martes, 13 de marzo de 2012

TRASTORNO BIPOLAR


Las enfermedades mentales sufren el doble estigma social de ser tan desconocidas como temidas. Por este motivo, existe contra ellas una mezcla explosiva de prejuicio, incomprensión y oscurantismo a partes iguales. Para el público profano, maníaco es sinónimo de asesino en serie o de ser humano asocial y violento, capaz de armarse con un kalashnikov y matar a 20 indefensos niños en el interior de una escuela. O tal vez psicópata de personalidad metódica, febril y violenta -al más puro estilo de Hannibal Lecter o Jack el Destripador-, digno de las mayores atrocidades contra la humanidad. Por suerte nada tiene que ver la leyenda mediática, cinematográfica o novelesca con el desorden químico del trastorno bipolar. La enfermedad afectiva bipolar, integrada dentro de los trastornos del estado de ánimo, se caracteriza porque el paciente sufre episodios eufóricos o maníacos (-no maniáticos y durante los cuales el individuo no corre el peligro de transformarse en un psicópata sanguinario-) seguidos de fases depresivas. Los afectados son hombres y mujeres cuyos mecanismos que regulan el estado de ánimo no funcionan de forma correcta, viéndose abocados a oscilaciones exageradas, en forma de exaltación e hiperactividad o desolación y abatimiento, sin que exista ninguna correspondencia evidente con los acontecimientos externos.



¿POR QUÉ SUCEDE ESTE TRASTORNO?

Es inherente al ser humano soportar altibajos en el estado de ánimo que lo llevan de la felicidad a la tristeza (pasando por la ira, el enfado o el optimismo), en tanto que las emociones son una parte esencial de la vida diaria. Pero quienes padecen el trastorno bipolar sufren una condición médica por la que se ven sometidos a cambios bruscos y desproporcionados en el humor, sin que ello esté directamente relacionado con los acontecimientos de la vida. Afectando así a sus sentimientos, pensamientos, afectos, comportamiento y salud física.



¿EN QUÉ CONSISTE?

Se trata de un trastorno caracterizado por la presencia de episodios reiterados (al menos dos) en los que el estado de ánimo y los niveles de actividad del enfermo se ven profundamente alterados: unas veces "arriba" y otras hacia "abajo". Su causa es indiscutiblemente endógena (orgánica o biológica).


Lo más característico es que se pueda observar dos alteraciones bien diferenciadas. En primer lugar, una exaltación del estado de ánimo (que puede durar semanas o meses), acompañadas de una gran vitalidad, exceso de confianza, irritabilidad, hiperactividad, locuacidad y, en algunos casos, ideas delirantes: se llama fase eufórica o episodio maníaco. El paciente puede adoptar distintos tipos de euforia (hipertimia o hipomanía, por ejemplo) y cómo en función de su intensidad, se pueden agrupar en distintas formas bipolares.



Superada la fase maníaca, al enfermo le invade una terrible apatía, ausencia de interés por todo, ansiedad, cansancio, poca fuerza de voluntad, tristeza, falta de apetito, melancolía y sensación de fracaso. Es lo que se conoce como fase depresiva, y es muy distinta, en cuanto a síntomas e intensidad, de las depresiones exógenas (o reactivas) que pueda padecer cualquier individuo no bipolar.



TRASTORNO ORGÁNICO 
CON DISTINTAS INTENSIDADES...

Llegados a este punto se dice que el desorden bipolar es un trastorno orgánico (no psicológico) que se caracteriza por estados de ánimo cambiantes que fluctúan entre dos polos completamente opuestos: la manía -elevación del estado de ánimo: caracterizada por fase eufórica, hiperactividad e irritabilidad- y la depresión -descenso del estado de ánimo caracterizado por melancolía, tristeza, abatimiento, desgana-. Con toda una escala de estados intermedios que varía según la gravedad.

A pesar de lo dicho, no todas las personas que sufren el trastorno bipolar son víctimas de los dos ciclos de la enfermedad completa. Hay quienes solo sufren despresiones o solo manías. Por eso es por lo que lo psiquiatras distinguen entre trastorno bipolar y unipolar -o monopolar.

INICIO, DURACIÓN 
Y FACTORES DETONANTES

Los episodios de manía comienzan, por lo general, de forma brusca y se prolongan durante un período de tiempo que oscila entre dos semanas y cuatro o cinco meses. En la actualidad, y gracias a los modernos fármacos antipsicóticos (también llamados neurolépticos o antimaníacos), los psquiatras estiman una duración que se sitúa en torno a los 45 días. Las depresiones tienden a persistir más (en torno a seis meses, con distinta intensidad), aunque rara vez se prolongan más de un año, excepto en personas de edad avanzada.



Por lo general, aunque no siempre, ambos episodios sobrevienen a raíz de acontecimientos estresantes, traumas psicológicos o situaciones sorprendentes en la vida del enfermo. Aunque su presencia o ausencia no es esencial para el diagnóstico, los especialistas los denominan elementos detonantes y no tienen por qué comportar circunstancias negativas. A cada persona le "estresa" o "emociona" un hecho o situación particular: en los bipolares puede ser igualmente desencadenante la pérdida de un trabajo que un ruptura sentimental, como el nacimiento de un hijo.

DE LA PSICOSIS MANÍACO-DEPRESIVA AL TRASTORNO AFECTIVO BIPOLAR

Aunque la enfermedad sea la misma, su nomenclatura puede condicionar la aceptación social, evitando equívocos peyorativos que puedan llegar a estigmatizar al paciente. Hoy día, lo que antes se conocía como PMD (Psicosis Maníaco Depresiva) ha pasado a convertirse en una "enfermedad respetable". Se ha sacudido de encima el adjetivo "psicótico" y se ha situado en el más asumible grupo de los trastornos afectivos. Ha adquirido un sonido más aséptico, menos ofensivo y desprovisto de connotaciones indeseables. Desde hace varias décadas, la Organización Mundial de la Salud, la redenominó TAB (Trastorno Afectivo Bipolar).

ENFERMEDAD CRÓNICA 
Y TRATAMIENTO CONTINUADO

Se trata de una enfermedad crónica, aunque, afortunadamente, el paciente tiene largos períodos de recuperación, mejoría y estabilización, pero también es cierto que atraviesa etapas de recaída, tanto hacia el polo eufórico como hacia la fase depresiva. Por este motivo, la persona que haya padecido un episodio de manía o hipomanía (manía moderada), aunque haya sido solo uno, debe tomar precauciones el resto de su vida, para evitar la repetición de las descompensaciones y lograr el equilibrio emocional.

Es un trastorno que requiere tratamiento médico de por vida (al igual que un diabético necesita insulina), con fármacos que mantienen compensado el estado de ánimo (y los mecanismos que lo regulan). En contra de lo que pudiera parecer, en la mayor parte de los casos no se trata de una enfermedad que invalide a quien la padece para llevar una vida normal, aunque sí le obliga a tomar ciertas precauciones tales como: medicamentos, hábitos de vida, manejo del estrés....

¿QUÉ SUCEDE SI SE ABANDONA 
LA MEDICACIÓN?



Uno de los principales problemas en el tratamento y evolución del trastorno bipolar radica en que el enfermo, cuando se encuentra bien (esto es, cuando se estabiliza su humor), tiende a abandonar la medicación y a dejar de visitar al psiquiatra. Se cree curado y piensa que nunca más volverá a repetir la descompensación, cosa de todo punto incierta. Si el paciente no se medica con reguladores del estado de ánimo, corre el riesgo de continuas recaídas, así como de un agravamiento del trastorno. Para una evolución positiva de la enfermedad, resulta imprescindible un seguimiento médico, un tratamiento crónico y una profilaxis de vida.

¿CUÁNTA GENTE PADECE 
EL DESORDEN BIPOLAR?


Estudios recientes revelan que la incidencia de este trastorno en la población es de un 5% o superior (aunque otros autores contemplan cifras en torno al 2%), con recurrencias permanentes durante toda la vida. Otros estudios más específicos aseguran que entre el 3 y el 6% de la población mundial parece mostrar algún tipo de inestabilidad anímica en su formas menos severas -como ciclotimia o distimia), sin distinción de razas, climas o entornos sociales. Si a estos casos le añadimos las cifras de quienes padecen el trastorno bipolar, alcanzaríamos una cifra del 5%, que abarcaría la totalidad del espectro de los trastornos afectivos.


Esto significaría que la población bipolar en España puede oscilar entre 800.000 y 2.000.000 de afectados. Lo más terrible es que solo están diagnosticados poco más de la mitad de los enfermos, especialmente aquellos en los que la euforia es moderada y pasa por ser una "peculiaridad" -o rareza- del carácter del enfermo.

No se sabe a ciencia cierta si cada vez hay más bipolares o la frecuencia ha sido idéntica a lo largo de la historia. Los factores decisivos, a la hora de conocer la incidencia de la enfermedad, son: el resultado de mejores y más modernas técnicas de diagnóstico, los avances genéticos y psiquiátricos, una mayor disponibilidad de información, así como el aumento de nivel cultural medio de la población. Lo que sí es cierto es que cada vez se diagnostican más casos de trastornos del estado de ánimo en individuos que, en otro tiempo, hubieran pasado por "locos", "raros", "especiales" o "impredecibles".

DIAGNÓSTICO Y EDAD DE INICIO


El diagnóstico temprano suele ser poco frecuente, ya que los episodios son malinterpretados como trastornos de conducta, siendo con asiduidad confundidos con esquizofrenia, depresión, etc... La edad de inicio del trastorno afectivo bipolar se sitúa entre los 15 y los 19 años, ocurriendo de forma muy poco común antes de los 12. Varios estudios nos dicen que entre un 20 y un 40% de los pacientes han experimentado su primer episodio durante la adolescencia, y solo un 10% de todos los pacientes bipolares sufren su primera descompensación, en forma de depresión mayor o manía, después de los 50 años.

¿A QUIENES AFECTA?



A diferencia de otros trastornos afectivos, la bipolaridad incide en ambos sexos casi de la misma forma. El primer episodio de hombres suele ser maníaco, mientras que en las mujeres, la costumbre es que sea el depresivo. Si nos ceñimos al cómputo total, podíamos decir que en el 60% de los casos el primer episodio que presentan los enfermos suele ser depresivo.

El nivel socioeconómico alto, en algunos casos, puede llegar a convertirse en un factor de riesgo. Otras situaciones de peligro son: el divorcio, la soledad, la adicción al alcohol o las drogas, antecedentes familiares de la enfermedad...

El desorden bipolar no hace culpable de negligencia alguna a quien lo padece, ni se debe a una personalidad débil o inestable, ya que los propios enfermos bipolares se muestran incapaces de gobernar sus propias emociones. Se trata de una enfermedad endógena, que tiene un tratamiento médico específico que ayuda no a combatirla -es decir, no tiene cura definitiva y total-, pero sí a sobrellevarla.

FRECUENCIA DE LAS CRISIS 
Y PERÍODOS SILENTES

Los episodios de manía y depresión presentan un marcado carácter recurrente a lo largo de la vida del sujeto, aunque, con el paso del tiempo, las crisis tienden a distanciarse unas de otras, así como a manifestarse con menor intensidad. Un rasgo habitual entre los pacientes bipolares pasa por aceptar estar enfermos si padecen la fase depresiva, pero se niegan a admitirlo cuando atraviesan el ciclo eufórico.


Es habitual que se produzca una recuperación completa entre los episodios aislados, aunque también es cierto que durante los períodos de intercrisis -o silentes- cerca de 1/3 de los enfermos presentan síntomas residuales, y solo una mínima parte de pacientes experimenta síntomas crónicos.

NO HAY PERSONALIDAD NOVELESCA, SINO TRASTORNO MÉDICO...

Hay una peligrosa tendencia a asociar un carácter "romántico" a este tipo de enfermedad. Aunque hoy se sabe que numerosos artistas: escritores, músicos, actores o políticos, han experimentado este desorden que afecta a los cambios del estado de ánimo, la única realidad pasa por admitir que se trata de una alteración química que precisa de un tratamiento específico, y olvidarse del halo de leyenda y fantasía que envuelve al trastorno.

LOS BIPOLARES 
DE ESTE NUEVO MILENIO

A pesar de todo lo dicho, un bipolar puede felicitarse de vivir en el siglo XXI y disponer de tratamientos que puedan combatir tanto sus ciclos maníacos como sus episodios depresivos y, de igual forma, conseguir regular su estado de ánimo gracias a un grupo de fármacos conocidos como eutimizantes o estabilizadores del humor. Si bien se trata de una patología grave, no es menos cierto que un tratamiento adecuado, así como una conciencia plena de la enfermedad -por parte del paciente y su entorno- permiten al bipolar llevar una vida prácticamente normal.

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