sábado, 19 de noviembre de 2011

6,813,463,123 DE HABITANTES = 6,813,463,123 DE SERES DIFERENTES

¿Por qué somos diferentes?

Cada individuo tiene una configuración genética única. Y, sin embargo, muchas veces la ciencia debe olvidar esto si pretende estudiar cómo somos. Lo que genera una contradicción de la que apenas se habla.



Existe un secreto del que no se suele hablar en la investigación científica. Y es que, aunque la ciencia implica descubrir principios generales -lo cual, por definición, requiere que ignoremos las diferencias individuales que hay en los objetos que investigamos- lo cierto es que esas diferencias son muy reales. Lo que ocurre es que los científicos las silencian. Naturalmente, se puede argumentar que precisamente esto es lo que son las generalizaciones: afirmaciones que se pueden aplicar a una amplia gama de fenómenos y que, por tanto, distorsionan la individualidad. Pero también necesitaríamos una teoría general de las diferencias individuales. Y es aquí donde encontramos la contradicción. Es un poco como rezar por el éxito del ateísmo.

YO SOY ÚNICO Y TÚ TAMBIÉN



Pensemos en nuestras vidas particulares. Cada uno de nosotros valora su personalidad como individuos únicos, apreciando el hecho de que somos distintos de todos los demás ( y también insistiendo, naturalmente, en que no somos excesivamente diferentes). Pero prestar atención a esas diferencias individuales implica el riesgo de ser "poco científico", ya que se supone que los científicos han de estar por encima del "árbol individual" para reconocer "el bosque". Y, aún así, cuando el filósofo danés Kierkegaard insistió en que en su lápida leyese "el individuo", estaba identificando tanto una verdad existencial como un profundo dilema científico. Al fin y al cabo, si las diferencias individuales son reales -y lo son- entonces la buena ciencia debería reconocerlas y, si es posible, explicarlas también.



Ningún genetista discutirá acerca del siguiente hecho: en cualquier especie que se reproduce sexualmente, todos los individuos -excepto los gemelos idénticos- son genéticamente distintos. En la especie mejor estudiada, el Homo sapiens, sabemos que los individuos difieren entre sí incluso en rasgos que no parecen aportar una ventaja adaptativa, como las huellas dactilares, así como en la apariencia física y en la personalidad, lo cual presumiblemente es más significativo. Los biólogos de campo pueden, a menudo, distinguir a cada uno de sus animales de estudio, por características físicas y/o rasgos de conducta. Y es casi seguro que esa individualidad es, como mínimo, igual de evidente para los animales. Los dueños de las mascotas saben que sus caballos, perros o gatos no son intercambiables, a pesar de que la teoría construída a partir de la ciencia biológica a menudo actúa como si lo fueran. De este modo, los biólogos teorizan acerca de rasgos adaptativos para "el" macho adulto o "una" hembra joven, por ejemplo a pesar de saber que sólo existen "individuos", tanto machos adultos como hembras jóvenes. Cada uno de ellos es distinto, único, aunque lo suficientemente parecido a los otros como para ser agrupado. La ciencia médica, en cambio, hace todo lo contrario. Es muy consciente de la importancia de la individualidad entre los sujetos que estudia. A los médicos se les repite con asiduidad que deben tratar al paciente, no a la enfermedad. 

Los buenos doctores saben, por ejemplo, que algunos individuos pueden, por ejemplo, desarrollar tuberculosis sin fiebre asociada, o no responder a determinadas drogas o -el efecto opuesto- tener hipersensibilidad a ellas.



Es por esto que la mayoría de revistas de especialidades médicas dedican gran parte de sus publicaciones a los "informes de casos", algo que raramente se da en otras ciencias. Una de las áreas más actuales en el ámbito donde confluyen la genética y la farmacología es, precisamente, la que se dedica al estudio de los fármacos y sus dosis óptimas personalizadas para cada paciente, según el ADN de cada persona.

CUANDO NO ERES MÁS QUE UN NÚMERO

En contraste, prácticamente todos los investigadores en biología de la conducta ven las desviaciones de la norma estadística como algo aberrante. Pero tienen motivos para ello. Una lista infinita describiendo casos individuales y anécdotas seria más coleccionar sellos que hacer ciencia. Sin embargo -y especialmente cuando hablamos de seres vivos- cada caso específico es realmente único. Es por esto por lo que las ciencias biológicas, y también las sociales, están tan impregnadas con la estadística. Los químicos pueden estar tranquilos con "la" molécula de ácido sulfúrico y los físicos tampoco han de preocuparse de "el" neutrón, sabiendo que, una vez visto uno, es como si los hubiesen visto todos. Moléculas y neutrones no cambian, siempre son iguales. Pero los estudiantes de la vida y de las interacciones sociales se han de enfrentar con la diversidad. Consecuentemente, han de confiar en complejas técnicas estadísticas que nos informan de cuándo es correcto generalizar y, si es así, hasta qué punto podemos hacerlo, y con cuánta confianza o certeza. De hecho, de esto es de lo que va la estadística, y ningún informe biológico o sociológico serio presentará datos empíricos sin unos "límites de confianza" estadísticos. Es la manera que se tiene para poder ir de los hallazgos individuales a las generalidades necesarias para hacer ciencia. Pero, de la misma manera que Galileo, al final de su recapitulación forzada, murmuró, refiriéndose a la Tierra: "Y sin embargo, se mueve", es probable que muchos científicos hayan murmurado, en referencia a los individuos borrados por el uso de la estadística: "Y sin embargo, son diferentes". Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿Por qué lo son? Mejor dicho, ¿Por qué somos diferentes?



¿PARA QUÉ SIRVE SER DINSTINTO?

Para los biólogos, las diferencias entre individuos se encuentran tanto a nivel próximo o inmediato como a nivel evolutivo. Veamos a qué nos referimos. En el nivel próximo, aparecen varios factores que las producen. Uno de ellos son las diferencias genéticas, que derivan de la mutación y -en especies que se reproducen sexualmente- de los fenómenos de meiosis (una de las formas de reproducción celular)  y recombinación sexual, que son los procesos básicos por los cuales el ADN se produce y luego se recombina en cada nuevo individuo que se forma, dando lugar a una mezcla única. Otros factores causantes de las diferencias individuales también incluyen los entornos que experimenta cada ser, si definimos "entorno" como las experiencias sociales y personales, presentes y pasadas. Por tanto, habrá una serie    de efectos relacionados con la edad. Es decir, que el paso del tiempo hace posible que se den una serie de influencias ambientales y genéticas. Un cervatillo recién nacido que se esconde entre los arbustos, por ejemplo, se quedará inmóvil en respuesta a casi cualquier intruso, mientra que un macho adulto responderá de forma muy distinta si el intruso es otro macho de su misma especie o un puma. De hecho, todavía sabemos poco acerca de cómo se desarrollan estas diferencias individuales.



Pero ¿para qué sirve ser distinto? A nivel evolutivo encontramos una explicación engañosamente sencilla. Cada vez parece más probable que la reproducción sexual evolucionase porque proporciona la capacidad de generar diferencias individuales entre los descendientes, de forma que (al menos, algunos de ellos) se pueden adaptar mejor a un ambiente cambiante. Esa capacidad procede, como hemos mencionado en el párrafo  anterior, de la mezcla de genes y, por tanto, de la variabilidad genética. Por tanto, que cada uno sea diferente del de al lado permite que la especie tenga más diversidad de respuestas ante una situación determinada, por lo que siempre habrá algunos que sobrevivirán y permitirán que la especie siga cambiando y, por tanto, existiendo.



Antes de que los biólogos entendiesen la genética implicada en la reproducción sexual, Charles Darwin reconoció estas diferencias individuales como esenciales en el proceso de la selección natural. Según esto, una reproducción diferencial, es decir, que no se da de igual forma en todos los individuos de un grupo, produce un cambio evolutivo sólo si los mejor adaptados, y las características que ayudan a la mejor adaptación pueden pasarse de padres a hijos. Por tanto, la individualidad ocupa un lugar fundamental para comprender las bases de la biología evolutiva, provocando esta paradoja de la que hablamos, que ha sido raramente investigada.

TENER PERSONALIDAD Y VIVIR EN GRUPO



Existen otros factores que podrían favorecer la selección de la individualidad del comportamiento, además. Por ejemplo, el hecho de que padres y descendientes se reconozcan mutuamente parece ser que es un hecho adaptativo, predecible y muy extendido. Especialmente cuando la prole de unos y otros padres puede mezclarse, la selección ha favorecido a los padres que pueden distinguir a sus pequeños de entre todos los demás. Evidencias actuales apuntan poderosamente hacia esta dirección: entre las especies muy emparentadas de golondrinas, por ejemplo, aquellas que viven en enormes nidos, en grandes grupos sociales (en los que, por tanto, es más fácil equivocarse a la hora de recoger los retoños propios) los polluelos tienen un forma de vocalizar individual, que permite a sus padres reconocerlos. En cambio, los polluelos que viven en pequeños nidos aislados son menos capaces de hacer estas vocalizaciones particulares y personalizadas. El estudio del reconocimiento de parientes se ha convertido, de hecho, en un campo exitoso entre los estudiantes de la conducta animal.

Hay otras maneras en las que vivir en grupo puede favorecer a que se seleccionen las diferencias individuales. Los animales (incluyendo a nuestros ancestros humanos) deberían encontrar de ayuda el saber, por ejemplo, si un individuo determinado estaba en una posición inferior o superior a uno mismo, cómo habían sido sus conductas previas y cuáles eran sus aptitudes. Es posible también que el altruismo recíproco haya seleccionado las diferencias individuales entre los que tienden a ayudar al prójimo, como ocurre en el bien documentado caso de los murciélagos vampiro, los cuales regurgitan sus sanguinolentas comidas a otros ejemplares que no tienen que comer. En estos casos, la selección probablemente sea más intensa a propósito de la habilidad de los donantes iniciales (ya sean murciélago o humano) para discernir entre sus beneficiarios a aquéllos que, a su vez, es más probable que se comporten también de forma recíproca.

Las generalizaciones sobre la individualidad de la conducta son, en este estado limitado de nuestro conocimiento actual, difíciles de argumentar. Es tentador, por ejemplo, sugerir que los animales "superiores" con cerebros más complejos, tienen una mayor variabilidad individual que otros animales "inferiores", que dependen más de reacciones automáticas, típicas de su especie. Nos resultaría sorprendente, por ejemplo, que las medusas o los percebes demostrasen la misma individualidad de conducta que los elefantes o los seres humanos. Lo cierto es que algunos de los relatos más efectivos sobre conducta individualizada viene de los estudios llevados a cabo con animales de grandes cerebros, como chimpancés o gorilas.



No podemos estar de acuerdo con la máxima de Goethe "individuum est ineffabile" (la individualidad no se puede explicar). Estoy convencido de que podremos entender el origen de las diferencias individuales algún día. En parte, la resistencia que encontramos los que aplicamos la biología evolutiva en el comportamiento humano podría ser debida al hecho de que, de momento, no hay interpretaciones definitivas que expliquen la enorme cantidad de variabilidad individual con la que las personas nos identificamos entre nosotros. Quizás haya algo relacionado con nuestra propia psicología que nos hace creer que una teoría sobre la individualidad no puede hacer justicia a nuestra propia, profunda y querida individualidad. Kierkegaard era, sin lugar a dudas, un individuo, pero no era el único que amaba ese hecho. La ciencia occidental, desde Aristóteles, ha deseado identificar y comprender muchos tipos de fenómenos, intentando, a través de lo particular, organizar el conocimiento en categorías generales. Según esto, mi llamada de atención hacia las diferencias individuales podría parecer extrañamente retrógrada. Quizás la mejor forma de justificar esta preocupación tan perversa sería sustituyendo las diferencias individuales por una cuestión famosa acerca de la escalada de montañas: ¿Por qué estudiar las diferencias individuales?

Simplemente, porque están ahí.



Autor: David P. Barash, profesor de psicología en la Universidad de Washington, en Seattle (EEUU.), y un prestigioso experto en biología evolutiva. Escritor de libros de divulgación científica.

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