martes, 31 de enero de 2012

EL CORAZÓN (VII)

LOS DESFIBRILADORES 
Y LOS MARCAPASOS

En el año 1899 dos médicos suizos demostraron experimentalmente que una descarga eléctrica aplicada al corazón era capaz de desencadenar una arritmia ventricular y que una nueva descarga podía revertirla.



Sin embargo, no fue hasta 1947 cuando, durante una intervención quirúrgica, el Dr. Beck (cirujano pionero en técnicas de revascularización miocárdica) aplicó unas placas metálicas al corazón de un paciente en fibrilación ventricular y consiguió revertirla mediante una descarga aplicada a las paredes de los ventrículos. Se había realizado la primera desfibrilación con éxito en humanos.



A finales de la década de los cincuenta, los médicos rusos Eskin y Klimov inventaron y desarrollaron un desfibrilador externo, es decir, un instrumento que podía ser utilizado sin exponer el corazón, colocando dos placas metálicas húmedas en la pared torácica del paciente y descargando sobre él hasta mil voltios. La tremenda eficacia de este método para tratar de urgencia arritmias malignas hizo que la investigación sobre ellos se acelerara.



en 1960 aparecieron los primeros desfibriladores portátiles y en 1980 los primeros desfibriladores internos, que actuaban mediante un cable metálico introducido en el ventrículo derecho a través de una vena subclavicular. Este cable, conectado a un generador, del tamaño de una caja de cerillas mediana, que se coloca debajo del músculo de la pared torácica, es capaz de captar la aparición de una arritmia maligna y desencadenar una descarga eléctrica a través del mismo cable, que revierte la situación.



La desfibrilación se basa en el hecho de que la descarga eléctrica genera en las fibras musculares del corazón un estado no contráctil, como si se activara el "reset" de la conducción y estimulación eléctrica del corazón. La actividad eléctrica anormal se anula unos segundos, reiniciándose de nuevo el circuito con una actividad normal.



Los desfibriladores tienen un gran protagonismo en las unidades de cuidados intensivos debido a la alta probabilidad de que los pacientes ingresados por infartos de miocardio o angina de pecho puedan desencadenar arritmias en la fase más aguda de la enfermedad.



La otra gran aplicación de la electricidad a la cardiología son los marcapasos, aparatos que envían estímulos  eléctricos al corazón para provocar su contracción. 



Su colocación es relativamente sencilla: a través de una vena se introduce en el ventrículo derecho un cable recubierto de plástico con punta metálica, y se coloca debajo del músculo pectoral la pequeña bateria a la que está conectado dicho cable. 



El marcapasos actúa entonces como un ordenador, reconoce el latido cardíaco y las pausas anómalas que presenta la contracción, y genera en tales casos un estímulo que evita la parada cardíaca.



Fue el ingeniero estadounidense Greatbatch el que descubrió la posibilidad de obtener una contracción mediante la aplicación de un estímulo eléctrico. Explicó sus experimentos al Dr. Chardack, y el médico cirujano quedó impresionado ante la posibilidad de evitar el paro cardíaco o la pérdida de conocimiento por pausas en la contracción mediante la aplicación de un estímulo eléctrico.



El primer marcapasos que se conectó a un ser humano tenía el tamaño de una nevera moderna y los cables se implantaron en el músculo ventricular mediante cirugía abriendo la cavidad torácica.



Aquél era el inicio de un futuro deslumbrante en el mundo de la cardiología y de la cirugía cardíaca, un camino que hoy permite salvar miles de vidas en personas afectadas por enfermedades que bloquean la conducción en el miocardio y en aquéllas afectadas por arritmias con respuesta ventricular lenta o aquellos muy susceptibles a la medicación antiarrítmica, que les provoca bajadas excesivas de la frecuencia cardíaca. También se benefician del marcapasos pacientes que, después de cualquier tipo de cirugía cardíaca, carecen de ritmo estable y necesitan estímulos externos para mantener una circulación adecuada. Hay que añadir que, actualmente, gracias también al marcapasos, consiguen sobrevivir recién nacidos que nacen con un sistema de conducción defectuoso que produce bloqueos auriculoventriculares graves.



La extensa repercusión del marcapasos desencadenó una investigación exhaustiva para acomodar el invento a los requerimientos de los pacientes. Y se consiguió: en los años sesenta se introdujeron en el inventario médico los marcapasos endocavitarios, es decir, aquellos que no necesitaban cirugía mayor, puesto que se introducen hasta la punta del ventrículo derecho mediante una pequeña incisión debajo de la clavícula. La batería o generador de impulsos es del tamaño de un reloj de pulsera y en él se conecta la porción proximal del cable captador-estimulador.



La complejidad de estos aparatos ha ido aumentando hasta el punto de que hoy en día podemos estimular secuencialmente las aurículas y los ventrículos; los generadores son capaces de reconocer los requerimientos de frecuencias cardíacas más altas durante el ejercicio mediante sensores del calor que originan los músculos en actividad, y somos capaces de sincronizar la contracción de ambos ventrículos para hacer más efectivo el trabajo cardíaco.


Se desconoce lo que el próximo decenio nos deparará, pero lo que sí es seguro es que el futuro todavía no ha llegado a los marcapasos.





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