domingo, 19 de febrero de 2012

EL CORAZÓN (XII)

EL ESTRÉS PARA EL CORAZÓN



Entendemos por estrés la respuesta del organismo dirigida por el cerebro ante cualquier estímulo placentero o no al que se vea expuesto. Básicamente, el estrés es bueno para mantenernos vigilantes y preparados para reaccionar.

El mundo que nos rodea y en el que vivimos nos envía estímulos que desencadenan en nosotros reacciones, unas típicas y otras atípicas. Las primeras son las que dependen del tipo de estímulo recibido, mientras que las segundas obedecen a estímulos nerviosos y hormonales. Cuando estas últimas tienen lugar, aumenta la secreción de adrenalina, noradrenalina y cortisona, se incrementa la tensión muscular y se producen alteraciones de la presión arterial, el tono arteriolar, la respiración y el pulso. Estamos "alerta" ante algo que puede suceder.



La tormenta de estímulos que caracterizan la vida actual y las exigencias a que se ve sometido el ser humano, social y laboralmente, hacen que la secreción hormonal de estas sustancias oxidantes pueda, en personas predispuestas, ser la gota que colme el vaso y desencadenar una insuficiencia coronaria o un infarto de miocardio.



Es necesario cierto grado de estrés para ponernos en guardia y mantenernos atentos ante cualquier tipo de amenaza o ataque que podamos recibir.



Sobrevalorar su intensidad resulta, sin embargo, perjudicial para la salud.



Hace miles de años, cuando el hombre vivía en un entorno natural, su interacción con el medio consistía principalmente en sobrevivir: protegerse de las inclemencias meteorológicas, conseguir alimentos y hacer frente a las amenazas de depredadores o tribus rivales. En el pasado, el estrés los mantenía a salvo.

El mundo actual bombardea a las personas con una cantidad ingente de estímulos que por su frecuencia y variabilidad, y según cual sea nuestra respuesta global, puede generar trastornos importantes en la personalidad. Hoy el estrés pone a prueba nuestra capacidad de adaptación constantemente y es un peligroso factor de riesgo para enfermar.



Así, resulta difícil conseguir que nuestro organismo mantenga un estado de reposo y equilibrio duradero, necesario para evitar una ansiedad constante. ¿Cómo podemos relajarnos de verdad cuando estamos aguijoneados continuamente por todo tipo de destellos? Nuestra vida es tan competitiva que sólo el éxito completo en cada tarea que llevamos a cabo nos satisface.

Solemos competir con todos y por todo y en estas circunstancias no es extraño que un corazón predispuesto sea incapaz de soportar, sin sufrir daño, la lluvia de hormonas que hacen quemar, a marchas forzadas, el oxígeno recibido.

Se han realizado numerosos estudios que relacionan el estrés y la enfermedad coronaria. En una investigación realizada en gemelos se apreció un índice de infartos muy superior en aquellos que habían trabajado más duro y que habían ocupado cargos de mayor responsabilidad.

En Suecia, un estudio en ciento cincuenta hombres de mediana edad evidenció tasas de infarto de miocardio seis veces más altas en aquellos que durante su vida laboral habían soportado altos grados de tensión.

Fue también significativo el alto índice de infartos que sufrían hombres de mediana edad que habían enviudado recientemente. La soledad obligada, especialmente la que puede conllevar la viudez después de una unión satisfactoria, puede ser causa de numerosos desajustes en la salud. Si además a esta circunstancia se le suma la angustia de considerarse perdido, estamos ante la crónica de un infarto anunciado.

Estos estudios son una pequeña muestra de los esfuerzos que se llevan a cabo para identificar las posibles causas de la enfermedad coronaria, y cada vez es más obvio que la mente y los efectos que las emociones desencadenan en nosotros tienen un grado de responsabilidad elevado en la aparición y desarrollo de estas enfermedades.

Debemos añadir que no todo el mundo tiene la misma respuesta ni actúa de la misma manera ante un estímulo similar.

Se han descrito tres tipos de personalidad en relación con su respuesta ante el estrés:
  • La personalidad tipo A vive dependiendo del estrés. Todo debe llevarse a cabo inmediatamente y de prisa, no puede existir margen de error y no hay lugar para la imperfección. El tipo A vive en constante estado de alarma y esto somete sus sistema circulatorio a una permanente excitación. Las constantes descargas de adrenalina y la incapacidad de relajación provocan un deterioro del estado funcional del organismo y unos requerimientos de oxígeno muy por encima de los normales.
  • En la personalidad tipo B existe una aceptación negativa de todo lo que acontece y se cree en una predeterminación de todo. La vida carece de sentido positivo y, a pesar de que las cosas funcionen, se tiene la sensación de que todo está abocado al fracaso. "Si algo puede ir mal, irá mal". El tipo B se provoca un estado de sufrimiento perpetuo que impide una vida relajada y feliz, ni siquiera esporádicamente, necesaria para que el organismo funcione de forma correcta.
  • La personalidad tipo C, desgraciadamente la menos frecuente, sabe aceptar los estímulos nocivos sin dejarse llevar por ellos, los considera una parte de su vida, pero no se obsesiona, y procura disfrutar al máximo de la vida. El tipo C cuida su mente y su cuerpo para que las reacciones que deben contrarrestar los estímulos a que puede verse sometido no desgasten su capacidad ni generen trastornos que pueden abocarle a un estado de tensión no controlable. Como se ha dicho, si lo que puede atormentarnos es un problema, todos los problemas pueden tener solución; si lo que puede agobiarnos es un hecho consumado, ¿para qué agobiarse? Para bien o para mal, no tiene solución inmediata.
Si pertenecemos a aquellos tipos que no pueden escapar de la tensión cotidiana y nuestra vida está condicionada por una respuesta exagerada a todo lo que nos afecta en el día a día, deberíamos intentar buscar apoyo psicológico para cambiar el chip, aprender técnicas de relajación y convencernos de que si no conseguimos redirigir nuestra actitud frente a la vida, no sólo viviremos mal si no que probablemente  viviremos menos.

EL TABACO




Fumar es un factor de riesgo que tiene estadísticamente una relación muy íntima con la arteriosclerosis coronaria y, por tanto, con el riesgo de sufrir angina de pecho e infarto de miocardio. Según la Asociación Americana del Corazón, el hábito de fumar es la "causa prevenible más importante de muerte prematura en Estados Unidos".




El tabaco es un factor determinante en la aparición de placas arterioscleróticas. Estas placas endurecen la lisa superficie de las paredes arteriales, alteran el flujo de sangre disminuyendo su velocidad y aumentando su turbulencia y pueden favorecer la formación de coágulos.

Esto se traduce en un incremento del riesgo de sufrir infarto de miocardio o angina de pecho. Cuando aumenta la demanda de oxígeno y hay un desequilibrio en el binomio contracción-relajación arterial, puede no verse cubierto el aporte de sangre necesario al corazón.



El peligro de un infarto está íntimamente relacionado con el número de cigarrillos y el tiempo que se fuma. Así, se observa que los fumadores de un paquete diario tienen el doble de riesgo de sufrir un infarto de miocardio que los no fumadores. Además, las lesiones coronarias que presentan los fumadores acostumbran ser más severas y más extensas que en los no fumadores.

Por otra parte, la nicotina estimula al cerebro para secretar adrenalina, hormona que acelera la frecuencia cardíaca aumentando las necesidades de oxígeno del corazón y la fuerza de bombeo de sangre. Esta reacción en presencia de arterias coronarias lesionadas puede desencadenar una angina de pecho o un infarto de miocardio. Hay que decir también que la adrenalina puede producir arritmias y es un potente vasoconstrictor, lo que aumenta la presión arterial, sumando así un nuevo factor de sobrecarga para el corazón.



En esta lista de agraviso hay que añadir que el monóxido de carbono, un componente del humo del cigarrillo, desplaza el oxígeno en las moléculas transportadoras de este gas reduciéndolo casi un 20%.

También hay que explicar que en el humo del tabaco que se inspira existen numerosas sustancias tóxicas que no sólo afectan a las arterias. El hecho de fumar disminuye la tolerancia al ejercicio, reduce la tasa sanguínea del colesterol bueno (HDL) y aumenta la frecuencia cardíaca basal y la presión arterial, y por tanto los requerimientos de oxígeno del corazón.



En el humo del tabaco se han identificado hasta 43 sustancias cancerígenas. Fumar incrementa el riesgo de desarrollar cáncer de pulmón, de laringe y de la cavidad oral, así como asma, enfisema, diabetes y úlceras de estómago.



Muchas de estas patologías pueden ser parcialmente reversibles al dejar de fumar. Si algunas personas notan efectos no deseados al abandonar el tabaco (irritabilidad, tos, dolores de cabeza, incapacidad para concentrarse o constipación), han de saber que están asociados a la falta de nicotina y son transitorios. Con fuerza de voluntad se pueden superar estos momentos complicados, pues la clave es la concienciación profunda y constante de los beneficios inmensos que tiene el hecho de dejar de fumar. Está claro que el riesgo de fumar es multifactorial y los desórdenes que provoca son todos ellos muy graves. 


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