miércoles, 5 de octubre de 2011

LA CIUDAD Y SU ESTUDIO

La ciudad forma parte de un ecosistema en permanente evolución.



Leer la ciudad a través de sus agentes invisibles, entenderla teniendo en cuenta todo aquello que no vemos: sus habitantes, sus costumbres, sus relaciones, los usos de sus espacios, los diferentes ecosistemas que comparten hábitat con los edificios, las calles, las avenidas y los parques.

Nerea Calvillo


Nerea Calvillo, arquitecta, le interesa hacer ciudades entendibles. En Technarte, la conferencia internacional sobre arte y tecnología que se celebra anualmente en Bilbao, presentó:  In the Air (http://intheair.es/), un proyecto de visualización de datos que tiene como objetivo hacer visible el ecosistema invisible que habita en los cielos de las ciudades.

Según Nerea Calvillo se está construyendo en forma de malla, sin tener en cuenta temas medioambientales, ni las relaciones que se establecen entre los edificios y sus habitantes. No podemos seguir con el mismo modelo de ciudad del siglo pasado, no hay ni que tomarlo como ejemplo a partir del cual construir las urbes del futuro. Se trata de repensar el modelo de ciudad. Por ejemplo, el urbanismo que se ha producido con los nuevos crecimientos de Madrid desde los años noventa ha sido un completo desastre. Se está construyendo en forma de malla, como hizo Ildefonso Cerdà con el Eixample en Barcelona, sin tener en cuenta que la malla no es eficiente, sobre todo en determinados contextos geográficos. Se trata de hacer más complejo el urbanismo, interconectar capas de información; no sólo superponer los sistemas, sino integrarlos. Podemos repensar las manzanas cerradas.



Se ha comprobado que la arquitectura y el urbanismo influyen en nuestro estado de ánimo e incluso en la dieta. Son determinantes, sobre todo, en la construcción de lo público. Que una ciudad tenga espacios públicos comunes, habitables, marca una diferencia abismal con otras que no los tienen. Si estos espacios se configuran como las antiguas plazas que había en las ciudades mediterráneas, por ejemplo, es totalmente distinto a si los espacios están en interiores de manzana y son privados. Las relaciones que se van a producir entre los ciudadanos son muy distintas.

En EEUU., cada ciudadano suele tener su casa con su jardín, que es más o menos público porque no tiene vallas. Aunque es una publicidad-privacidad compleja. Luego todo el mundo se reúne en el mall (centros comerciales). Los estudios que se han hecho cuestionan que sea un nuevo espacio público de la época contemporánea y apuntan más bien a que es un espacio privado en el que uno no puede desarrollar condiciones de libertad personal, ni de expresión, ni de reunión. La configuración de los edificios y de cómo están dispuestos en la ciudad determinan fundamentalmente nuestra posición de lo social y de lo público.

Los ciudadanos suelen reclamar más zonas verdes, pero éstas no son la panacea, aunque sí que es verdad que son espacios de cambio mental y perceptivo, y que desempeñan un papel importante. Pueden ser verdes o no, pero alteran las condiciones fisiológicas, perceptivas y de interacción social.

No existen estudios científicos que nos informen del beneficio emocional de una determinada arquitectura porque es complicado de evaluar, ni tampoco que nos informen del impacto que tienen determinados elementos arquitectónicos sobre el individuo.

En los años setenta, surgieron diversas corrientes que han intentado desarrollar los efectos de la arquitectura en el individuo. Las normativas que se han ido desarrollando y aprobando también han ayudado, por que han ido sentando las bases para garantizar una serie de mínimos como, por ejemplo, la accesibilidad.

La ciudad tiene un ecosistema que está por encima nuestro, en el aire, que está vivo, que cambia, no sólo por sus propias interacciones, sino también por nuestras acciones y que, a su vez, nos cambia, nos altera. Para tratar de verlo y de entenderlo, de saber de qué manera podríamos interactuar con él, se puso en marcha el proyecto In the Air.



Solemos mirar al cielo y sólo ver las cosas gordas, como las nubes, los pájaros, los aviones. Pero cuando cogemos un pedacito de cielo y lo miramos al microscopio vemos muchísimo más: gases y un montón de partículas, desde metales, polvo, partículas orgánicas como virus y  bacterias. Hay muchísimas cosas que comparten hábitat y, además, interactúan entre sí. Los gases, por ejemplo, reaccionan con los metales y producen smog (mezcla de niebla y contaminación). Además, están en permanente cambio porque en función de la temperatura, de los vientos, de la humedad, y de lo que nosotros, como habitantes, producimos, hace que ese ecosistema esté en permanente evolución.



Estos agentes, muy relacionados de forma directa, funcionan como un ecosistema. Hay incluso distintas jerarquías de poder, intensidades de acción. Y es un ecosistema en el que todos estamos implicados, puesto que tiene que ver con las políticas sociales, de salud, de entorno. En In the Air intentamos visualizarlo desde distintas partes para entenderlo. Hay muchos científicos, por ejemplo, que ya investigan la calidad del aire. Nosotros lo que intentamos hacer es visualizar esa calidad para que la gente pueda entenderla, mediante una aplicación virtual que construye distintas mallas en función de cada uno de los componentes. Estas mallas se van moviendo en función de la densidad de esos elementos, de la hora del día, de la geolocalización. De momento, hemos desarrollado la aplicación para tres ciudades: Santiago de Chile, Madrid y Budapest. Consultando la web del proyecto puedes ver cómo en cada punto de la ciudad, por ejemplo, está más o menos alta la contaminación a cada momento.



Lo interesante es que podemos superponer, por ejemplo, los mapas en el tiempo de los estados límites de contaminación. Podemos superponerlos a mapas sobre la estructura urbana, de densidad de población y precio del suelo, de manera que nos digan qué relaciones hay entre la cantidad de gente que vive y la contaminación.

Con estos datos, por ejemplo, podemos saber que hay un reparto homogéneo del número de horas de alerta entre las zonas de máxima y mínima población, pero existen más horas de alerta en las zonas de precio de suelo mínimo que en las de precio máximo.

Nuestra intención es ir añadiendo otros elementos a la malla, como, por ejemplo, el polen. Nos nutrimos de datos procedentes de organismos oficiales. Nos llegan en crudo y nosotros los transformamos para que sean comprensibles.



Normalmente, las instituciones nos suelen dar una media de la ciudad, y decirnos si la calidad del aire es o no buena. Pero si miras un poco, ves que varía radicalmente entre un punto y otro. Las medias pretenden simplificarnos la vida, pero no nos dan una visión real de las cosas. Y cuando nos dan los números exactos no somos capaces de leerlos porque para ello hace falta ser expertos. Te dicen que para el NO2 hay siete microgramos por metro cúbico. ¿Eso es mucho o poco? Nuestro propósito es  que esa información se comprenda de forma intuitiva, sin necesidad de ser expertos.

En el estudio de arquitectura llevamos años tratando de hacer visibles, en cada proyecto, elementos que consideramos invisibilizados, agentes sociales a los que queríamos dar voz. Por ejemplo, hace unos cuatro años llevamos a cabo un taller en Bogotá para estudiantes de un máster de arquitectura. Cartografiamos los intercambios informales que se daban en el centro de la ciudad. Esa parte es como un agujero negro para la delincuencia, el tráfico de drogas y de armas y la prostitución. Cuando llegas a Bogotá, te alertan para que no se te ocurra visitarla. Y resulta muy curioso, porque toda la metrópoli se desarrolla alrededor de un anillo totalmente inexpugnable para quienes no forman parte de él. Nuestros estudiantes, que eran de Bogotá, incluso tampoco la habían visitado jamás.

Entramos y conseguimos ver algunos de los procesos de intercambio que se producían de forma poco visible. Por ejemplo, hay un tercer mercado de comida. Gente que va por toda la ciudad recogiendo alimentos de las basuras y luego los revende en esta zona. Intentamos identificar esos procesos, mapearlos, registrarlos, ver de qué forma se pueden visualizar en un lugar en el que no puedes hacer ni una foto porque te arriesgas a que te peguen un tiro. Había gente con metralletas en las ventanas.

Nos dividimos en grupos y cada uno buscó su forma de penetrar. Por ejemplo, hubo un grupo que recogió las historias de otra gente que había entrado. Otros hicieron fotos del suelo a partir de las cuales eran capaces de trackear y reconocer relaciones en función de la posición de los pies. Así sabían si se estaba produciendo, por ejemplo, un intercambio de drogas. Al final teníamos un mapa colaborativo, que usaba Google Maps como base, en el que la información se iba subiendo a través de posts y de tags. Cuando la gente se hizo suyo el mapa, comenzaron a aparecer experiencias muy interesantes.

Hace poco preparamos para una revista de arquitectura madrileña un mapa de 40 edificios emblemáticos de la ciudad, que no tenían nada que ver y lo que hicimos fue relacionarlos con el tejido urbano. Como arquitectos, teníamos claro por qué esos edificios formaban parte de la selección, pero quisimos ver qué pensaba la gente. Para nuestra sorpresa, buscamos en Google y vimos que los ciudadanos los trataban de forma bien distinta y les daban otro valor. Era muy interesante ver cómo se construía en el imaginario colectivo la arquitectura de Madrid. Además, los edificios no se pueden tomar como una singularidad, sacarlos de su contexto. Es extraño y estamos aprendiendo mucho de la ciudad a través de esa reflexión.



Todos estos proyectos son una herramienta social de reflexión muy potente. Sirven para repensar la ciudad, para tener una capa más de conocimiento que nos haga entender mejor las relaciones entre urbanismo y ciudadanos, para poder diseñar ciudades más sostenibles a nivel medioambiental, pero también humano. Son herramientas que nos permiten repensar mejor nuestra práctica profesional cotidiana. Tan sólo siendo conscientes ya es importante, porque cambia la mentalidad. Porque luego, inconscientemente, estás fijándote más en los detalles, viendo qué implicaciones sociales tiene que pongas un banco para sentarse de una u otra forma para que determinadas acciones puedan tener lugar en él.



Ahora se comienza a entender la arquitectura de forma más global, incluyendo la sostenibilidad social y cultural.

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