martes, 4 de octubre de 2011

SABER DISTINGUIR ENTRE NOSOTROS Y LO QUE SENTIMOS

Paz Torrabadella

Paz Torrabadella fue una de las primeras personas en hablar de inteligencia emocional en España, con su primer libro, en 1997. Desde entonces, esta psicóloga se ha centrado en estudiar la manera en que podemos transformar nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos. Su último libro, Estupidez emocional, 2011, constituye un entretenido ejercicio práctico para conocer mejor cuáles son nuestros tendones de Aquiles, aquellas conductas en que erramos una y otra vez. Identificarlas una y otra vez. Identificarlas es el primer paso para modificarlas. Su página web es:  www.torrabadella.com.

Paz Torrabadella habla de la estupidez emocional. Cuando intentamos ayudar a las personas a que desarrollen su inteligencia emocional, topamos con ciertas limitaciones típicas. Una es lo fácil que resulta caer en lo que Eric Berne llamaba "la lluvia de flores", mediante la cual nos limitamos a promulgar las cualidades del otro sin reparar en que ello, si bien es muy agradable, le sirve poco para mejorar. El concepto de estupidez emocional, por contra, parte del enfoque más práctico posible, al dirigirse directamente y expeditivamente a los modos en que cada uno nos complicamos innecesariamente la vida.



La estupidez emocional es un campo al que se ha dedicado hasta la fecha relativamente poco interés a pesar de cuando abunda en nuestras vidas. Si queremos mejorar, lo más rápido es detectar fallos y limitaciones. Del mismo modo, si queremos volvernos más inteligentes emocionalmente, deberemos afrontar las estupideces que sufrimos o cometemos para superarlas aprendiendo de ello.

El estúpido emocional hay que identificarlo, suele ser una primera aproximación al tema, con reflexiones prácticas que detallan los rasgos comunes en las conductas emocionalmente estúpidas. Resumiendo, un estúpido emocional es alguien que no se percata de sus emociones ni de las de los que le rodean y, si lo hace, actúa de modo inútil o torpe al respecto de las mismas. Aunque todo resumen implica dejarse algo, yo diría que son personas que funcionan como "Potenciadoras de Sentimientos Desagradables".

Todos podemos ser estúpidos emocionales, pero calificarnos de "estúpidos emocionales" resulta menos operativo, menos útil, que detectar el modo particular en que cedemos estúpidamente cada uno de nosotros. Si identificamos de qué forma actuamos emocionalmente podemos cambiar las cosas, mientras que simplemente nos definimos como estúpidos, lo cual presupone hechos consumados y nos lleva a aquello fatalista de: "Qué le vamos a hacer, si soy así"- Es, por tanto, bastante más práctico que nos refiramos a la estupidez emocional como concepto operativo, y no a los ·estúpidos emocionales" como individuos etiquetados. Todos somos susceptibles de actuar de un modo emocionalmente estúpido, aunque algunas personas aprovechan para ello casi todas las ocasiones posibles.

El comportamiento estúpido más extendido es la autocomplacencia. Resulta fácil porque no requiere de esfuerzo alguno, basta con seguir inercias, y repartir las culpas de las desagradables consecuencias en los demás. Las personas que se especializan en esto acaban siendo puras parodias de sí mismas. todos conocemos ejemplos. Los que peor lo pasan no son ellos, sino quienes deben sufrir su proximidad. Quién actúa de modo emocionalmente estúpido padece inconsciencia emocional. Por el contrario, quién adopta la costumbre de enfrentarse a sí mismo, detecta "qué está cometiendo" y así puede evitar la estupidez en cierta medida o mejorar. Por contra, las personas en las que esto no sucede procuran olvidarlo, evitarlo, mirar para otro lado y, si alguien se lo señala, se ofenden o enfadan.

La única vacuna para no caer en este tipo de conductas radica en tener más conciencia de lo que nosotros mismos sentimos, pensamos y hacemos. Ello implica una actitud testimonial ante uno mismo, un "darse cuenta" que nos da equilibrio y los demás agradecen mucho. Quién está vacunado contra la estupidez emocional no se contagia de ésta, pues se distingue a sí mismo de sus emociones, sentimientos, pensamientos y actos.



El fundamento que cito primero es la inconsciencia inconsciente, por medio de la cual la persona queda atrapada en un bucle redundante: "no se quiere dar cuenta, y por tanto, nunca se da cuenta de que no se quiere dar cuenta". Está, así pues, limitada a su mismo discurso mental, su misma interpretación, sus mismos sentimientos (desagradables) consecuentes y, en suma, una vida predecible y ampliamente mejorable. Alguien en esta posición existencial abre los ojos y se levanta cada mañana y sale a la calle, pero está dormido: no se da cuenta de lo que podría hacer ese día realmente, de cómo es el color del cielo o los árboles... No se da cuenta de cómo avanzan sus coetáneos por la vida, de cómo parecen sentirse. No se da cuenta de qué es lo que le hace vibrar. Vive embotado, sin darse cuenta de nada, le mueven imperativos automáticos del tipo "apresúrate". Si es así, siempre tiene prisa, lo único que lamenta es esperar o parar, que el tráfico está mal, que los otros le frenan... y piensa, piensa y piensa, en bucle, sobre cuestiones que jamás le van a despertar de su inconsciencia. Tendrá problemas para darse cuenta del momento, del respiro, de lo increíble, improbable y provisional de cada momento, y de adoptar la perspectiva que los demás tienen de las cosas.

Sabemos que una gran parte de nuestras conductas responden a reacciones cuya base procede de nuestro cerebro irracional o inconsciente. En virtud de ello, nuestra conducta responde a un automatismo no consciente. Es después de haber actuado cuando nos apuntamos a justificar o razonar lo que ya hemos hecho. Por tanto, somos poco racionales pero, al mismo tiempo, muy razonadores o "autojustificadores".

Actuamos sin pensar y luego buscamos razones para justificarnos. Hay una experiencia muy divertida que puede realizarse con un grupo: imagina que facilitas una cata de vino, o chocolate, aparentemente distinto (en su forma o presentación), pero de exacta composición química, y luego ofreces ambas muestras y solicitas que los asistentes seleccionen el mejor. La enorme mayoría de personas elegirán el que creen mejor, en su opinión, y lo defenderán  en un debate posterior con creciente ahínco. Todo lo que sucede a partir de ahí es una muestra de que elegimos por cualquier motivo, del que no somos conscientes, pero luego nos afanamos en coleccionar presuntas razones por las que lo hemos hecho así. Si haces la prueba, es mejor que, si tus amigos son expertos en vino, hagas la prueba con chocolates, o viceversa: cuanto más conocedores somos de una materia, más abiertos estamos a reconocer nuestras incógnitas. Los expertos en vino son los que habitualmente estropean esta demostración, asumiendo que no aprecian diferencia. Sucede lo mismo con las mujeres expertas en medias, y los fumadores expertos de puros... Curiosamente, cuanto más conocedor es alguien de un asunto, más le cuesta tomar una decisión inconsciente al respecto.



Actuar de forma automática es casi inevitable porque nuestro inconsciente nos domina. No es tan malo que las personas actuemos de modo automático e irracional, antes de saber por qué. Lo que es malo es que, posteriormente, neguemos que ha sido así y nos autojustifiquemos. Una persona que actúa a este nivel, jamás se replantea cómo optimizar sus propios procesos sentimentales. Todo lo más que hará será idenficarse con uno de ellos. Pongamos el ejemplo de la simpatía, en vez del de los vinos: alguien puede gustarnos a primera vista, pero los motivos escapan frecuentemente a nuestra conciencia. Nuestra simpatía hacia los otros tiene mucho de automático. Si logramos ser más conscientes del enorme ámbito inconsciente de nuestra existencia, dejaremos de funcionar propulsados exclusivamente por un motor, como robots. Cuanto menos estúpido emocionalmente es alguien, más consciente de los procesos sentimentales que atraviesa es. Hay una "presencia", por tanto, constante en él: además de "ser quién siente", es quién "se da cuenta de cómo, qué y para qué, a cada instante, siente".



Tendríamos que aprender a vernos desde fuera. Es un hecho, en casi todas las interacciones humanas, que las soluciones que las personas aplicamos a nuestros problemas comunicativos constituyen en si lo que impiden su arreglo.

Muchas veces, cuanto más intentamos solucionar un problema, peor se pone la cosa. 



Estamos rodeados, lamentablemente, de ejemplos de cómo una "pregunta solución" no hace más que expandir el problema de modo descomunal. Mientras insistimos, la reacción de la otra parte es justo la contraria a la que procuramos, y por tanto, los sentimientos de agravio empeoran. La estupidez consiste en aprovechar las situaciones de "frustración moderada" para multiplicar exponencialmente los sentimientos desagradables y convertirlos en peores y más intensos. Pero si nos vemos desde fuera, como lo haría otra persona, descubriremos que la solución es paradójica. Una vez que conocemos los distintos tipos de estupideces que podemos cometer, las podemos desentrañar.



Preguntarnos si estamos siendo estúpidos emocionalmente ya es en sí una forma de empezar a funcionar de forma distinta. En sí, la pregunta ya es profiláctica y jamás se la hace quién está en plena estupidez emocional. Hablar de estas cosas, recordarnos los unos a los otros que corremos este riesgo y aplicar esta capacidad de observación en el día a día con los seres queridos, nos hará personas mucho más divertidas y capaces de darnos cuenta de modo inteligente de las muestras que vivimos de estupidez emocional. La pregunta de las personas valiosas es: ¿cómo puedo reconocer mis estupideces más frecuentes y evitarlas?

La superación de la estupidez emocional imperante tiene que ver con el hecho de que nos autoproclamamos animales racionales, pero somo sólo animales razonadores. Por tanto, más que conscientes, somos seres en evolución hacia la consciencia. Esta evolución es "el salir" al que te refieres, y es bien lenta, si la medimos con la perspectiva de la duración de una vida humana. Creo que esta evolución es un cambio de índole colectiva. Pero la conciencia colectiva, que reconoce la verdad, no sabe cómo organizarse. La gestión del cambio hemos de irla obrando desde dentro, a partir de cómo vivimos en primera persona: aprendiendo, cuestionándonos, reflexionando. Hay muchísimos ejercicios divertidos, prácticos y transformadores a nuestro alcance. La superación de la estupidez emocional aumenta nuestro bienestar y el de cuantos tratamos cotidianamente. Como cualquier otro gran logro, no es rápido, pero si muy gratificante.




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