieta.



El que hoy en día esas estrategias suenen a consejos de sentido común se debe a la popularización, desde hace casi medio siglo, de la Dieta de los Puntos, de la sociedad Vigilantes del Peso (Weight Watchers). Fundada en 1963 para crear grupos de apoyo para personas sometidas a régimen, introdujo otras formas de asesoramiento descritas en estudios sobre la conducta. "Independientemente de cómo se pierda peso, el secreto reside siempre en el cambio de hábitos", ha declarado Karen Millar-Kovach, investigadora en nutrición y directora científica de la compañía. Es una destreza que se puede aprender.



Varias investigaciones respaldan el enfoque conductista para adelgazar. En 2003, una revisión llevada a cabo por el Departamento de Salud y Servicios Humanos de EEUU. concluyó que el asesoramiento y las intervenciones sobre la conducta contribuían a una pérdida de peso entre pequeña y moderada que se mantenía al menos durante un año -un período de tiempo notable en este contexto-. Un análisis de los ocho programas de adelgazamiento más populares, publicado en 2005 en la revista Annals of Internal Medicine, demostró que la Dieta de los Puntos (en ese momento en su versión previa a la revisión de 2010) era el único método eficaz que conseguía mantener una pérdida de peso del 3 por ciento durante los dos años de seguimiento. Mientras, un estudio publicado en JAMA en 2005 reveló que, entre varias dietas muy populares, la de los Puntos y la de la Zona (que, al igual que aquella, recomienda una ingesta equilibrida de proteínas, hidratos de carbono y grasas), conseguían el cumplimiento más alto (un 65% ) durante un año; asimismo, demostró que el nivel de cumplimiento, y no el tio de dieta, constituía la clave del éxito clínico. Un artículo del Journal of Pediatrics describió en 2010 que, al cabo de un año, los niños que recibían una terapia conductual conseguían un índice de masa corporal entre un 1,9 y un 3,3 inferior al de los que no la recibían. (El índice de masa corporal es el cociente entre el peso y la altura al cuadrado. Un valor igual o menor que 18,5 indica un peso inferior al normal; un valor igual o superior a 25, sobrepeso). El artículo señalaba que había pruebas, si bien menos concluyentes, de que las mejoras se mantenían hasta doce meses después de finalizar el tratamiento. Otro artículo publicado en 2010 en la revista Obesity demostró que los miembros de Adelgazar con sensatez (TOPS, de Take Off Pounds Sensibly), una organización estadounidense sin ánimo de lucro que se centra en métodos conductistas para adelgazar, consiguieron entre un 5 y un 7 por ciento de pérdida de peso durante los tres años de la investigación. El Consejo de Investigación Médica del Reino Unido hizo público el pasado año un estudio a largo plazo que revelaba la mayor eficacia de los programas de adelgazamiento basados en principios conductistas, en comparación con otros tratamientos. (El estudio fue financiado por Weight Watchers, pero sin su participación).



No obstante, la Dieta de Puntos y otros programas del mercado de masas tienden a quedarse cortos en el número de técnicas conductuales que incluyen y su adapatación a las necesidades individuales. No pueden proporcionar consejos personalizados, adaptar el asesoramiento a problemas concretos o evaluar los factores ambientales de la vivienda, el lugar de trabajo o la comunidad. Tampoco pueden brindar ayuda a los miembros que no acuden a las reuniones o que adelgazan de forma drástica y poco duradera o limitan la ingesta de ciertos grupos de alimentos. Incluso Weight Watchers, como empresa que busca beneficios, introduce a veces esas ideas contraproducentes en su publicidad. "Algunos acuden a nosotros para perder cinco kilos porque han de asistir a una fiesta de antiguos compañeros de instituto", afirma Miller-Kovach, de Weight Watchers. "Consiguen su objetivo y dejan de venir".


Para resolver esas deficiencias, en los últimos años varios investigadores se han esforzado en mejorar, extender y adaptar las técnicas conductistas con resultados esperanzadores. Michael Cameron, jefe del departamento de análisis del comportamiento del Simmons College y miembro de la facultad de medicina de Harvard, centra sus investigaciones en las técnicas conductistas para perder peso. Desde hace un año realiza un estudio en cuatro personas (los análisis de la conducta suelen llevar a cabo estudios en grupos muy reducidos, o incluso en una sola persona, con el fin de adaptar mejor la intervención y observar los efectos individuales), que se reúnen con él a través de videoconferencia para recibir apoyo, utilizan balanzas que transmiten datos por vía inalámbrica y siguen dietas menos calóricas, pero adaptadas a sus gustos alimentarios. Los alimentos preferidos se utilizan para recompensar el esfuerzo del ejercicio físico. Hasta ahora los participantes han perdido entre un 8 y un 20 por ciento de su peso corporal.



Matt Normand, analista del comportamiento de la Universidad del Pacífico de EEUU. ha intentado hallar una manera más precisa de controlar la ingesta y el gasto calórico de las personas. Ha propuesto la recogida de los recibos de las compras de alimentos, la distribución de listas de control donde anotar los alimentos ingeridos y el suministro de podómetros y otros dispositivos para medir la actividad física; con esos datos, proporciona a los participantes un registro diario detallado del balance calórico. En un trabajo ha demostrado que tres de los cuatro participantes redujeron la ingesta de calorías a los niveles recomendados. Richard Fleming, del Centro Shriver de la facultad de medicina de la Universidad de Massachusetts, ha examinado en Obesity varias formas en que los padres pueden orientar a sus hijos para que escojan las opciones más saludables. Entre otras medidas, ha descubierto que resulta útil enseñar a los padres el espacio que ocupan en los platos las raciones apropiadas de comida. Otro truco exitoso de Fleming: dejar que los niños elijan un pequeño premio en un tienda de alimentos siempre y cuando caminen hasta allí.



¿Por qué son eficaces las intervenciones sobre el comportamiento? Laurette Dubé, experta en psicología del estilo de vida y en publicidad, de la Universidad McGill, señala que, en nuestro entorno, las complejas estrategias publicitarias que se hallan por doquier sacan provecho de nuestra necesidad de satisfacer los sentidos y de nuestra vulnerabilidad ante la desinformación. Además, los malos hábitos de alimentación y de actividad física que observamos en nuestros amigos, familiares y colegas nos inclinan a seguir su ejemplo. En esencia, las actuaciones sobre la conducta buscan reconfigurar este entorno y crear uno nuevo donde nuestras necesidades de información, gratificación y estímulo social nos lleven a elegir una comida sana y realizar ejercicio. "Cuando recibimos mensajes adecuados por distintas vías, podemos controlar mejor la propensión a comer en exceso", declara Dubé.


CAMBIO DE POLÍTICA



No existe una solución universal, sea conductual o de otro tipo, frente a la obesidad. Aunque las intervenciones sobre la conducta funcionan mejor cuando se adaptan a cada individuo, los métodos conductistas a gran escala, como la Dieta de los Puntos o TOPS, demuestran cierta eficacia. ¿Por qué no adelgaza más gente con ellos? La razón principal estriba, simplemente, en que las personas no se inscriben en ellos; a veces, porque adoptan las dietas o los suplementos de moda, o porque han leído que la obesidad está inscrita en nuestros genes. La Dieta de los Puntos, como mucho el más popular de los programas, cuenta con 600.000 participantes en sus reuniones de Norteamérica. Es decir, menos de un uno por ciento de los obesos estadounidenses y casi una de cada doscientas personas con sobrepeso forman parte de un programa reglado de modificación de la conducta.


Sin embargo, las políticas públicas podrían estar cambiando. La Oficina del Cirujano General de EEUU. y los CDC han apoyado el enfoque conductista como instrumento principal para combatir la obesidad. La campaña contra la obesidad infantil "¡Muévete!", de la Primera Dama Michelle Obama, se basa casi por completo en esa estrategia: busca la manera de animar a los niños a que consuman alimentos bajos en calorías, realicen más actividad física y disfruten con ello. La reciente prohibición en San Francisco de incluir juguetes en el menú infantil Happy Meals hace pensar que existe una mayor presión pública para que la industria alimentaria modere las estrategias publicitarias que en última instancia favorecen la obesidad. Para promover la compra de comida sana en comunidades pobres con mucho sobrepeso, la Casa Blanca ha propuesto sufragar los costes de la fruta y la verdura. El alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, ha abordado el problema desde otro ángulo: ha propuesto modificar los programas de ayuda alimentaria con el fin de reducir la compra de bebidas azucaradas. Y el año pasado, Washington D.C. aprobó un impuesto del 6% en esas bebidas. Asimismo, la ciudad de Nueva York ha ofrecido a las familias con bajos ingresos vales para comprar productos en los mercados de agricultores y ha dado incentivos a los comercios que venden comida saludable.


Algunos expertos están intentando que el gobierno vuelva a redactar la reglamentación urbana y de edificación para que los barrios y los edificios seam más aptos para pasear, ir en bicicleta y subir escaleras. Un estudio realizado en 2009 por investigadores de la facultad de medicina de la Universidad estatal de Lousiana reveló que aumentar el uso de las escaleras apenas un 2,8% hace perder casi medio kilo al año a una persona. "La correlación entre la actividad física y un peso corporal adecuado es una de las mejor demostradas en los estudios sobre obesidad", declara William M. Hartman, psicólogo y director del Programa de control del peso del Centro Médico del Pacífico de California, en San Francisco.




Ayudaría también un mayor acceso a las terapias conductuales. Muchas personas con sobrepeso necesitan tan solo una supervisión conductual en línea, apoyo y herramientas para informar el progreso realizado, todo lo cual ha desmostrado una moderada eficacia en diversos estudios. Otras personas precisan intervenciones más intensas y personales, como las desarrolladas por Cameron. Dado que la obesidad afecta sobre todo a los más desfavorecidos económicamente, estos programas deberían ser sufragados por el gobierno y las compañías de seguros sanitarios. Si se considera que una sesión semanal con un terapeuta conductista cuesta unos 50 dólares, la financiación ascendería a unos 2500 dólares al año, lo que representa poco más de la tercera parte de los 7000 dólares anuales de los gastos sociales y médicos que genera la obesidad. Además , puede que las sesiones se necesiten solo durante uno o dos años, tiempo que bastaría para establecer unos hábitos sanos de alimentación y ejercicio físico, mientra que el ahorro continuará toda la vida.


Todavía es pronto para saber si la población aceptará los esfuerzos del gobierno para que adopte un estilo de vida sano. En San Francisco, una comunidad especialmente receptiva a las iniciativas de salud pública, el proyecto que prohibió los Happy Meals ha provocado airadas protestas y el alcalde Gavin Newson lo ha vetado. La iniciativa "¡Muévete!" para llevar comida sana a las cafeterías escolares ha sido fuertemente criticada por algunos, por considerarla una intromisión excesiva. Incluso si esos esfuerzos se aplicaran en todo el país, no es posible asegurar que la obesidad se redujera de forma significativa. Nunca se había alcanzado en el planeta una tasa de obesidad como la actual, por lo que una solución a gran escala significaría un experimento sobre el cambio de conducta de masas. No obstante, los datos sugieren que tal experimento nos ofrecería la mejor oportunidad para resolver el problema, razón por la cual se albergan esperanzas sobre su éxito. Debido a que cada vez más científicos, expertos en políticas públicas y funcionarios muestran afán por erradicar la obesidad, puede que se obtengan los primeros resultados en el presente decenio.


CUATRO PASOS PARA PERDER PESO


Los estudios sobre la obesidad y las dietas que se basan en la conducta han identificado algunas condiciones básicas que parecen aumentar la probabilidad de perder peso y mantenerlo, entre ellos marcarse objetivos claros y modesto, y centrarse en los hábitos de vida. La mayoría de esos cambios conductuales se incluyen en cuatro categorías:
  1. Asesoramiento inicial: La investigación subraya la necesidad de determinar las medidas básicas. ¿Cuál es el peso adecuado?¿Qué rituales y rutinas contribuyen al exceso de alimentación (comer en situaciones de estrés) o la inactividad física (expectativas poco realistas)? Un médico, una enfermera o un nutricionista pueden ayudar en este asesoramento.
  2. Cambios de comportamiento: A muchas personas les resulta más fácil empezar por pequeños cambios, como subir por las escaleras en vez de coger el ascensor. Diferentes estudios han demostrado que ver el bufet completo antes de servirse ayuda a ponerse en el plato menos comida.
  3. Autocontro: Registrar el peso, contar las calorías consumidas y las distancias recorridas proporcionan una información objetiva sobre la mejora de los hábitos. Los estudios sobre la conducta han hallado igualmente eficaces los registros en papel y los sistemas de control.
  4. Grupos de ayuda: Las investigaciones sbrayan los efectos benéficos del apoyo de otras personas. Un grupo para hacer ejercicio, un grupo clásico de apoyo o incluso un grupo virtual permiten a sus integrantes compartir los éxitos, lamentar reveses y planificar soluciones.

UNA JUNGLA URBANA MÁS SALUDABLE


La ciudad de Nueva York aplica medidas políticas y económicas para mejorar su entorno alimentario. Numerosas investigaciones buscan en el interior de nuestras células la solución a la obesidad. Sin embargo, las claves de esta epidemia no residen en el mundo microscópico de la genética y la fisiología, sino en el macroscópico de la sociología y la economía. En Nueva York, donde residen millones de personas con sobrepeso o camino de tenerlo, se están desarrollando varios programas con el propósito de crear un entorno alimentario más sano.


La comida se halla por doquier, es barata, calórica y se nos sirve en porciones de un tamaño por encima de nuestras necesidades. Resulta difícil imaginar un edificio sin una máquina expendedora de refrescos o una esquina sin un establecimiento de comida rápida. En las tiendas del sur del Bronx, los artículos más destacados son botellas de refrescos de tres litros y enormes bolsas de papas.


La ciudad está intentando cambiar el entorno alimentario promoviendo el consumo de una serie de productos más sanos en porciones de menor tamaño. A los participantes en el Programa de Asistencia de Nutrición de Suplementaria (SNAP), se les ofrecen vales de dos dólares para utilizar en los mercados de agricultores, como un estímulo para comprar frutas y verduras frescas con pocas calorías. Se anima a los comerciantes a que adquieran alimentos menos calóricos, y se han introducido incentivos urbanísticos y económicos para que se abran supermercados en barrios donde solo había pequeñas tiendas de comestibles. Se ha mejorado la calidad de los productos vendidos en las cafeterías escolares, con la eliminación de las bebidas ricas en calorías de las máquinas expendedoras. Se han establecido estándares nutricionales para los alimentos que se venden o distribuyen en las agencias municipales, que reparten un total de 225 millones de comidas al año.


En 2008, la ciudad comenzó a pedir a las cadenas de restaurantes que indicaran el número de calorías en las cartas y menús. El efecto ha sido modesto: alrededor de un 25% de los comensales utiliza el valor calórico para decidir lo que va a consumir, lo que le supone reducir unas 100 calorías por comida. El mejor resultado de esta medida ha sido que los restaurantes, avergonzados por presentar un sándwich con más de 1000 calorías, disminuyen el tamaño de sus raciones.


Cualquier esfuerzo dirigido a crear un entorno alimentario más sano no debe olvidar las bebidas azucaradas, responsables de entre un tercio y la mitad de las 300 calorías en que se ha incrementado la dieta diaria de los estadounidenses en los últimos 30 años. Esas bebidas se han relacionado con la obesidad o la ganancia de peso, según se ha demostrado en estudios observacionales y ensayos clínicos aleatorios. La ciudad de Nueva York ha apoyado una legislación estatal que introduciría un impuesto especial en las bebidas azucaradas para compensar los incentivos en las reacciones grandes.


Los modelos económicos sugieren que un aumento de un 10% en el precio reduciría la venta de estas bebidas en un 8%.

El pasado otoño la ciudad presentó un proyecto demostrativo sobre las repercusiones de eliminar el subsidio de los productos azucarados en el programa SNAP. La medida resolvería una contradicción básica dentro de las políticas públicas. Cuando se plantea a los neoyorkinos que las bebidas azucaradas producen obesidad y diabetes, ¿cómo se justifica la distribución de vales para adquirir gratis esos productos, especialmente cuando forman parte de un programa de nutrición? Además, esa propuesta podría modificar los hábitos del mercado. Si las tiendas de comestibles dejan de vender refrescos hipercalóricos de tres litros, quizá favorezcan la venta de otros productos más saludables aceptados por el programa.


Las encuestas demuestran que los adultos han reducido el consumo de bebidas azucaradas desde 2007. Se hizo también un seguimiento de peso y la altura de los encuestados, y se supervisó estrechamente la salud y el índice de masa corporal de los 1.200.000 estudiantes de las escuelas públicas de la ciudad. Todavía es pronto para saber si los cambios logrados han ejercido un efecto sobre los porcentajes de obesidad. Llevamos más de 30 años con esta epidemia e invertirla costará tiempo, pero se cree haber hallado el camino correcto. A menos que nuestra visión de futuro contemple que la mayoría de los estadounidenses tomen una pastilla diaria contra la obesidad, deberemos modificar nuestro entorno, no nuestra fisiología. (THOMAS FARLEY es el Comisionado de Salud de la ciudad de Nueva York)



Bibliografía:
  • About behaviorism. B.F. Skinner,1974.
  • You on a diet: the owner´s manual for waist management. Michael F. Raizen y Mehmet C. Oz. Free Press, 2006.
  • Determining the Effectiveness of Take off Pounds Sensibly (TOPS), a nationally available nonprofit weight loss program. Nia S. Mitchell in Obesity. Publicado en línea el 23 de septiembre de 2010. www.nature.com/oby/journal/vaop/ncurrent/full/oby2010202a.html.
  • Portal sobre las investigaciones de los NIH (National Institutes of Health): obesityresearch.nih.gov.

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