miércoles, 16 de noviembre de 2011

HIELO LETAL



El calentamiento global está liberando a la atmósfera pesticidas e insecticidas que se encontraban dormidos en el Ártico, un fenómeno irreversible del que el ser humano es el único responsable.



Las enormes capas de hielo que dominan el Ártico (más de 16 millones de kilómetros cuadrados coronados por el polo Norte) sobrecogen por su descomunal tamaño y su apariencia inmaculada. Cobijados por ellas, osos polares, focas, belugas y pingüinos viven en perfecta armonía, sin apenas contacto con el ser humano. Se sienten a salvo de cualquier amenaza, pero no lo están. Desconocen que les acompaña un enemigo más letal que el hombre, y que, paradójicamente, éste mismo ha creado: los contaminantes químicos persistentes.



Estos agentes químicos se localizan allí desde que su uso comenzó a generalizarse en forma de pesticidas e insecticidas, tras la Segunda Guerra Mundial. Entre 1950 y 1980, se utilizaron más de 40.000 toneladas de DDT en áreas agrarias de todo el mundo para combatir las plagas de insectos. 



Suspendidos en el aire, los vientos los llevaron al Ártico en cuestión de unos pocos días o semanas y, casi 60 años después, los compuestos siguen vivos. "Son contaminantes persistentes, con una vida media en el medio ambiente de décadas que aumenta en zonas polares, ya que, a temperaturas bajas, hay menos degradación", nos explica Jordi Dachs, investigador del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC) de Barcelona.

Jordi Dachs


Los compuestos llegan al Ártico mediante transporte atmosférico y su posterior deposición, aunque también los vientos y las corrientes oceánicas los arrastran hasta allí. Hasta hace unos años, las bajas temperaturas permitían que desde los años sesenta "vivieran" atrapados en esas latitudes pero, con el calentamiento global, la situación ha cambiado radicalmente. Una investigación internacional demuestra que estos agentes (dicloro difenil tricloroetano -DDT-, hexaclorobenceno, policlorobifenilos -PCB- y hexaclorobenceno -HCB-) se están liberando del hielo y del agua y están volviendo a la atmósfera. "Por primera vez se ha demostrado la influencia del cambio climático en estos contaminantes", nos asegura Jianmin Ma, autor principal del estudio, publicado en Nature Climate Change e investigador de la División de Investigación de Calidad del Aire del Ministerio de Medio Ambiente de Canadá. 

JIANMIN MA


Pero la situación se agrava, porque no se reduce sólo a la región polar. "Las concentraciones en el Ártico son altas, pero representan una pequeña parte -inferior al 3%- de lo que hay almacenado en océanos y suelos de otras regiones", asegura Dachs.



HUMANOS ENFERMOS FRENTE A SUPERINSECTOS

La extensión de estos agentes  por todo el mundo ha puesto en jaque a la comunidad internacional, puesto que representan una amenaza para la salud pública. Numerosos estudios han demostrado el potencial cancerígeno de algunos de estos compuestos, que también pueden afectar al sistema endocrino, inmunológico y neurológico.



Además, perjudican el correcto desarrollo fetal, reducen la fertilidad y alteran el contenido hormonal.



Estos pesticidas comenzaron a utilizarse hace décadas para controlar y regular la aparición de plagas en las cosechas, pero no consiguieron su objetivo. Todo lo contrario. Así lo denunciaba la bióloga Rachel Carson en su revolucionario libro Primavera Silenciosa (Silent Spring, 1962). "Los insectos, en una triunfante reivindicación del principio de Darwin de la supervivencia de los más aptos, han producido por evolución superrazas inmunes al insecticida específico utilizado, por lo que cada vez hay que desarrollar uno más mortífero y después otro más letal que el anterior", denunciaba Carson.



A pesar de que actualmente su uso está restringido por la comunidad internacional, la persistencia de estos materiales creados en el laboratorio, que carecen de equivalentes en la naturaleza, provoca que tarden décadas en desaparecer. 



La Organización de las Naciones Unidas (ONU) estima que los niveles de PCB llegarán prácticamente a cero alrededor del año 2025. "Somos testigos involuntarios de la removilización de los contaminantes generados por nuestros abuelos, que ahora parecen venir de las regiones frías", se lamenta Jordi Dachs.



DEL PEZ AL PLATO



Además del calentamiento global, los movimientos migratorios de algunas aves también están provocando que aumente la presencia de agentes tóxicos en la región ártica. Es el caso del fulmar del norte (Fulmarus glacialis), un ave similar a la gaviota que, durante los meses de verano, emigra a latitudes árticas. Un estudio dirigido por la Universidad de Otawa (Canadá) reveló que en las lagunas frecuentadas por estas aves en Cabo Vera (Canadá)  se registraban niveles hasta 60  veces superiores de hexaclorobenceno, DDT y mercurio respecto a otras lagunas en las que no habitaban los fulmares.



Los agentes químicos se localizan en el pescado, calamares y fitoplancton que comen las aves en el océano que, a su vez, depositan en el Ártico a través de sus excrementos. Jules Blais, toxicólogo ambiental de la Universidad de Otawa y autor principal del estudio, afirma que las aves podrían traer estas toxinas de lugares tan alejados como Groenlandia. Y es que esta isla danesa, la mayor del mundo, con una capa helada de tres kilómetros de grosor, contiene diferentes tipos de contaminantes químicos que, tras ser liberados por el aumento de temperaturas, también llegan al Ártico.

Jules Blais


Los peces, por tanto, tampoco escapan de esta ola tóxica, y en muchas ocasiones, llegan contaminados a nuestros platos. Según un estudio de la Universidad de Texas (EEUU), de las 300 muestras recogidas en supermercados de Dallas, todas contenían múltiples pesticidas, siendo el DDT el más frecuente. El salmón fue el alimento que presentaba mayor contaminación, seguido de las sardinas en lata. También aquellos productos con altos contenidos en grasa presentaban niveles superiores de toxinas. Las características intrínsecas de los agentes químicos explican el motivo: son sustancias químicas lipofílicas, que se instalan en las grasas de los seres vivos y tardan muchos años en desaparecer. el curso de la cadena alimentaria mueve estos lípidos de un ser a otro y se produce un efecto de bioacumulación en los diferentes agentes. Así se explica que los sedimentos de PCB de las aguas del lago Michigan, absorbidos por el plancton, pasen por el molusco, la perca, la trucha y, finalmente, acaben en el organismo del ser humano.

SALMÓN


Otro de los peligros que denuncian los expertos es el desconocimiento sobre los peligros que acarrea el estar expuestos a varias de estas sustancias. Todas ellas fueron concebidas de forma individual y ningún químico osó combinarlas en los laboratorios. Ahora se distribuyen por el agua, el hielo, el viento y la atmósfera sin que el ser humano pueda hacer más que observarlas con impotencia. "Si el cambio climático continúa, el movimiento de los contaminantes en el Ártico resulta inevitable", advierte Jianmin Ma. La propia Rachel Carson ya sabía que esto iba a suceder y lo explicaba así en 1962: "Quizá los historiadores del futuro se sorprendan ante nuestro distorsionado sentido de la proporción. ¿Cómo pudieron seres inteligentes tratar de dominar a unas cuantas especies indeseadas por un método que contaminó todo el ambiente y acarreó la amenaza de enfermedad y de muerte incluso para su propia especie?"



TRAS EL MOSQUITO DE LA MALARIA



A pesar de los efectos nocivos de estos compuestos sobre la salud, algunos -como el DDT- se crearon con el objetivo de prevenir enfermedades. Así, durante la Segunda Guerra Mundial, el DDT se empleó para proteger a soldados y civiles del paludismo, tifus y otras enfermedades propagadas por insectos. 



Al concluir la guerra, el agente químico se empezó a utilizar en algunos países sobre los mosquitos que transmiten la malaria. 



Su elevada persistencia -hasta la mitad de su dosis permanece en el suelo 15 años después de su aplicación- y su uso generalizado provocan que el DDT se encuentre por todo el mundo, incluso en el Ártico.



Para luchar contra esta expansión, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) acordaron combatir la malaria sin usar el pesticida. 



Cerca de 40 países de África, el este del Mediterráneo y Asia Central están probando métodos no químicos para combatir la enfermedad. Iniciativas como eliminar los entornos donde los mosquitos se reproducen, plantar árboles que repelen insectos, potenciar la cría de peces que se alimentan de sus larvas o instalar mosquiteras, están empezando a llevarse a cabo. 



En México y Centroamérica los métodos alternativos al DDT han conseguido reducir los casos de malaria en más de un 60%. 





Sin embargo, según un grupo de expertos de la Convención de Estocolmo, el pesticida se sigue usando en 15 países, la mayor parte africanos.




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