martes, 27 de diciembre de 2011

FRANÇOISE BARRÉ-SINOUSSI

FRANÇOISE BARRÉ-SINOUSSI



Brillante, con sentido del humor, con aportaciones a la ciencia y la salud mundial extraordinariamente relevantes, comprometida con los más pobres entre los pobres. ¿Por qué nadie habla de esta extraordinaria mujer?



Cuando parecía que la penicilina había borrado de la faz de la tierra toda amenaza de pandemias, a comienzos de la década de 1980 apareció una nueva enfermedad que hizo renacer antiguos miedos. Como las grandes pestes de la Edad Media, tenía el carácter de un castigo divino, pues afectaba a colectivos "pecadores", como homosexuales y drogadictos, y parecía cebarse especialmente en personas con gran promiscuidad sexual. Los antibióticos eran incapaces de luchar contra ella porque la enfermedad anulaba el sistema inmunológico -de ahí el nombre de Síndrome de Inmuno Deficiencia Aquirida, SIDA- haciendo que el organismo sucumbiera a infecciones oportunistas por hongos, bacterias u otros agentes patógenos, inocuos en condiciones normales. La "peste rosa" empezó a diezmar a los miembros de la comunidad gay y propició un auge del puritanismo y la homofobia.



Movimientos encabezados por actores de Hollywood intentaron quitar el estigma de los enfermos de SIDA, pero sus esfuerzos fueron baldíos, porque la enfermedad era mortal. En contraste, los trabajos de los científicos dieron pronto sus frutos , llegándose a la conclusión de que la enfermedad era causada por un retrovirus. Y así llegaron no sólo las curaciones parciales, sino algo mucho más importante: el convencimiento de que, por muy extraña y temible que resultara una amenaza para el ser humano, la comunidad científica sería capaz de hacerle frente. Los nombres de los paladines de la ciencia que protagonizaron esta gran gesta aparecieron repetidamente en la prensa en la década de los ochenta, llegándose a un conflicto por la autoría del descubrimiento, resuelto tras la intervención de los entonces presidentes de Estados Unidos y Francia, Ronald Reagan y François Mitterrand.



Los científicos que aislaron el virus del SIDA  recibieron, con todo merecimiento, el premio Nobel de Fisiología y Medicina en el año 2008. Pero, para sorpresa de muchos, entre los premiados sólo figuraba uno de los que había ocupado las portadas de los periódicos dos décadas antes, el profesor Luc Montaigner del Instituto Pasteur de París. La otra persona galardonada con el Nobel, la investigadora Françoise Barré-Sinoussi del mismo centro, era la responsable del proyecto que permitió identificar el virus del SIDA, a pesar de lo cual su nombre no había aparecido en los debates sobre la autoría. ¿Quién era esta desconocida dama?




Nacida en París en el año 1947, decidió estudiar ciencias para demostrar a su padre, que no creía demasiado en el talento femenino, de lo que eran capaces las mujeres. Tras licenciarse, se dedicó a estudiar los virus bajo la supervisión del profesor Chermann, que le inoculó la pasión por investigar, de la que aún no se ha curado. Una vez presentada su tesis doctoral, dedicada al estudio de las relaciones entre los retrovirus y el cáncer, trabajó en el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos de Bethesda y, tras volver a Francia, siguió investigando en el Instituto Pasteur de París. Cuando a finales del año 1982 se diagnosticaron en un hospital de París los primeros pacientes de una misteriosa enfermedad contagiosa que no respondía a ningún tratamiento conocido, fue la encargada de coordinar el equipo que investigó si el agente infeccioso era un virus. En mayo de 1983 publicaron el primer trabajo que identificaba el virus VIH como responsable del SIDA, en una de las respuestas más rápidas que la ciencia ha dado a un problema médico.



Una vez encontrado el culpable, se dedicó a buscar estrategias para atacarlo, siendo nombrada directora de la unidad de Retrovirus del Instituto Pasteur en 1992. Pero como su interés por la enfermedad no se limitaba al virus que la producía, sino que se extendía a los enfermos que la padecían, en 1985 comenzó a viajar regularmente a África y a otras regiones del Tercer Mundo para establecer estrategias eficaces de lucha contra la enfermedad. No hay que olvidar que, aunque en el primer mundo SIDA ya no es sinónimo de muerte, esta enfermedad ha matado a más de 25 millones de personas y hoy afecta a 33 millones, el 70% de ellas del África subsahariana. Su compromiso con esos enfermos es tan serio que no pudo dejar de responder al Papa Benedicto XVI el cual, al iniciar su visita a África en el año 2009, negó la eficacia del uso del preservativo para prevenir el SIDA, recomendando en su lugar la abstinencia. Como respuesta a estas declaraciones, Françoise publicó una carta abierta en el diario francés Le Monde, en la que las refutaba con la información acumulada por los estudios propios y del resto de los científicos que, en laboratorios de todo el mundo, luchan para poner coto a la enfermedad desde hace 25 años.



En una chispeante entrevista que le hizo hace un par de años una joven licenciada en física en el marco de unos encuentros entre premios Nobel y jóvenes investigadores, no duda en calificar las declaraciones papales de "criminales". También en esa entrevista ríe de buena gana al recordar que, el día de su boda, su futuro marido la llamó al laboratorio donde ella trabajaba, como de costumbre, para preguntarle si recordaba el compromiso que tenían ambos ese día y si creía que podría ir.


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