viernes, 9 de diciembre de 2011

CEREBROS CONTAMINADOS





La contaminación sonora, química o lumínica no sólo tiene efectos sobre la naturaleza. También influye en la memoria y el aprendizaje.



Imagina una ciudad, cualquier ciudad, en hora punta. Ya en su día, Séneca el filósofo, se lamentaba del ruido de la Roma del siglo I, capaz de superar su proverbial estoicismo. Dos milenios después tampoco lo tendría fácil para buscar refugio a sus castigados oídos. Y es que se calcula que el exceso de ruido afecta a una de cada tres personas en Occidente, por lo que fue declarado en 1972 como un tipo más de contaminación por la Organización Mundial de la Salud (OMS). No es para menos, teniendo en cuenta que la contaminación acústica provoca trastornos como insomnio o pérdida de audición. Aunque seguramente lo que más afectaba al filósofo era su repercusión en tres fenómenos claves de la cognición y la psicología humanas como son el aprendizaje, la memoria y la variación de los estados de ánimo.



ONDAS DE SONIDO CONTAMINANTES



Está demostrado que niveles de ruido del orden de los 65 dB (decibelios), por ejemplo, en una calle con tráfico, provocan en el organismo la misma reacción que cuando nos enfrentamos a una situación de estrés.



En ambos casos se segrega adrenalina, que causa cambios fisiológicos, como el aumento de la glucosa en sangre y del ritmo cardíaco, y también cambios de comportamiento, al hacer a la persona más irritable. Por eso el ruido constante aumenta el riesgo de sufrir problemas físicos, especialmente cardiovasculares, y psicológicos, ya que las personas afectadas tienen una mayor tendencia al aislamiento y a la depresión, sobre todo niños, ancianos y mujeres embarazadas. Y es que la intolerancia al ruido puede iniciarse desde el momento de la formación del oído, en el vientre de la madre, a los 5 meses de gestación. Además, la sobreactivación del organismo por el estrés disminuye, paradójicamente, la capacidad de retención de nuevos conocimientos, afectando así a la memoria y el aprendizaje.



Probablemente el principal problema del ruido es la facilidad con que se produce. Por eso son imprescindibles actuaciones como la colocación de pantallas y materiales absorbentes del ruido en edificios y vías públicas o la imposición de límites sonoros en la industria, los centros de ocio y el tráfico rodado. Pero precisamente por la facilidad con la que se crea, la lucha contra la contaminación acústica requiere de un fuerte compromiso personal. Deberíamos controlar el volumen de móviles y demás aparatos sonoros, lleva a cabo una conducción no agresiva, y mantener el tono de nuestras conversaciones en un nivel que no nos convierta a nosotros mismos en contaminantes acústicos.



MENTES ENVENENADAS




El ruido, sin embargo, no es el único tipo de contaminación capaz de provocar alteraciones psicológicas y cognitivas.



También la polución atmosférica es un factor de riesgo, como ha puesto de manifiesto recientemente un estudio de los investigadores Laura Fonken y Randy Nelson, de la Universidad estatal de Ohio (EEUU.). 






Estos científicos hicieron respirar a ratones aire contaminado cinco horas al día, seis días a la semana, durante diez meses. Este nivel de polución es equivalente al que sufren los habitantes de muchas ciudades. Los resultados se compararon con los de otros ratones que pudieron respirar aire filtrado. Para ello se les introdujo en una pista iluminada que daba a una cámara oscura donde podían refugiarse.



Lo que se observó fue que los ratones que habían respirado aire contaminado tardaban más en aprender el camino que los que habían vivido con aire filtrado. Además, a los ratones "contaminados" les costaba más recordar el trayecto cuando se les volvía a colocar al inicio de la pista. Paralelamente se realizó otro experimento en el que se comprobó que estos mismos ratones sufrían también más comportamientos depresivos. Pero la mayor sorpresa fue al examinar el hipocampo -región cerebral implicada en el aprendizaje y la memoria- de los animales afectados. Y es que descubrieron que tenía muchas menos conexiones neuronales y sufría de inflamación a causa de las diminutas partículas sólidas existentes en el aire contaminado. 



Estos experimentos demuestran, en definitiva, que la disminución de emisión de gases a la atmósfera es también una necesidad de salud mental. Y eso incluye medidas que van, desde apostar por las energías renovables y el transporte público, a respetar los límites de velocidad en carretera o hacer un uso responsable de la electricidad doméstica. Sólo hace falta un poco de voluntad y el uso de ese mismo cerebro que acabaremos por beneficiar con nuestras acciones.

ONDAS Y FOBIAS



Pero es que, además, apagando las luces innecesarias contribuiremos a reducir otra fuente de polución que también afecta a nuestro cerebro: la contaminación lumínica






Este tipo de contaminación actúa especialmente a través de la epífisis o glándula pineal. Se trata de una pequeña glándula cerebral, del tamaño de un piñón, que se hizo célebre porque fue donde Descartes situó la unión entre el cuerpo y el alma. Y no le faltaba algo de razón, porque la glándula pineal regula los estados de ánimo mediante la producción de melatonina, también conocida como la hormona del sueño, ya que se sintetiza sólo durante la oscuridad. Esta característica permite a la melatonina controlar los ritmos circadianos, es decir, el reloj biológico que determina el comportamiento y la fisiología del organismo dependiendo de si es de día o de noche. 



Sin embargo, bastan pequeñas dosis de luz para que la glándula pineal deje de sintetizar la hormona. El resultado es que no sólo se puede provocar insomnio, u otros trastornos como migrañas o el famoso jet lag de los vuelos transoceánicos, sino también determinados tipos de depresión. De hecho, la melatonina se utiliza para el tratamiento del desorden afectivo estacional, una clase de depresión que algunas personas padecen en invierno por la disminución de las horas de sol.



Por otro lado, esta hormona también está implicada en el aprendizaje y la memoria, ya que regula el proceso conocido como "potenciación a largo plazo". Este fenómeno se da cuando se refuerzan unas determinadas conexiones neuronales, lo que permite la creación de la memoria a largo plazo. Así, la contaminación lumínica al alterar la producción de melatonina, acaba afectando también a este aspecto clave del aprendizaje.



Los efectos de la contaminación lumínica sobre la salud y el medio ambiente - entre ellos, la perturbación de la conducta migratoria de las aves- han hecho que se lleven a cabo acciones como el cambio de las farolas por otras menos contaminantes, el control de los letreros luminosos o la prohibición de proyectar haces de luz hacia el cielo. 



Con esto, de paso, se logra una de las viejas aspiraciones de las asociaciones astronómicas, auténticas pioneras en la defensa del cielo oscuro.



Existe, no obstante, otra clase de contaminación que también afecta el organismo a través de su impacto en la glándula pineal. Se trata de la contaminación electromagnética, originada por el arsenal eléctrico y tecnológico que nos rodea, desde las vías de alta tensión a los electrodomésticos caseros. 



Una contaminación que, además, se ha visto incrementada por el actual boom inalámbrico de móviles, ordenadores o redes wifi y Wimax, emisores constantes de ondas electromagnéticas. Son precisamente estas ondas las que actúan sobre la glándula pineal de la misma forma que la luz, ya que ésta, a fin de cuentas, no es más que otra forma de radiación electromagnética. 






El resultado es el mismo: alteraciones en la memoria a largo plazo y un mayor riesgo de sufrir depresión. Hay que añadir otros trastornos como cefaleas, dificultad de concentración, sensación general de debilidad o incluso la formación de tumores.



Precisamente el posible riesgo carcinógeno de un aparato tan usual como el móvil ha provocado mucha controversia en los últimos tiempos. Para dilucidar esta cuestión la OMS y la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (IARC, siglas en inglés) llevaron a cabo un estudio en el que se detectó un aumento del 40% de las posibilidades de padecer glioma, un tipo de cáncer cerebral, por parte de personas que habían utilizado el móvil una media de 30 minutos diarios durante diez años. 






Estos datos, recogidos hasta el año 2004, han hecho que la OMS haya clasificado a los aparatos emisores de radiofrecuencia -incluidos los móviles- en la categoría 2B como posibles cancerígenos en humanos. De hecho, el Consejo de Europa está estudiando prohibir el uso de móviles y redes wifi en las escuelas por su hipotético efecto en la salud de los niños. Tanto es así que en el Congreso Mundial de Epidemiología, que se ha celebrado en Barcelona este mes de septiembre, se ha advertido del riesgo de los móviles para los más pequeños, al tener un cerebro en pleno desarrollo. Por esta razón, los expertos recomiendan el uso de auriculares y altavoz para mantener el móvil alejado de la zona cerebral, especialmente en los niños.



Por todo ello, la Unión Europea ha declarado la electrosensibilidad como una de las enfermedades características de la sociedad actual, afectando a entre un 3 y un 5% de la población. Sin embargo, todavía existen grandes carencias legislativas en la lucha contra la contaminación electromagnética. Y por tal motivo su control requiere aún más, si cabe, de la responsabilidad individual, haciendo un uso racional del móvil, desconectando el wifi del router cuando no se utiliza, especialmente durante la noche, u optando por aparatos con cable en vez de inalámbricos.


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