jueves, 8 de marzo de 2012

EL GRAN RETO

Pese a los enormes avances realizados por la investigación neurocientífica, seguimos sin comprender qué nos hace conscientes o qué determina nuestro comportamiento.


El Congreso de los Diputados, a petición de la Sociedad Española de Neurociencia (SENC), declaró el 2012 Año de la Neurociencia en España. Esta iniciativa ofrece una oportunidad extraordinaria para dar un impulso a la investigación neurocientífica española. Desde la SENC han deseado transmitir los progresos realizados  en el estudio del cerebro a la vez que ilustrar cuánto queda por hacer. Asimismo quieren hacer partícipes a la sociedad civil de que el progreso de la ciencia, en concreto de la neurociencia, resulta fundamental para el desarrollo como seres humanos, por lo que es tarea de todos afrontar el enorme desafío que plantea el estudio del cerebro. De hecho, solo a través de los estudios neurocientíficos se podrá llegar a curar enfermedades como el alzhéimer, la depresión o la esquizofrenia.


Si uno siente la curiosidad de mirar en Wikipedia si acaso hay una lista de problemas neurocientíficos sin resolver, encuentra que, efectivamente, la hay. Sin embargo, esta lista se vio discutida en su día. Mientras algunos opinaban que el enigma neurocientífico esencial era el correlato neuronal de la conciencia, otros, más drásticos, clamaban que todos los problemas en neurociencia están sin resolver. Si bien uno puede pensar que en cualquier campo científico existen infinidad de problemas sin resolver, ello resulta más evidente en lo que atañe al cerebro, y más concretamente al cerebro humano, puesto que desconocemos muchos de los aspectos más básicos de su funcionamiento. Al enigma de las bases neuronales de la conciencia se le suman otros. Seguimos sin comprender el modo en que el cerebro aprende o recuerda, por qué el sueño resulta imprescindible o cómo el cerebro integra la información sensorial (recibida a veces de forma distorsionada o fragmentada) en forma de percepción completa y correcta.


Así pues, si tuvieramos que enumerar los retos que la neurociencia tiene por delante, se podría decir que se necesita expandir nuestro conocimiento sobre la percepción, el aprendizaje, la plasticidad cerebral y todos los mecanismos cognitivos que finalmente determinan nuestra conducta. Cómo se genera este comportamiento es también una cuestión relevante. Naturalmente, estas propiedades emergentes surgen de la interacción entre moléculas, neuronas y circuitos. En la actualidad disponemos de información detallada del modo en que estos elementos interactúan , constituyendo bloques fundamentales de organización cerebral. Pero desconocemos todavía la forma en que estos circuitos y sistemas permiten a un individuo realizar tareas, si bien sencillas, con gran precisión.

Ramón y Cajal 

El siglo XX fue la época de oro de la neurociencia. Las exquisitas descripciones de Ramón y Cajal acerca de la estructura del sistema nervioso y la enunciación de la teoría neuronal, por un lado, y la ley de polarización dinámica, por otro, sentaron las bases de la neurociencia moderna. Durante muchos años, los expertos no hicieron otra cosa que corroborar, con las nuevas técnicas disponibles, lo que Cajal había postulado. Más tarde llegaría una plétora de grandes descubrimientos: la generación y conducción del impulso nervioso, los neurotransmisores, las bases y reglas de la comunicación neuronal, muchos de los genes que determinan el desarrollo neural, etc...


Todo ello ha sido posible gracias a la emergencia de lo que hoy se llama neurociencia, que no es otra cosa que el conjunto de disciplinas científicas al servicio común de entender el sistema nervioso. La neurociencia, por tanto, informa sobre el funcionamiento de nuestras sensaciones, pensamientos, emociones, sobre nuestra conducta, nuestra creatividad e inteligencia. A las clásicas anatomía y neurofisiología  se han unido la neuroquímica, la neurobiología molecular, la psiquiatria, la neurofarmacología y la bioinformática, entre otras. Los avances en neurociencia resultan fundamentales para comprender nuestra naturaleza humana. Asimismo, constituyen la única vía para obtener medios con los que combatir enfermedades neurológicas y mentales que causan un gran sufrimiento, a parte de acarrear importantes costes económicos, personales y sociales.


Pero no solo eso. El conocimiento neurocientífico ha de tener un alto impacto en nuestra forma de vida y relaciones sociales. Los sistemas de enseñanza deberían estar adaptados a la capacidad cerebral de aprender. Los planes de estudio habrían de optimizarse de acuerdo a determinadas pautas biológicas cerebrales. Ya es reconocido que el entorno social  en el que el niño se desenvuelve parece influir en el desarrollo de su cerebro. Estudios neurocientíficos en humanos y modelos animales han demostrado que la salud mental o el rendimiento académico pueden verse afectados por el nivel socioeconómico de la familia. Este hallazgo podría poner en cuestión la llamada igualdad de oportunidades porque, si bien estos efectos son en parte reversibles, hay aspectos de la estructura cerebral que quedan afectados.



Autor: Juan Lerma. Presidente de la Sociedad Española de Neurociencia y director del Instituto de Neurociencia del CSIC y la Universidad Miguel Hernández.

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