miércoles, 2 de noviembre de 2011

RAZONAMIENTO Y COGNICIÓN INFANTIL

Los niños de un año ya cuentan, comparan y hacen predicciones sobre el futuro.

Luca Bonatti expresa que su objetivo y el de su grupo de trabajo es tratar de caracterizar aquello que es esencialmente humano.

Este grupo tiene mucha capacidad para llevar a cabo razonamientos puros. Ante una situación totalmente nueva, por ejemplo, puede razonar sobre ella sin necesidad de tener una experiencia previa y hacer predicciones sobre lo que puede ocurrir,

Se estudia con niños porque para abordar el problema hay que ver qué ocurre en los humanos al inicio de la cognición. Así que se estudia a niños de entre 10 y 12 meses, justo antes de que empiecen a hablar. A esta edad ya son capaces de hacer hipótesis sobre lo que va a ocurrir en su ambiente. Son niños que no han iniciado el habla porque la pregunta sobre qué diferencia a los humanos del resto de animales no es nueva y desde hace 15 años muchas investigaciones se han centrado en demostrar que lo que nos hace únicos es el lenguaje.

El lenguaje nos permite conectar nuestras experiencias diferentes y hacer proyecciones que otros animales no pueden hacer. Pero se cree que, por sí solo, no explica por qué somos tan creativos, por qué tenemos tanta capacidad de pensar en el futuro,... Además, hay personas con discapacidades importantes a nivel intelectual que, sin embargo, pueden hablar. Así que parece que el lenguaje es importante, sin duda, pero puede que no sea la base de nuestra enorme capacidad para razonar.

El razonamiento en niños tan pequeños se realiza con el método de la violación de expectativas. Se usa desde hace dos décadas y consiste en presentar situaciones que pueden sorprenderles si han hecho un razonamiento en particular. Se graba a los niños en vídeo para ver cuánto tiempo dedican a mirar una escena, lo que nos permite analizar si una determinada situación les produce sorpresa o no.



Se ha diseñado digitalmente una especie de bombo con una abertura en la base en el que se mueven dos tipos de objetos: fichas amarillas y azules. En un caso, por ejemplo, el bombo contiene tres fichas amarillas y una azul. ¿Cuál crees que saldrá primero por la abertura? Se supone que dirá una amarilla porque la cantidad es mayor, bueno, pues este tipo de razonamiento también lo hacen niños de 12 meses. Eso significa que a esa edad ya tienen capacidad de contar, de comparar clases de objetos y de hacer predicciones sobre el futuro. Y esto lo deducimos porque, cuando en nuestro experimento sale la única ficha azul, detectamos que los niños se sorprenden.

Lo cierto es que nadie creía que fuera posible hacer este tipo de razonamiento a una edad tan temprana. Así que hemos seguido con los estudios, complicando un poquito el experimento. Se ha modificado algunos pequeños detalles que implican la necesidad de adaptar el razonamiento según la situación. Antes se apostaba que la ficha amarilla saldría primero porque hay más, pero ¿y si resulta que la azul está más cerca de la abertura?, entonces cabe la posibilidad que el niño piense que la azul será la primera en salir. Entonces ya no se trata de un mero cálculo de probabilidades, sino de que la posición de las fichas en el bombo también es importante. Ahora, por un momento, le tapamos el bombo para que no pueda ver lo que ocurre en su interior, ¿qué hará el niño?, todo depende del tiempo que dure la oclusión. Si es muy corta, de un segundo, por ejemplo, lo lógico es que se piense que la ficha que estaba más cercana a la salida antes de tapar el bombo sea la que salga primero. Pero, si la oclusión es larga, la posición de las fichas pierde importancia (no se puede predecir el recorrido que harán las fichas), así que lo lógico es que vuelvas a pensar según la probabilidad. Con esto se pretende que a pesar de ser una situación elemental, hay muchos tipos de información a tener en cuenta: la cantidad de objetos de una clase o de otra, su posición física, el desplazamiento y la velocidad que tienen, la duración de la oclusión... Nuestro razonamiento es adaptativo, así que tenemos capacidad para cambiar nuestras expectativas según la modificación de estos parámetros.



Esta capacidad se ha observado en niños de hasta 12 meses que, en los experimentos, cambian su razonamiento si los parámetros de la situación se modifican de forma sutil. Si la oclusión del bombo es corta, se sorprenden si no sale la ficha que estaba más cerca de la salida. Si la oclusión es larga, la mayor sorpresa se produce cuando sale la ficha menos probable: la azul.

Los niños se sorprenden porque el suceso que esperaban no ocurrió, pero su razonamiento era lógico. Lo que pasa es que nosotros les hacemos trampa: provocamos la salida de la ficha menos probable para ver su reacción y evaluar su grado de sorpresa. Es similar al caso de un niño que dice "rompido", en lugar de "roto"   . Al decir "rompido" el niño realmente aplica una regularidad que ha detectado, lo que pasa es que el lenguaje no siempre es regular. Quizá la misma lógica se aplique a nuestro caso, pero al trabajar con niños tan pequeños tratamos de reducir la experiencia a la mínima expresión.



Es obvio, que de la experiencia también se aprende, pero no siempre es necesaria. Imaginemos que no hemos visto nunca un dado. Si te muestran uno y te preguntan cuál es la probabilidad de que salga un cuatro al lanzarlo, ¿qué diríamos? No necesitamos pasarnos un buen rato lanzando el dado para acabar deduciendo que la probabilidad de que salga cualquiera de los números es de 1/6. Estaríamos razonando sobre probabilidades futuras sin experiencia previa, una capacidad que poseemos desde que tenemos un año.

En algunos casos somos más racionales de pequeños que de adultos. De hecho, tratamos de estudiar experimentalmente estos casos, pero sólo podemos comentar la hipótesis de partida. No la hemos demostrado todavía, así que no podemos poner la mano en el fuego sobre la siguiente cuestión. Como adulto, no tengo que estar continuamente reflexionando sobre cosas nuevas, puesto que cuento con un buen bagaje de experiencias precedentes. Lo que nos hace distintos a un niño es nuestra experiencia, que nos permite conocer los resultados de algunas situaciones sin necesidad de razonar sobre ellas. En cambio, un niño casi no tiene experiencias, así que, paradójicamente, debe razonar más ante las situaciones nuevas.

Razonar requiere cierto esfuerzo, y nosotros somos perezosos por naturaleza, así que, si podemos evitarlo, lo haremos. Quizá por eso los adultos tendemos a basarnos más en la experiencia pasada, lo que, en algunos casos, puede llevarnos a cometer errores. A veces, en vez de basarnos en lo que debería ser correcto, juzgamos sobre lo que nos parece típico. Y lo que es típico depende de nuestras experiencias previas. Si te digo: "Juan es muy metódico y le gusta leer", ¿crees que Juan es librero o granjero? Normalmente se diría librero, pues en realidad es mucho más probable que Juan sea granjero. En el mundo hay muchos más granjeros que libreros y, posiblemente, en España hay más granjeros a quienes les guste leer que libreros. Pero hacemos estos errores de juicio constantemente porque sabemos por experiencia que a los libreros les gusta leer y porque su profesión nos recuerda a los libros. Nuestras experiencias previas nos oscurecen el análisis preciso de una situación concreta.

Este efecto de la experiencia se investiga con una especie de mesa de billar diseñada por ordenador en la que, en un lateral, hay tres aberturas y, en el opuesto, hay sólo una. Dentro hay una bola que rebota. si tapamos la mesa para que no podamos ver la trayectoria de la bola y preguntamos por qué lado saldrá, ¿qué se responderá? por el lado que tiene tres agujeros, pues niños de tres años ya dan la misma respuesta que los adultos. Aunque no les hacemos responder verbalmente, sino que tienen que pulsar un botón cuando ven salir la bola. Y son más rápidos pulsándolo cuando la bola se escabulle por el lado con más agujeros, lo que evidencia que es por donde ellos creían que iba a salir.

Esto que parece lógico, se probó con niños de cinco años, aunque a éstos se les hace trampa. Se manipula el billar digital para que, en el 75% de los casos, la bola salga por el lado con un único agujero. Es la manera que se tiene de analizar cómo la experiencia modifica la reacción de los niños. Al principio, los niños son más rápidos pulsando el botón cuando la bola sale por el lado con tres agujeros. Cuando manipulamos el juego vemos que el tiempo de reacción se va adaptando, hasta el punto que, al final, los niños pulsan el botón con más rapidez cuando la bola sale por el único lado con un agujero. Esto implica que su respuesta motora se ha adaptado con la experiencia. Pero no así su razonamiento: cuando les preguntamos por dónde creen que ha salido la bola con más frecuencia responden que por el lado con tres agujeros. Y esta respuesta no es cierta, el 75% de las veces ha salido justo por el lado de un sólo agujero. Al final, su forma de pensar es lógica, pero les lleva a darse una respuesta errónea. Nos gustaría demostrar que muchos de los errores de razonamiento que hacemos los adultos dependen, en verdad, de la experiencia. A veces nos es útil pero, en otros casos, nos evita hacer uso de una cualidad que tenemos por naturaleza, la capacidad de pensar y predecir antes de ver lo que ocurre.

Es difícil saber si esa capacidad de predicción es algo consciente. No se puede asegurar cuánto de este razonamiento es consciente y cuánto automático. La opinión de nuestro grupo de estudio es que, aunque muy rápido, es consciente. ¿Por qué se apuesta por las fichas amarillas del bombo? Porque hay tres. Si pensamos en estados futuros en los que sale una de las fichas lo más probable es que sea una amarilla, y esto implica tener una visión consciente de la situación.

CONSEJO: AMARLOS Y OCUPARSE DE ELLOS PARA TRATAR DE HACERLOS FELICES.

Este trabajo que se está realizando, quizá podría tratar de encontrar modos de enseñar lógica y probalidad con sistemas más adaptados a las capacidades cognitivas que tienen los niños. De todas formas, muchos padres se muestran muy interesados en mejorar las capacidades de sus hijos. En este caso, el consejo que se puede dar es que lo mejor que pueden hacer es amarlos, ocuparse de ellos y tratar de hacerles felices. Esto siempre va a ser mucho más importante que cualquier escuela, juguete o programa de desarrollo cognitivo.



Autor: Luca Bonatti, doctor en filosofía y psicólogo cognitivo, lidera un grupo sobre razonamiento y cognición infantil en la Universidad Pompeu Fabra. 



Publicación: Ernö Teglas, Edward Vul, Vittorio Girotto, Michel Gonzalez, Joshua B. Tenenbaum, Luca L. Bonatti, (2011), "Pure reasoning in 12-months-Olds as probabilistico Inference, Science, 27 de mayo, vol. 332, 6033, pp. 1054-1059, doi: 10.1126/science.1196404.

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