sábado, 25 de febrero de 2012

EL CORAZÓN (XIII)


LA DIETA

Otro factor modificable en la prevención de las enfermedades cardiovasculares es la dieta. Una dieta saludable es esencial para mantener los niveles de colesterol dentro de límites normales, evitar el sobrepeso, la obesidad y prevenir la hipertensión arterial, todos ellos factores de riesgo relevantes para desencadenar arteriosclerosis coronaria.



Una dieta sana para mantener un corazón sano debe ser abundante en fibras y en alimentos antioxidantes, baja en sal y pobre en grasa no saturada, azúcar y alcohol.




La fibra, además de mejorar la digestión y regular el tránsito intestinal, reduce los niveles sanguíneos de colesterol y retarda la absorción de azúcar, con lo que se previene la arteriosclerosis. La fibra la encontramos principalmente en verduras, frutas, legumbres y cereales integrales.



El consumo de grasas es necesario para el organismo, pero se debe disminuir el consumo de las grasas saturadas de origen animal y vegetal, como la leche, la carne roja, la mantequilla y el queso, porque aumentan los niveles de colesterol y triglicéridos. Por otro lado, las grasas no saturadas como el pescado, el aceite de oliva y derivados de la soja, con alto contenido en ácidos grasos omega, impiden el deterioro de las arterias y contribuyen a mantener una circulación correcta.



El consumo de sal debería reducirse al máximo. El sodio favorece la retención de líquidos y predispone a una elevación sostenida de las cifras de tensión arterial. Todos los alimentos envasados y muchas bebidas gaseosas tienen notables concentraciones de sal, por lo que se debería reducir su consumo.



Una dieta sana aconseja disminuir la ingestión de azúcar refinado. Es recomendable, en cambio, la ingestión de sustancias antioxidantes, como determinadas vitaminas (E y C) y componentes vegetales. La vitamina E está presente en frutos secos, germen de trigo y aceites vegetales, y la vitamina C en cítricos y tomate. 



Son saludables productos vegetales como el licopeno y el betacaroteno del tomate y la zanahoria y compuestos fenólicos presentes en el té y la uva. 



El zinc y el selenio, y los compuestos azufrados que contienen el ajo y la cebolla son excelentes antioxidantes y previenen la enfermedad arteriosclerótica si se consumen de forma continuada.



EL COLESTEROL



El colesterol es uno de los cuatro tipos de grasa que circulan por nuestra sangre. Como el colesterol es insoluble, circula unido a lipoproteínas (moléculas que contienen grasas y proteínas a la vez). Éstas se desplazan por la corriente sanguínea con el cargamento de colesterol.



Hace algún tiempo se diferenciaron dos tipos de lipoproteínas, muy ricas en colesterol y que además lo transportan: las lipoproteínas de baja densidad (LDL), que se han asociado con la arteriosclerosis, y las lipoproteínas de alta densidad (HDL), a las que se considera responsables de eliminar el colesterol de las arterias y de transportarlo al hígado para que sea eliminado.



El colesterol es esencial para la producción de bilis, tejido nervioso y ciertas hormonas. El organismo lo extrae de los alimentos y además lo fabrica en el hígado. Nuestro organismo produce más o menos colesterol en relación inversa a su consumo: cuanto más se consume, menos produce, y viceversa. Cuanto más colesterol haya en nuestra dieta, más posibilidades hay de que acabe depositándose en las arterias.

El médico alemán Virchow 

Fue a finales del siglo XIX cuando el médico alemán Virchow descubrió la relación entre colesterol y arteriosclerosis. Se alimentaron conejos con una dieta alta en colesterol y se observó la aparición de placas en las arterias. También apuntó la posibilidad de que, alterando la dieta, se podría evitar la concentración de grasas en sangre. Además se observó en simios cómo un cambio de dieta grasa a otra pobre en grasa era capaz de cicatrizar algunas placas arteriales.



Aunque esta relación entre dieta y niveles grasos no ha podido demostrarse en humanos, hay hechos que permiten sospechar que sí existe cierta conexión.



Durante la segunda guerra mundial, cuando la carne y la leche prácticamente habían desaparecido en la dieta de los países europeos en guerra, se constató un descenso importante en el número de infartos que afectaban a la población. La enfermedad volvió a niveles anteriores cuando, al finalizar la contienda, se restableció la dieta prebélica.



Un estudio para establecer la relación dieta-arteriosclerosis que se llevó a cabo entre 1950 y 1960 demostró que las naciones que consumían una mayor cantidad de grasas animales tenían una incidencia muy alta de enfermedad coronaria, y que ésta, en cambio, era muy baja en Japón, donde se consumían muy poca grasa. 




Por otro lado, durante la guerra de Corea, las autoridades sanitarias estadounidenses descubrieron una incidencia preocupantemente elevada de lesiones coronarias en los soldados jóvenes muertos en acto de servicio, probablemente alimentados en su adolescencia y juventud con comida "basura".




Lo ideal para la salud es mantener una tasa de colesterol en sangre igual o inferior a 200 mg/dl y se considera que la relación HDL-LDL es un buen índice de riesgo cardiovascular. Hay estudios que asocian bajos niveles de HDL con el riesgo de enfermedad coronaria.



Se han encontrado niveles bajos de HDL en fumadores, obesos y sedentarios, y niveles altos en deportistas de élite. Los estudios también muestran la relación del sexo femenino con niveles altos de HDL, por lo menos hasta la menopausia, lo que explicaría el menor número de mujeres afectadas por esta enfermedad, a pesar de estar sometidas a factores de riesgo importantes. Esta protección hormonal de la mujer desaparece con la llegada de la menopausia, cuya aparición puede acelerarse por el humo del tabaco.

EL AZÚCAR



Mucha gente que consume azúcar en grandes cantidades presenta niveles de triglicéridos (grasa en sangre) altos, ligados a la enfermedad coronaria.



Los diabéticos, incapaces de producir insulina para metabolizar el azúcar, presentan unas cifras elevadas de triglicéridos responsables de formar placas arterioscleróticas. Por este motivo, la probabilidad de infartos de miocardio en diabéticos es tres veces mayor que en no diabéticos. Una dieta baja en colesterol, hidratos de carbono y grasas saturadas debe ser algo obligatorio en pacientes diabéticos para evitar o retrasar la aparición de la enfermedad coronaria.

En las personas diabéticas no sólo enferman las arterias de la superficie del corazón, que por su situación y tamaño son las más susceptibles de poder recibir un bypass, sino que además las arterias pequeñas intramiocárdicas pueden presentar alteraciones parietales que hagan inviable el éxito de un bypass. Los pacientes diabéticos deben, por tanto, además de tener un cuidado especial en el tratamiento de su enfermedad, erradicar completamente de su forma de vida cualquier otro factor de riesgo de enfermedad coronaria.

EL ALCOHOL



El consumo de alcohol eleva los niveles de triglicéridos en sangre y la presión arterial. Asimismo, las calorías ingeridas sin aporte alimenticio predisponen al aumento de peso y, en determinados individuos, a la obesidad. El alcohol es también un factor importante en la aparición de arritmias cardíacas y en individuos con especial hipersensibilidad al alcohol puede generar una desestructuración irreversible del músculo cardíaco.



Siempre hay que beber con moderación, porque si existe predisposición individual a padecer alteraciones cardiovasculares por alcohol, las disfunciones pueden ser muy graves, incluso con una ingesta mínima. Por este motivo, la Asociación Americana del Corazón recomienda a todas aquellas personas que no beben, que no empiecen a hacerlo.

Últimamente se han descrito en algunas revistas científicas y paracientíficas los beneficios que pueden obtenerse de un consumo de alcohol moderado, especialmente del vino tinto. Se está estudiando cuáles podrían ser estos beneficios en determinados grupos demográficos. El efecto más conocido es un ligero aumento del llamado "colesterol bueno" (HDL), efecto que puede obtenerse también mediante la práctica de ejercicio físico regular.



Este supuesto efecto beneficioso de ciertos componentes del vino tinto, como los flavonoides u otros agentes antioxidantes, no ha sido determinante a la hora de considerarlos protectores ante las enfermedades cardiovasculares. Por esta razón, la mencionada Asociación Americana del Corazón no recomienda beber vino o cualquier tipo de alcohol como prevención de lesiones en el sistema circulatorio.

Hay que aceptar que un consumo pequeño y equilibrado de alcohol seguramente no es perjudicial para el corazón. Sin embargo, este hecho, sumado a otros factores, es un riesgo añadido que debería controlarse, especialmente en aquellos pacientes con predisposición individual a la enfermedad cardiovascular.


No hay comentarios:

Publicar un comentario