domingo, 29 de enero de 2012

EL CORAZÓN (V)

LA ANGINA DE PECHO 
EL INFARTO DE MIOCARDIO



Cualquier proceso que limite o impida el flujo de sangre por las arterias coronarias puede causar una disminución del aporte de oxígeno al corazón y producir, así, un desequilibrio entre oferta y demanda de sangre  oxigenada (isquemia). Si este desequilibrio es importante y duradero, puede desencadenar la muerte de un segmento del corazón (infarto de miocardio) y poner en peligro la vida del paciente.



Es necesario distinguir entre dos procesos que tienen el mismo origen (carencia del oxígeno necesario para cumplir unas funciones), pero no el mismo final.



La insuficiencia en el aporte de oxígeno a un segmento o segmentos del corazón es la causante de los dolores angustiantes que pueden percibirse en tórax, espalda, brazos, mandíbulas, boca del estómago, piernas o en cualquier otra parte de nuestro organismo.



Este dolor no se olvida; es penetrante y constrictivo a la vez, y puede acompañarse de sudor frío y palidez extrema que traducen la angustia que está sufriendo el paciente. Éste suele describir la vivencia como "una sensación de muerte inminente".



Dicho conjunto de dolores y sensaciones puede durar pocos segundos o minutos y desaparecer al cesar el estímulo físico o psíquico que lo ha provocado. Este dolor recibe el nombre de "angina de pecho" o simplemente "angor", palabra cuyo origen reside en la forma griega ankor, que significa "estrangulamiento", por la sensación de "estrangulamiento" que el paciente nota habitualmente en su pecho.



La angina de pecho advierte de la existencia de un desequilibrio entre oferta y demanda de oxígeno en el corazón, desencadenado muchas veces por un ejercicio físico o psíquico poco habitual, aunque también puede presentarse en reposo.



En general, el corazón que sufre una angina de pecho se recupera sin evidencia de lesión miocárdica permanente. Se puede considerar un aviso que no puede olvidarse y debe ser investigado hasta las últimas consecuencias para excluir lesiones arteriales coronarias susceptibles de tratamiento y, en su defecto, la causa o causas desencadenantes del proceso.



Con demasiada frecuencia vemos cómo a pacientes con síndromes anginosos o que parecen angina (paraanginosos) se les diagnostican otras dolencias menos graves sin haber descartado totalmente la existencia de lesiones coronarias. Se dan casos de diagnósticos erróneos de úlcera gástrica, hernias de hiato, gases, espasmos esofágicos e incluso contracturas musculares.



La presencia de síndromes anginosos o paranginosos debe ser la base de partida para investigar la existencia de lesiones que puedan representar un serio riesgo para la integridad del paciente, como son las obstrucciones de las arterias coronarias. Una vez desestimada la afectación del corazón, deben investigarse aquellas enfermedades que no representen un riesgo vital.



En ocasiones, la carencia de sangre en una zona del miocardio se hace permanente y la angina de pecho que desencadena no responde a ningún tratamiento o, simplemente, el paciente no piensa en la posibilidad de estar sufriendo una angina de pecho y, por tanto, no busca ayuda médica.



Una crisis de angina de pocos minutos de duración puede ser suficiente para ocasionar la muerte de un segmento de músculo cardíaco. El miocardio, a diferencia de lo que ocurre con cualquier otro músculo del organismo que cesa su actividad al sentir dolor, no puede dejar de contraerse, y la actividad contráctil continuada, en ausencia del oxígeno requerido para mantenerla, desencadena la muerte celular. (Infarto = muerte por isquemia).



El paciente debe ser ingresado en una UCI; hay que mitigar el dolor y, si es posible, se le debe someter al desbloqueo de la arteria responsable mediante técnicas percutáneas, a través de la arteria femoral o de la radial (angioplastia, stent), o médicas, inyectando fármacos que disuelven el coágulo que bloquea la luz arterial.






En caso de que existan lesiones en más de una arteria, otra opción sería intentar abrir la arteria, otra opción sería intentar abrir la arteria responsable del infarto y enviar posteriormente al paciente a cirugía para colocar los bypasses necesarios utilizando, a ser posible, exclusivamente arterias como conductos. El tiempo máximo entre inicio de dolor y actuación para desbloquear la arteria debe ser el mínimo posible para salvar el máximo de tejido muscular afectado.



El infarto de miocardio es una epidemia en países desarrollados desde el inicio del siglo XX. Puede avisar días o meses antes de producirse, en forma de sensaciones de opresión o dolores intensos pero de corta duración, que aparecen durante la práctica del deporte o después de las comidas. También puede presentarse repentinamente, sin avisos previos, con manifestaciones intensas de dolor, angustia y sensación de muerte. Raramente se puede sufrir un infarto de miocardio sin dolor que pase totalmente desapercibido a pesar del daño que puede haber causado en el corazón.



Más frecuente en hombres de mediana edad que en mujeres, la progresiva incorporación de éstas a tareas y hábitos antaño exclusivamente masculinos hace que cada día se iguale más la frecuencia de esta enfermedad entre los dos sexos.

El infarto de miocardio, en definitiva, no distingue entre edades, razas o estatus social; es una plaga que puede afectar a todo el mundo en cualquier lugar y en cualquier momento. Es necesario añadir que la mayoría de los infartos de miocardio están provocados por lo que conocemos como "enfermedad oclusiva coronaria".



La enfermedad coronaria ha sido objeto de extensos estudios que han intentado, y siguen haciéndolo, encontrar soluciones efectivas para paliar los efectos de una plaga que se cobra casi un millón de vidas anuales y miles de millones de euros en facturas sanitarias y bajas laborales.



Dichos estudios han incluido a miles de personas en todo el planeta y la primera conclusión a que se ha llegado es que, dada su escasa relevancia en países poco desarrollados, es una enfermedad de la abundancia.



Asimismo, estos estudios han puesto de relieve factores de riesgo que aumentan su incidencia y sistemas de vida, como el sedentarismo, la mala alimentación, el tabaco y el alcohol, que constituyen un excelente caldo de cultivo para la aparición de esta enfermedad.


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