jueves, 25 de agosto de 2011

¿QUÉ COMEMOS REALMENTE?



Imaginemos lo siguiente, un buen día descubrimos que nuestro vecino tiene a su perro encerrado en una jaula de apenas unos centímetros, en una habitación con  la luz siempre encendida. El animal apenas se puede mover, hace sus excrementos en el mismo sitio en el que come y vive en una situación de estrés continuo. ¿Nos parecería un acto de crueldad intolerable?.



Jonathan Safran Foer, es un joven escritor norteamericano y nos cuenta que existen aproximadamente 50.000 millones de animales en granjas que viven en condiciones infrahumanas.

En EEUU, el 99% de la carne que comemos procede de grandes explotaciones ganaderas, en las que, como regla general, se trata a los cerdos, las vacas y las gallinas de maneras que no toleramos con otros animales como perros y gatos.Viven hacinados, privados de sus instintos. Se les suministran antibióticos, que pasan a la carne y finalmente, en la cadena alimenticia, pasa a nuestros estómagos. Además, estas granjas de explotación intensiva animal son uno de los factores causantes del calentamiento global. Producen más emisiones de gases de efecto invernadero que todo el resto de explotaciones juntas. Contaminan el agua, el aire; son una amenaza para la biodiversidad, capaces de originar la gripe aviar o la gripe porcina.



Pero aún hay más, eso no es lo peor, lo más escandaloso es que todo esto se hace con conciencia de que se está haciendo de forma negligente y perjudicial para la salud. No es, un hecho aislado, ni una acción accidental. Se trata del funcionamiento de todo un sistema de explotación ganadera global que no funciona, que no da garantías de salubridad, que no protege los derechos de los animales y que nos está conduciendo a consecuencias secundarias indeseables. En Alemania, el 96% de la carne consumida proviene de este tipo de industrias alimentarias. Y en España, el 92%. Es lo que escogemos comer, por lo visto, es lo que queremos, por lo que pagamos dinero. Además, ahora, estamos exportando ese sistema defectuoso de producción de carne a países como China o India.



Para evitar su expansión deberíamos revisar y replantearnos cuáles son nuestras prioridades. Cada vez que tenemos un menú delante, o que vamos al mercado, tenemos la oportunidad de hacer una elección que sea coherente con nuestra forma de pensar.



El mayor productor de carne de cerdo en el mundo es Smithfield; en España, en 2008, Campofrío se fusionó con el Groupe Smithfield y crearon Campofrío Food Group. Sólo en EEUU. acumuló en un año, 7.000 denuncias por infracción de la ley de limpieza de las aguas. Esto nos hace ver que es un modelo de negocio, que actúa de esa manera porque está planeado que sea así. Y eso es lo que pasa con la mayoría de grandes empresas, que actúan de forma destructiva hasta que se las para. El gobierno no lo va hacer. Nadie les va a decir que dejen de hacer lo que hacen.



Los ciudadanos podemos y debemos exigir que se detengan y que proporcionen unas garantías. Eso sí, la solución no pasa por gastarnos un millón de dólares, ni emprender una guerra, ni irnos a vivir a otro país, ni cambiar de gobierno, ni tan siquiera por encontrar nuevos valores. Es mucho más sencillo que todo lo dicho. Lo único que deberíamos hacer es pensar sobre nuestros propios valores y decir basta. Pero esto no significa que digamos basta cada vez. Ni que vayamos a levantarnos mañana como si fuéramos una persona nueva y que nos arrepintamos de toda la comida que hemos ingerido en nuestras vidas. Significa que cada vez que tengamos que ir a realizar la compra o comer fuera de nuestros hogares, tenemos la oportunidad de ejercer nuestra propia elección.



Evidentemente, estas macroempresas juegan con que no todos los ciudadanos tienen suficientes ingresos que les permitan hacer su elección, pero los ciudadanos que comemos carne, podemos hacerlo comiendo menos cantidad. Y, si comemos carne, que sea de mejor calidad. Deberíamos comprar esa carne a un productor local que conozcamos, o a una cooperativa, o a una parada del mercado de confianza, que sepamos la procedencia de esa carne y nos dé unas garantías de calidad sobre el animal que acabará en nuestros platos. A ser posible, deberíamos evitar comprar esa carne en las grandes superficies o macrosupermercados. Y tampoco deberíamos pedirla en los restaurantes, a menos que sepamos que los dueños se preocupan  por la procedencia de los alimentos. Y, sobre todo, no deberíamos convertir esto en una religión ni en una regla estricta.



No consiste en dejar de comer carne y hacernos vegetarianos de la noche a la mañana, no es eso. Los consumidores podemos escoger y elegir siempre. Por ejemplo, pensemos en el medio ambiente. ¿Estamos comprometidos con el medio ambiente?



No se trata de elecciones radicales, se trata de encontrar soluciones, un punto intermedio, y de intentar animar a nuestras amistades y familiares, para que el boca a boca haga su efecto, animando a más gente cada día para llegar a ese punto intermedio. Esto no es otra cosa que realizar un consumo responsable. 



Actualmente, el consumo responsable, tal y como se trata a los animales que llevamos al plato diariamente, lo responsable sería no comer carne, por el maltrato, por la contaminación que producen en nuestro medio de vida, que es la Tierra y porque comer sólo carne no es lo mejor para la salud. Dejando de lado las protestas y denuncias realizadas por Greenpeace o PETA, la agricultura animal transgrede la línea de la decencia humana. Somos 7.000 millones de personas en el mundo. Si fuéramos tan sólo 2.000, seguramente otro sistema sería posible. Pero somos más del triple. Y comemos carne casi en cada comida. Así, lo más responsable es no comer carne. Aunque siendo realistas, eso no va a pasar nunca, al menos, a corto o medio plazo de nuestras vidas, pensando desde el ahora.



Podemos enfadarnos o entristecernos por un sistema de producción que no funciona y que nos está destruyendo los recursos básicos del planeta, pero lo más sensato es dar pequeños pasos hacia un mundo mejor.



Creo que no deberíamos dejarnos llevar por la hipocresia, y sí por el aspecto positivo de tomar medidas respecto a lo que comemos. Es una cuestión de estar concienciados. En los campus de EEUU., el 18% de los estudiantes son vegetarianos. Es posible que en un futuro lejano el hecho de comer carne ya no se plantee de esta forma, pero en estos momentos la cosa es bien distinta. Hace unos años, había muchos fumadores y hoy en día se está cambiando el paradigma del fumador, puede que una o dos décadas tengamos esa misma conversión sobre comer o no comer carne, que haya una mayoría que sea vegetariana.



Desde nuestros ancestros, el ser humano ha comido carne. De hecho somos omnívoros y nuestros instintos animales nos empujan a devorar un filete de carne. Pero, si pensamos, podemos preguntarnos ¿es eso realmente lo que queremos?¿cuánto lo queremos?. Esa capacidad de razonar nuestros impulsos, nuestros instintos, es lo que nos distingue de los animales. La mayoría de los seres humanos tenemos instinto sexual. Vamos por la calle y seguramente vamos viendo a gente que nos resulta sexualmente atractiva, pero no nos lanzamos encima de ellos/as porque forma parte del contrato social; pues con la comida debería pasar lo mismo.



Existe una paradoja, si una persona tuviera sexo con un animal, la sociedad lo vería mal. Esa persona podría ir incluso a prisión. Pero una persona que tiene hambre, puede meter a un animal en una jaula pequeña y torturarlo. Y eso no es delito. Es totalmente normal, aceptado, bien visto. Si un artista dijera que le encanta la imagen de un animal torturado e intentara hacer una performance en una galería en la que torturara al animal, diríamos que está loco, lo meteríamos en la cárcel por agresión al animal. En cambio, si una persona tortura y mata un animal y alega que le encanta el sabor que tiene, eso está bien visto. Así que, por lo que parece, el gusto es una razón poderosa para justificar la tortura. ¿Quizá es más importante el gusto que la vista? A juzgar por nuestras acciones, parece ser que sí. Nos da igual arrojar basura al océano, contaminar el aire, ponernos enfermos, destruir Sudamérica, África...., pero, ¿para qué? Porque no lo hacemos por saborear la mejor comida de nuestras vidas, sino por una megaempresa de comida rápida.



La ciencia nos indica que la carne fue esencial en el desarrollo del cerebro de nuestros ancestros. Somos Homo sapiens porque empezamos a comer carne. Necesitamos la carne para convertirnos en las personas que somos hoy en día. Pero en la actualidad no seguimos comiendo carne por cuestiones de salud. La gente no come carne y va diciendo que la especie  humana debe seguir evolucionando, se come carne, simplemente, porque sabe bien.



También nos pueden decir que el ser humano necesita proteínas, pero en EEUU, la Asociación Americana de Dietistas, que es quien asesora en temas de nutrición al gobierno, y que es independiente políticamente y no está vinculada a ninguna empresa o corporación, afirma que los vegetarianos tienen una ingesta de proteínas más óptima que los carnívoros.



Deberíamos pedirles a nuestros gobiernos que nos protejan mejor. El sector está completamente dinamitado por este tipo de empresas. La carne del megasupermercado de la esquina es más barata, pero la realidad es que todos estamos pagando más por culpa de estas granjas de explotación masiva. Aunque no nos demos cuenta, cuando pasamos por caja, el coste real de producir carne es muy elevado. Esa carne nos parece más barata porque las grandes empresas, en general, externalizan toda la parte medioambiental, externalizando el coste humano. Un bufete americano intentó calcular el coste real de una hamburguesa de un establecimiento de comida rápida. ¿Cuánto vale en España? Entre uno y cuatro euros. Pues bien, ellos calcularon, sin contar la salud humana ni los animales, sólo teniendo en cuenta el medio ambiente, que cada hamburguesa en realidad valía alrededor de 200 dólares, aunque nos cueste sólo dos. 



El resto lo pagamos en impuestos que van al sistema de seguridad social, a políticas destinadas a limpiar el medio ambiente, a paliar los efectos de la contaminación, etc... Si viviéramos en un mundo en el que pagáramos un poco más por tener carne de buena calidad, no tendríamos tantos impuestos y nuestra relación con el medio ambiente sería diferente. 



Además, damos por sentado algo y es que la gente tiene que comer tanta carne. Y no es así. Tenemos que empezar a pensar seriamente en comer menos y mejor carne. En lugar de comer pollo o ternera o cerdo sin sabor, de procedencia dudosa, podemos optar por comer buena carne dos veces por semana. La disfrutaríamos más, sin que por ello sobrepasásemos nuestro presupuesto. Comeríamos mucho mejor y más sano.




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