domingo, 26 de febrero de 2012

EL CORAZÓN (XIV)

LA TENSIÓN ARTERIAL


La tensión arterial es la presión que se genera en las arterias. Esta presión es la misma en todas las arterias del cuerpo humano, sea cual sea su tamaño y localización.



Existen dos factores que condicionan el grado de tensión: el volumen de sangre expulsado con cada latido y la resistencia que encuentra la sangre a su paso por las arterias. Podemos decir, por tanto, que todo aquello que aumente el volumen de sangre circulante o que produzca una rigidez o estrechamiento de las arterias incrementando las resistencias periféricas supondrá un aumento de la presión arterial, un aumento de la fuerza de contracción para vencer las resistencias y, por tanto, un aumento de los requerimientos de aporte de oxígeno al músculo cardíaco.


La hipertensión arterial es una de las principales causas de lesiones arteriales, al traumatizar la pared del vaso sanguíneo se la mantiene a presiones excesivas que dañan su fina pared interna. 






En nuestro país, un 30% de la población sufre hipertensión arterial sin causa conocida. Esta enfermedad no sólo afecta las arterias coronarias (cinco veces más frecuente en hipertensos), sino también las arterias cerebrales y las renales están expuestas a las secuelas del aumento de presión arterial.






La hipertensión arterial es una enfermedad silenciosa durante mucho tiempo, que puede no manifestarse hasta que las lesiones que ha producido son causa de enfermedad y requieren una actuación médica urgente. Por este motivo resulta necesario realizar una prevención activa mediante chequeos periódicos a partir de los 40 años.



Así, gracias a la identificación y tratamiento de los hipertensos ha disminuido la incidencia de infarto de miocardio, accidentes vasculares cerebrales y lesiones renales irreversibles.


Por otro lado, la hipertensión arterial obliga al corazón a bombear con más fuerza para que la sangre circule. como consecuencia, las arterias se endurecen y son más frágiles. El aumento de resistencias que tiene que vencer la circulación de la sangre por estas arterias engrosadas hace que el músculo cardíaco se hipertrofie (aumente de grosor), con lo que resulta más dificultosa la irrigación y oxigenación de su masa muscular.


Eventualmente, este círculo vicioso puede hacer que el corazón fracase y entre en insuficiencia cardíaca (incapacidad para que la circulación mantenga la irrigación de los tejidos) por la imposibilidad de superar resistencias periféricas elevadas. A este estado se añade muchas veces una enfermedad coronaria que empeora más el cuadro clínico.



Sin embargo, hay que decir que existen factores sobre los que podemos actuar para limitar y normalizar la presión arterial. La disminución o abolición del consumo de sal, por ejemplo, evita la retención de líquido, disminuyendo, por tanto, el volumen de sangre circulante y los valores de presión arterial. Otros factores que desempeñan un papel importante en el aumento de la presión arterial son la obesidad, la nicotina y la historia familiar (genética), factores sobre los que se debería actuar para normalizarlos y así intentar controlar la tensión arterial con ayuda de medicación específica.




EL EJERCICIO FÍSICO


Un estudio iniciado en Harvard en 1963 demostró que los inmigrantes irlandeses de Estados Unidos tenían afecciones cardiovasculares más frecuentes y más graves que sus familiares directos que habían permanecido en Irlanda, a pesar de que éstos consumían una dieta más rica en colesterol y grasas que sus hermanos en Estados Unidos. ¿Por qué? La respuesta vino después de observar que los irlandeses en su país trabajaban físicamente más y más duro que sus familiares en Norteamérica.


Actualmente, la relación entre salud y ejercicio físico es incuestionable. Los beneficios que se obtienen practicando una actividad física periódica no se reducen a mejorar nuestra salud cardiovascular, sino que también abarcan muchas otras áreas de nuestro organismo.


Entrenar al corazón reduce el riesgo de padecer cardiopatías, especialmente si el ejercicio va acompañado de otras medidas que eviten o disminuyan el riesgo cardiovascular. La práctica periódica de un ejercicio moderado puede tener consecuencias inmediatas en la reducción de factores de riesgo como la diabetes, la hipertensión, el colesterol y el sobrepeso, además de aumentar la autoestima, que es imprescindible para luchar contra el estrés.


La actividad física más adecuada para el corazón es la denominada "aeróbica", es decir, aquella que por su intensidad requiere principalmente de oxígeno para su práctica. El ejercicio aeróbico utiliza mucha masa muscular, a la vez que nos permite aumentar gradualmente nuestra frecuencia cardíaca y respiratoria y mantenerlas a un nivel alto sin llegar a la estenuación. Éste es el entrenamiento que mejora el consumo de oxígeno y resulta más beneficioso para la actividad cardíaca y muscular en general.


Hay que señalar que antes de iniciar un programa de actividad física es necesario tomar ciertas precauciones e incluso consultar con un médico si tiene problemas osteoarticulares, si es diabético, si ha tenido o tiene problemas cardíacos, si es hipertenso, si es obeso o si fuma.




Un ejercicio aeróbico periódico que puede realizar si ha recibido el visto bueno de su médico de cabecera, podría consistir en caminar, ir en bicicleta, nadar o bailar. Se trata, en definitiva, de llevar a cabo una actividad no muy exigente y que requiera utilizar grandes grupos musculares.


Por otro lado, hay que prestar atención también al tiempo que se dedica al ejercicio. Se empezará realizando el tipo de ejercicio escogido unos 20 minutos diarios aumentando progresivamente su intensidad. Es importante vigilar que la frecuencia del pulso no sobrepase la llamada "frecuencia cardíaca de entrenamiento". Dicha frecuencia varía con la edad y se sitúa entre los 100 y los 150 latidos por minuto de los 20 a los 30 años, entre los 85 y los 130 latidos por minuto de los 35 a los 50 años, y entre los 75 y los 115 latidos por minuto de los 60 a los 70 años.



Hay que intentar alcanzar estos valores progresivamente, nunca al poco tiempo de haber iniciado el ejercicio. De la misma manera, el tiempo dedicado a la actividad física deberá ir aumentando lentamente teniendo presente que caminar o nadar 20 o 30 minutos tres o cuatro veces por semana es más que suficiente para mantener el corazón sano y entrenado.



Para evitar contracciones dolorosas de los músculos al acabar el ejercicio, éste debe reducirse progresivamente hasta finalizarlo por completo. Así se consigue diminuir la frecuencia cardíaca y la actividad muscular de forma gradual.




Recuerde: usted debería elegir un programa adecuado a sus posibilidades de tiempo y preferencias; el tipo de ejercicio que elija puede hacerlo solo o en grupo y, si lo prefiere, bajo la supervisión de un instructor en un gimnasio, pero repito que nunca debería iniciar un programa de ejercicios periódicos sin el visto bueno de su médico de cabecera o de aquellos especialistas que su médico considere oportunos; no sobrepase nunca durante el ejercicio la frecuencia cardíaca de entrenamiento que por su edad debe alcanzar, así evitará agotarse y que el ejercicio sea perjudicial.





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