martes, 22 de noviembre de 2011

UNA MUJER PARA PENSAR



Lou Andreas-Salomé fue una importante intelectual y psicoanalista de finales del siglo XIX y principios del XX, y la compañera espiritual de grandes artistas y escritores de esa época. Liola, diminutivo que utilizaba su familia para llamarla, nació en San Petersburgo en 1861, en el seno de una familia dominada por los hombres. Su padre era un general ruso de origen franco-alemán, y su madre procedía de una rica familia de raíces germano-danesas. El matrimonio tuvo cinco hijos y una hija, Lou, la "hermanita pequeña", aunque no le gustaba que la llamaran así.

En el seno familiar, fraguó un carácter decidido, apoyada por su padre, con quien mantuvo una relación tierna mientras vivió. Y pronto destacó. El teólogo protestante Alois Emanuel Bidermann, con el que estudió dogmática, historia general de la religión, lógica y metafísica, le escribió a su madre: "Su señorita hija es un ser femenino de especie extremadamente poco común: de infantil pureza y salud de la mente y, al mismo tiempo, de una dirección de espíritu y una independencia de la voluntad nada infantiles".

El pastor protestante luterano Hendrik Gillot le dio clases particulares de filosofía y religión. Veinticinco años mayor que ella y casado con dos hijos, le propuso matrimonio, por lo que tuvo que dejarlo como tutor y viajó con su madre a Suiza, donde entró en la Universidad de Zurich, una de las primeras estudiantes mujeres. Allí estudió filosofía, historia del arte y religión comparada.Ya en San Petersburgo, Andreas-Salomé había tenido problemas de salud, pero luego de contraer una enfermedad pulmonar, los médicos le dieron unos pocos años de vida.



La personalidad extraordinaria de Lou atrajo desde muy joven a los más variados hombres de la cultura. Compartió los secretos de la filosofía con Nietzsche, a quien dedicó un libro que desentrañaba el pensamiento del maestro alemán (Friedrich Nietzsche en sus obras, Minúscula 2005). 

LOU, PAUL RÉE Y NIETZSCHE


Con Nietzsche y un amigo de ambos, Paul Rée, filósofo también, creó una tríada intelectual, hasta que las tensiones amorosas entre ellos rompieron la amistad. Nietzsche creyó ver en Lou a la compañera ideal y le propuso casarse, pero esta eligió a Paul Rée, con quien vivió un tiempo. Cuando Lou puso fin a la relación, Rée se suicidó por amor. Ella contaba poco más de veinte años y ya era una mujer fuerte, con una inteligencia seductora y una personalidad independiente.



Lou logró hacerse un lugar entre los intelectuales de su época, aunque el ámbito académico era exclusivo de los hombres. Escribió varias novelas, obras y ensayos, y fue la primera mujer en ser aceptada en la Asociación Psicoanalítica de Viena. Partidaria del amor libre (tema al que dedicó su obra "El erotismo" (1910)), mantuvo un matrimonio célibe con el lingüista y experto en cultura iraní Carl Friedrich Andreas, al tiempo que se comprometió en romances e intercambió correspondencia con el periodista alemán Georg Lebedour, el poeta alemán Rainer Maria Rilke y los psicoanalistas Sigmund Freud y Viktor Tausk, entre otros. Para Lou, detrás del amor sexual, la creación artística y el fervor religioso hay una misma fuerza vital, y el símbolo de esa fuerza es la mujer: amante, madre y virgen.

Lou integró su energía femenina en un desarrollo intelectual que le hizo estar a la altura de los sabios que conoció. Se enamoraba de las ideas brillantes, de aquello que marcaba una diferencia. Sabía escuchar y hacerse cargo del modo de pensar de otra persona, y las ideas acababa integrándolas en su particular concepción del mundo. Los que se acercaron a ella destacaban lo fructífera, estimulante y hasta excitante que resultaba su proximidad. A nadie dejó indiferente su forma de ser.



Lou nos enseñó a valorar la búsqueda del conocimiento, a abrirnos al aprendizaje, a intentar nuevas formas de encarar la vida, a dejarnos llevar por la energía femenina, siempre creativa. Nos enseña a admirar a los hombres, a tomar lo bueno que nos pueden brindar, pero sin dejar de trazarse un camino propio como mujeres. Cada uno de los grandes hombres que pasó por su vida la ayudó a llegar a su meta, y Lou a su vez les aportó a ellos conocimientos y experiencia.

Lou nos apremia a ser valientes, a no temer tanto a las consecuencias de nuestros actos como a la insustancialidad de los mismos. Para ella, el temor no era una opción. Nunca aceptó el rol pasivo de la mujer, asignado por el patriarcado. En su ensayo "Sobre el tipo de mujer" (1914), reflexionó sobre la feminidad y el psicoanálisis, abriendo nuevos caminos. Se animó a salir, a confrontar. A penetrar y convivir con y en el mundo de los hombres. Lou nos exhorta a razonar y buscar lo que nos hace bien. Y también nos enseña a saltar sobre lo que culturalmente parece habilitado o correcto. Lou es un ejemplo para el desarrollo de la mujer como mujeres que realizan sus elecciones en consonancia con el dictado profundo que sienten. Que escogen su propio plan y se crean la vida deseada. Que trabajan hacia el verdadero intercambio y encuentro hombre-mujer.



Por último, Lou reflexiona acerca de la muerte. Dijo que, si tenemos verdadera conciencia de que existe, seremos más agradecidos y gozaremos la vida. Lou aceptó la muerte porque se sentía feliz por lo que había hecho y cómo había vivido. Cuando se lee a Lou, impacta que una mujer de su época tuviese ideas tan propias del budismo. Tarthang Tulku, un maestro tibetano, dice que una vida con sentido es aquella en la que uno encuentra qué es lo que tiene para dar al mundo y lo ofrece. Lou lo hizo. El Lama también dice que hay solamente tres certezas: que un día nacimos, que existe el momento presente y que moriremos. Si logramos sostenerlas y aceptar la muerte, viviremos felices y moriremos con la sensación de haber tenido una vida realizada, de haber cumplido nuestra misión. "La vida humana -qué digo, la vida en general- es poesía. Sin darnos cuenta la vivimos día a día, trozo a trozo. Pero, en su inviolable totalidad, es ella la que nos vive, la que nos inventa", escribió Lou. La conciencia de muerte previene que la vida se nos deslice como si fuese infinita. Nos hace la vida más viva. cada día es una celebración.

CITAS:

"Lo único que he hecho en la vida es trabajar"

"Si dejo sueltos mis pensamientos, no encuentro a nadie"

"Lo mejor, después de todo, es la muerte"

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