jueves, 19 de enero de 2012

EL CORAZÓN (I)

Muchas leyendas, mitos y tradiciones populares existen sobre el corazón. El corazón simplemente es una bomba que tiene una misión: mantener la circulación de la sangre en perfecto estado para que las células de nuestro cuerpo reciban la energía necesaria, en forma de oxígeno, para que lleven a cabo sus funciones, y para que la sangre ya utilizada regrese al corazón y sea depurada nuevamente en los pulmones.



El corazón empieza a formarse en el embrión humano a partir de la tercera semana de gestación. Se inicia en forma de tubo que irá curvándose a derecha e izquierda y modificándose hasta convertirse en un órgano muscular. 






Al finalizar la octava semana de gestación, el feto posee una pequeña réplica del corazón adulto, del tamaño de un guisante, que ya se contrae. El corazón adulto late aproximadamente cien mil veces al día y mueve alrededor de diez mil litros de sangre cada 24 horas.

Es una combinación perfecta de músculos, arterias, venas, cavidades, válvulas y centrales eléctricas. Todos estos elementos coordinan bajo la perfecta ordenación del cerebro para hacer posible la circulación de la sangre y permitir la vida en nuestro organismo.




Del corazón salen las arterias que llevan la sangre oxigenada a los tejidos, y al corazón llegan las venas, que devuelven al mismo la sangre utilizada en los tejidos, sin oxígeno, rica en dióxido de carbono, gas resultante del metabolismo del oxígeno en las células (serían los desechos). Las venas devuelven al corazón la sangre para que pase por los pulmones, capte de nuevo oxígeno y vuelva a ser enviada a los tejidos del organismo.




El corazón es un órgano muscular, hueco, con forma de pera con la base hacia arriba y a la derecha, y la punta dirigida hacia abajo y a la izquierda. Es una bomba perfecta que late millones de veces desde las primeras semanas de gestación hasta que cesan sus funciones contráctiles al dejar de vivir. Se ubica en el interior de la cavidad torácica envuelto en una especie de jaula de tejido fino, de no más de medio milímetro de espesor, que lo recubre en toda su superficie. Esta membrana, llamada "pericardio", permite, gracias a una capa unicelular de líquido que la separa del corazón, el latido continuo de este órgano sin ningún tipo de roce. El pericardio se fija a los elementos óseos y musculares de la cavidad torácica para mantenerlo protegido y lubricado y así favorecer una contracción sin interferencias.




El movimiento de este órgano es rítmico y consiste en alternar la contracción con la relajación para llevar a cabo su función distribuidora de sangre. La relajación que sigue a la contracción permite que los ventrículos se llenen de la sangre necesaria para continuar y mantener el ciclo vital.




La circulación de la sangre se establece por un sistema cerrado de cañerías conectadas entre sí en los confines de la red arterial. Una vez los tejidos han sido capaces de extraer el oxígeno que les ofrecen las arterias gracias a la lentitud de la circulación de la sangre por los capilares (conductos microscópicos que permiten el intercambio gaseoso a través de sus finísimas paredes), éstos se unen para formar conductos de un calibre cada vez mayor, las venas, que se van sumando en su camino hacia el corazón hasta convertirse en dos grandes conductos: las venas cavas que desembocan en la aurícula derecha; a nivel pulmonar y una vez realizado el intercambio gaseoso en sus capilares, la sangre vuelve al corazón por las venas pulmonares, que dirigen a la aurícula izquierda la sangre oxigenada.

La aurícula derecha recibe la sangre desaturada de todo nuestro organismo. Esta sangre, a la que las células le han extraído el oxígeno y todos los nutrientes que requieren, es de color morado debido al dióxido de carbono (gas en que se convierte el oxígeno una vez utilizado por los tejidos).

Las venas cavas desembocan en la parte posterior de la aurícula derecha, la vena cava superior por la parte superior y la vena cava inferior por la parte inferior. La aurícula derecha también recibe la sangre utilizada por el corazón, que le llega por el llamado "seno coronario", un gran colector venoso que es la suma de todas las venas del corazón.

La aurícula izquierda recibe exclusivamente sangre de los pulmones. La sangre que transporta es roja, limpia, y saturada del oxígeno necesario para transformarlo en la energía que utilizarán las células.

La sangre fluye sin ningún tipo de impedimento por las venas hacia las aurículas. Estas cavidades son un vestíbulo, una zona de paso y almacén momentáneo para la sangre que poco después expulsarán los ventrículos.

Las aurículas tienen una morfología cúbica, paredes finas, con un grosor que no llega al milímetro, y una superficie lisa recubierta, como todo el corazón, por una membrana unicelular y transparente que recibe el nombre de endocardio ("parte interna del corazón"). Esta membrana, examinada al microscopio, es igual que la capa de tejido que recubre interiormente las venas y arterias.

En cada una de las aurículas existe, sin embargo, una zona rugosa, llena de bandas musculares, cortas y delgadas, que apenas dejan espacios libres entre sí. Estas pequeñas evaginaciones en la porción superior de ambas cavidades se denominan "apéndices auriculares" y son vestigios embrionarios sin ninguna función específica. Cabe añadir que las aurículas están separadas por un tabique que impide la mezcla de sangre entre ambas cavidades.

El flujo de sangre hacia los ventrículos está regulado por dos válvulas, la tricúspide (tiene tres valvas) entre las cavidades derechas, y la mitral (tiene forma de mitra) entre las izquierdas. Las válvulas están formadas por velos finísimos, dos la mitral y tres la tricúspide, con movimientos de cierre y apertura regulados por un sencillo sistema de pilares musculares que nacen de las paredes ventriculares y envían a los bordes libres de los velos valvulares tendones como si fueran las cuerdas de un paracaídas (cuerdas tendinosas), que permiten un desplazamiento limitado de los velos al cerrarse.




Estas válvulas se abren al finalizar la sístole (contracción) auricular que coincide con la diástole (relajación) ventricular. Esto permite que los ventrículos relajados y distendidos se vayan llenando de sangre hasta que el aumento de presión por el flujo de sangre y el inicio de la sístoles ventricular cierra de nuevo las válvulas mitral y tricúspide, abre las válvulas aórtica y pulmonar y expulsa la sangre hacia las grandes arterias que salen del corazón.

La función de los ventrículos es impulsar la sangre hacia las arterias para que haga su recorrido por los pulmones y por todo el organismo con suficiente velocidad para llegar a los confines del sistema circulatorio, los capilares.




Un volumen de sangre determinado tarda veinte segundos en circular por el sistema cardiovascular completo. La sangre permanece un segundo en los capilares, donde, en una longitud no mayor a un milímetro, la circulación se enlentece para realizar el intercambio gaseoso imprescindible para la vida.

La pared ventricular es más gruesa y musculada que la pared de las aurículas, pues la fuerza de su contracción es responsable de hacer que la sangre circule por todo el cuerpo y debe vencer resistencias más elevadas.

Asimismo, la estructura muscular y el grosor de ambos ventrículos difieren considerablemente por las resistencias y el recorrido que la sangre expulsada por uno y otro debe afrontar.

El ventrículo derecho tiene dos partes bien diferenciadas: la cámara de entrada y la cámara de salida. La primera está situada por debajo de la válvula tricúspide y es de paredes lisas, y sólo se aprecian en ella los relieves de las estructuras musculares que sostienen los velos de la válvula tricúspide. La cámara de salida, por el contrario, es muy rugosa debido a su estructura fuertemente muscular.

La cámara de salida está colocada ligeramente por encima de la cámara de entrada, con una morfología cilíndrica que termina en la válvula pulmonar, encargada de regular el paso de sangre a la arteria pulmonar y a los pulmones. El grosor de esta cavidad es de unos dos milímetros, puesto que las resistencias que tiene que vencer son pequeñas y en condiciones normales genera presiones bajas (20 mmHg).

El ventrículo izquierdo está situado a la izquierda y ligeramente por encima del derecho formando casi todo el borde izquierdo del corazón. De forma triangular, con el vértice dirigido hacia abajo, es el encargado de impulsar la sangre a todo el organismo a través de la aorta. Como debe superar resistencias elevadas, sus paredes son gruesas, de unos 8 mm. Su superficie interna está surcada por bandas musculares y toda ella, como la superficie interna del ventrículo derecho, está recubierta de endocardio.

Ambos ventrículos se llenan de sangre en la fase de relajación (diástole), y cuando la presión intracavitaria excede la presión intracavitaria excede la presión intraauricular se cierran las válvulas mitral y tricúspide, se abren las válvulas aórtica y pulmonar y la sangre es expelida hacia la periferia por la aorta y hacia los pulmones por la arteria pulmonar. En diástole, al relajarse la musculatura ventricular, la sangre no puede refluir de las arterias hacia los ventrículos porque se lo impiden las válvulas situadas al inicio de ambos troncos arteriales y que cierran completamente su luz.




Las paredes musculares del corazón se organizan alrededor de una malla de tejido fibroso (esqueleto fibroso) compuesto por dos anillos que rodean los orificios vasculares y dos pequeños triángulos, también fibrosos, que están colocados en la parte media de los anillos. Estas estructuras dan origen y soporte a las válvulas y a los músculos que conforman el miocardio (músculo cardíaco).


Las válvulas arteriales están formadas por unas membranas finas y resistentes que regulan el flujo de sangre y lo mantienen aislado por un instante en la arterias e impiden su reflujo a la cavidad del ventrículo. Están formadas por un tejido monocelular, el mismo que recubre el interior de los vasos sanguíneos y del corazón.


La válvula aórtica tiene tres velos semilunares, con un borde que se inserta en la pared más próxima al de la aorta, y otro borde libre que al unirse en el centro de la arteria cierra el reflujo de sangre al ventrículo izquierdo. Estos velos forman con la pared más proximal de la aorta, que está ligeramente dilatada, tres oquedades en forma de nidos de golondrina. Estas cavidades son los llamados "senos de Vasalva"; en dos de ellos, en el seno coronario derecho y en el izquierdo, tienen su origen las arterias que irrigan al corazón; el tercer seno no es origen de ninguna rama arterial, por lo que se conoce con el nombre de "seno no coronario".






Durante la sístole ventricular, y gracias a la distensibilidad de la pared aórtica normal, la presión generada por el ventrículo izquierdo hace que ésta se dilate y aumente su diámetro. La energía almacenada por esta distensibilidad impulsa la sangre por el árbol arterial al recuperar la aorta su diámetro normal durante la diástole ventricular. Esto permite que la sangre tenga una velocidad constante y no intermitente.


La estructura de la válvula pulmonar es similar a la de la aórtica. De la porción más proximal de la arteria pulmonar nacen tres membranas de forma triangular que se proyectan hacia la luz de la misma insertándose a nivel en la unión de la arteria pulmonar y el ventrículo derecho. A diferencia de la válvula aórtica, las tres oquedades (senos) que conforman son ciegas, es decir, no son el origen de ningún ramo arterial. Su apertura al inicio de la sístole permite el paso de sangre a los pulmones, y su cierre al inicio de la diástole impide el reflujo de sangre a la cavidad ventricular facilitando la distribución de la misma por todos los capilares pulmonares.

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