viernes, 30 de septiembre de 2011

CEREBRO Y MENTE



El cerebro sigue una serie de pautas a la hora de desarrollarse. Conocerlas puede ser la clave para aprovechar mejor nuestras capacidades.

Los humanos, como el resto de seres vivos, venimos orquestados (desde el momento de nacer, y aún antes) con ritmos procedentes de la Tierra. Esto se refleja de una manera evidente en el funcionamiento de nuestra mente. El cerebro no mantiene sus interacciones con el medio que le rodea de una manera lineal y constante durante todo el arco vital, sino que desde el momento de nacer, viene orquestado con ritmos, que pueden durar horas, días o hasta meses y años.



Todos sabemos, por ejemplo, que, acorde al día y la noche, a la luz y la oscuridad, cambia sus funciones, produciendo los estados de vigilia y de sueño. Cabe recordar, además, que estas funciones son consecuencia del enorme tráfico molecular que se da en la intimidad de las neuronas. En cuestión de horas aparecen o desaparecen millones de receptores para determinados neurotransmisores, cuyos códigos median estos cambios funcionales del cerebro y, en consecuencia, nuestra conducta.

RITMO CEREBRAL

Pero existen otros ritmos menos evidentes, menos conocidos. Tienen que ver con el desarrollo del cerebro, con cómo se construyen el ser humano tras el nacimiento, y dan lugar al juego más específico entre los genes que porta el individuo y el medio ambiente en el que vive. Estos ritmos son como ventanas, se abren sólo en un momento determinado, de forma que cierta información del entorno (sensorial, motor, familiar, social, emocional o de razonamiento) puede entrar por ellas y transformar al cerebro de la forma más óptima y efectiva. En esencia, podemos definir a la mente como un complejo edificio construido con millones de ventanas diferentes que se abren, durante un período determinado de tiempo, para cerrarse después, de un modo casi definitivo. Y es en ese período de tiempo en que están abiertas cuando el medio que nos rodea penetra por ellas y va construyendo de modo único, nunca repetido, lo que hemos venido en denominar individualidad.



Ahora empezamos a saber que estas ventanas plásticas o períodos críticos, en los que se conforman circuitos neuronales específicos, son absolutamente fundamentales para el correcto desarrollo de muchas funciones del cerebro como el habla, la visión, la emoción, las habilidades para la música o las matemáticas, el aprendizaje de una segunda lengua o, en general, los procesos cognitivos (es decir, los relacionados con el conocimiento y el razonamiento). Pero es que, además, estas ventanas plásticas se abren y se cierran no sólo a lo largo del período del desarrollo del ser humano, sino también durante la misma edad adulta, en la propia vejez e, incluso, durante la aparición de diversas patologías en los distintos períodos de la vida, que pueden afectar a muchas y diversas funciones del cerebro.

LAS PRIMERAS VENTANAS



El ejemplo de ventana plástica más claro y definitivo en el mundo biológico es el descrito por el famoso etólogo Konrad Lorenz en las aves y que se conoce como "imprinting". Los polluelos, tras salir del cascarón, siguen al primer objeto que se mueve delante de ellos, que es generalmente su madre. Esta tendencia dura sólo unas horas, pasadas las cuales se pierde. Es un momento crítico, extraño si se quiere, en el que el cerebro en desarrollo, dirigido por códigos específicos, adquiere parámetros ambientales que pueden afianzar la seguridad y la supervivencia.



En los niños recién nacidos ocurre otro tanto para muchas funciones; por ejemplo, para la visión. El período de los primeros meses tras el nacimiento es tan crítico que la deprivación de la capacidad de ver, aunque sea sólo durante una semana, puede tener marcados efectos negativos en la futura visión del niño. Hoy se sabe que, además, el desarrollo de los diferentes circuitos en la retina, el tálamo y otras muchas áreas de la corteza cerebral que codifican para diversos aspectos del mundo visual (como las percepciones de las formas, el color, el movimiento, la profundidad, etc...) se desarrollan con ventanas plásticas que se abren a tiempos diferentes.



En realidad, esta enorme plasticidad, estos cambios en la conformación sináptica cerebral, alcanzan a todos y cada uno de los sistemas sensoriales, desde la audición al tacto, el gusto y el olfato. También se dan en muchas y diferentes funciones del sistema emocional o en la adquisición y organización de los actos motores humanos, desde aquellos que nos mantienen de pie, con la postura erecta, a aquellos otros altamente complejos que permiten, tras un proceso cerebral muy complejo, escribir. Todo hay que aprenderlo en el mejor momento, en el más oportuno.



Pero es quizás la adquisición del habla por los niños la ventana plástica más claramente establecida y conocida. El habla no es un patrimonio con el que venimos al mundo. Se nace con la potencialidad de hablar, pero sólo el aprendizaje en un período de tiempo determinado logra convertir en hecho aquello que solamente está en potencia. Sabemos que un niño que no ha oído hablar nunca a sus semejantes antes de los siete u ocho años, nunca después podrá hacerlo o, desde luego, lo hará con enormes dificultades y limitaciones. La ventana plástica del lenguaje se cierra alrededor de esa edad. Y sabemos, además, que existen ventanas plásticas para la formación de los subsistemas o componentes del lenguaje. Por ejemplo, es diferente el proceso de adquisición de la semántica (significado de las palabras) que el de la sintaxis (construcción del lenguaje).



Es posible, también, que existan ventanas no sólo para los grandes sistemas o subsistemas, sino microventanas de duración de horas o días en la conformación molecular de esos microcircuitos para funciones determinadas.

VENTANAS PARA MADURAR

Otras ventanas plásticas de enorme relevancia para el ser humano son aquellas que se abren alrededor de la pubertad. Conocer los mecanismos por los cuales opera el cerebro emocional en esas edades tempranas, y saber cómo se codifica esa mezcla de componentes dados por la genética, el ambiente, la educación y la cultura, en el contexto de una invasión hormonal crítica que "abre" el cerebro y fija nuevos patrones de conducta individual, es absolutamente imprescindible para descubrir las raíces biológicas del comportamiento durante la adolescencia. Precisamente durante este período el cerebro sufre profundos cambios en su camino de construcción hacia el ser adulto; cambios que no son sólo de matiz o "modelado" de un cerebro ya hecho, sino que constituyen un auténtico "hacerse" adulto, en el que se produce la muerte de muchas neuronas y el aumento del grosor del árbol de conexiones de las que quedan vivas.

Precisamente, en relación con las ventanas plásticas de la adolescencia, existe un área del cerebro, la denominada corteza prefrontal, que sufre un retraso de maduración considerable; un retraso fisiológico, es decir, genéticamente programado. Este área alberga nodos, circuitos y distribuidores de información hacia otras áreas del cerebro con las que se elaboran los procesos mentales de todo aquello que consideramos más humano, desde la ética y la moral al razonamiento y la responsabilidad social, desde el control de las emociones a la planificación responsable del futuro de la propia vida privada o profesional del individuo. Esta parte del cerebro no termina de madurar hasta bien alcanzados los 25 ó 27 años de edad. De las ventanas que se abren y cierran en este largo período tan crucial para la construcción del hombre, quizás podamos sacar ventaja para alcanzar en el futuro una mejor y más madura sociedad humana.

UNA VISIÓN NUEVA

Lo extraordinario de todos estos nuevos conocimientos es que están llegando a la sociedad y crean una nueva expectativa en los padres y responsables sociales (maestros y profesores) acerca de cuáles pueden ser los mejores requisitos para una buena educación. ¿Cómo influyen los videojuegos en los niños y qué momento es el más óptimo para que los niños comiencen con ellos, y no antes? ¿Y qué momento es el mejor para que terminen con ellos, y no después?¿Cuál es el mejor período, el más receptivo, para enseñar a los niños inglés o una tercera lengua?¿Cuándo y qué se debe enseñar al niño desde que despierta su curiosidad acerca de la sexualidad?¿Cuáles son los períodos en que el adolescente es altamente receptivo a digerir temas relacionados con la violencia?¿Qué ventanas se abren, en ese largo período de la adolescencia que acabamos de comentar, para la entrada de información específica procedente del entorno social, amigos, padres, abuelos, cine, televisión...?

Todavía desconocemos los factores que controlan la duración y la aparición precisa de estos períodos críticos o ventanas plásticas, pero sí empezamos a saber que son diferentes para cada sistema funcional del cerebro. También empezamos a saber que la apertura y cierre de estas ventanas no es absolutamente rígida en el tiempo, sino que el comienzo de un período crítico puede acortarse y, desde luego, alargarse dependiendo de muchos factores. Todo ello nos lleva a la conclusión de que las capacidades para aprender no son las mismas a lo largo de la vida y que algunas tienen un período más sensible que otras a lo largo del desarrollo. Muy posiblemente, el que se aprenda y desarrolle una capacidad específica (como conjunción de genes y medio ambiente específicos) en su tiempo adecuado sea fundamental para seguir con un posterior desarrollo y potenciación de otras.

Las consecuencias de cuanto acabo de señalar para la educación del ser humano son enormes y permiten empezar a entender que la variabilidad de los talentos que cada ser humano desarrolla no sólo depende de los genes y del medio ambiente determinado en que éstos se expresen, sino de los tiempos en que ambos se conjuntan. Se empieza a abrir un nuevo capítulo de la neurociencia cognitiva en el que se estudia cómo se puede aprender y memorizar mejor en los períodos perinatales, primera, segunda y tercera infancia, pubertad, adolescencia, jóvenes adultos, adultos y hasta en la propia senescencia. y en los colegios, en las universidades y en la formación profesional o en los medios profesionales.

Empezamos a desmenuzar esos ingredientes básicos conocidos que son la emoción, los estímulos novedosos, la atención o la repetición. Como ejemplo, valdría señalar que la atención, ese proceso esencial para aprender, no la genera un sólo mecanismo cerebral, sino que para cada edad, los mecanismos neuronales de los procesos atencionales son posiblemente diferentes. Y esto, sin duda, debe ser de importancia sobresaliente para la enseñanza en un inmediato futuro.

Muchos interrogantes quedan todavía por resolver. Pero es cierto que lo que hemos comenzado a denominar "neuroeducación" puede deparar conocimientos sorprendentes futuros para el ser humano sobre cómo percibe y construye el mundo propio y el que le rodea.



Autor: Francisco Mora, doctor en Medicina por la Universidad de Granada y doctor en Neurociencias por la Universidad de Oxford (Reino Unido). Actualmente, ejerce como profesor en la Universidad Complutense de Madrid y como profesor adscrito en la Universidad de Iowa (EEUU.). Además, es miembro del Wofson College, en Oxford, y ha escrito varios libros sobre divulgación en el ámbito de las neurociencias. El último es "El dios de cada uno: por qué la neurociencia niega la existencia de un dios universal"

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