jueves, 5 de abril de 2012

CIUDADES PENSADAS PARA LAS NEURONAS

"En la ciencia la única verdad sagrada es que no hay verdades sagradas"
CARL SAGAN 
Cosmólogo y divulgador




¿LOS EDIFICIOS TIENEN 
UN INEVITABLE IMPACTO EN NUESTRO 
ESTADO DE ÁNIMO?


Vitruvio

La arquitectura es posiblemente lo más complejo y hermoso de nuestra humanidad. Porque en ella hay razón, poderosa razón y cálculo, pero también emoción y sentimiento en grado sublime. 




Y aún cuando pareciera, como dijo Vitruvio, que "la arquitectura es y debe ser una disciplina adornada de infinitas ciencias que posean seguridad, utilidad y belleza" y con ello cerrado todo su alcance, lo cierto es que hoy emergen preguntas nuevas que van mucho más allá de la arquitectura misma, al plantearnos en qué medida los edificios que se han construido y se están construyendo en nuestros espacios y ciudades, en donde nacen y se educan nuestros hijos, se trabaja, se aprende y se enseña, se envejece y se muere, modelan nuestro modo de sentir y pensar.



¿Es posible que las construcciones de cemento y ladrillo que vemos en nuestras ciudades sean un precipitado y casi inconsciente producto estético-económico realizado a espaldas de lo que es la verdadera naturaleza humana?




¿Pueden nuestras ciudades ser como zoos que violen los códigos cerebrales más fundamentales que son aquellos que elaboran nuestras satisfacciones de vida potenciando con ello la agresión, la insatisfacción, las depresiones y las enfermedades mentales? 




Vivir aglomerados en grandes ciudades, lejos de praderas extensas con horizontes abiertos o montañas con tierras vírgenes y árboles de formas y tamaños infinitamente diferentes ¿no altera el funcionamiento básico más natural del cerebro?




¿Acaso no ha sido en estos últimos entornos en donde se ha construido, a lo largo de millones de años, el cerebro humano?



Desde hace ya bastante tiempo se sabe que los habitantes de las grandes ciudades tienen unas tasas de ansiedad y neurosis, de estrés crónico y desde luego de enfermedades mentales, entre las que sobresale la depresión y la esquizofrenia. 




Y es más, hoy se sabe por estudios de resonancia magnética nuclear que esas personas tienen una actividad basal aumentada en diferentes áreas del cerebro emocional, particularmente de la amígdala, el detector constante de miedos, peligros y dolores. Y los mismo ocurre en esa otra área que es la corteza cingulada, que focaliza la atención y forma parte de la organización de toda conducta emocional y aún más allá en áreas como la insula anterior o la corteza orbitofrontal. Todas estas áreas cerebrales participan en la organización y control de esa cascada de mecanismos que se ponen en marcha cuando una persona percibe que se invade su espacio personal mínimo. 




De modo que, contrariamente a lo que tal vez podría esperarse, es decir, que las ciudades constituyesen, con sus construcciones y agrupamientos de gentes, un sistema de protección, seguridad y salud, esto se ha tornado en origen de patologías y enfermedades. 




Y junto a ello está ese enorme espectro de ruidos y olores de significados humanos y sociales, acústica y tráfico, calles, temperaturas, tactos y paredes y espacios reducidos. Y, más allá, los colores y el movimiento y las formas diversas tan alejadas de aquellos otros que conformaron el marco original de percepciones y emociones dentro del que se construyeron los códigos originales del funcionamiento del cerebro humano.



Pero volvamos específicamente a las construcciones que hace el hombre en sus ciudades. Y ahí, de nuevo, y aún a fuerza de ser repetido, ¿hasta qué punto las percepciones de las construcciones, sus diseños, los enormes rascacielos, las casas como bloques cuadrados, los palacios o las iglesias han podido ser castigo y premio en esa enajenación mental que producen las aglomeraciones de las gentes? 




De lo que no cabe duda alguna es de que la percepción de todo lo que nos rodea siempre genera una reacción emocional sutil o brusca y aguda, consciente o inconsciente, de bueno o malo, de atracción o rechazo, de acercamiento o huida, de desagrado o belleza, desprecio o amor, y, en las ciudades, los edificios que nos rodean no dejan de ser parte importante de ese marco cotidiano que envuelve toda percepción humana.


Dr. Jonas Salk
Se cuenta que el científico estadounidense Jonas Salk, fue probablemente uno de los primeros en avanzar la idea de que la investigación en neurociencia podría beneficiar a la arquitectura. A principios de los años 50 sintiéndose él mismo estancado en su progreso de investigación, decidió tomar un período de descanso en su trabajo y pasar un tiempo en la Abadía de Asís, en Italia. Y al parecer la arquitectura de la abadía fue tan estimulante para él que él mismo pensó que fue lo que le ayudó a superar ese impase en sus investigaciones cuando regresó a los EEUU. Tras ello Salk fue un impulsor de esa necesidad de diálogo entre arquitectos y estudiosos del cerebro para evaluar el tipo de experiencias que él tuvo en Asís. Y fue andando el tiempo, tras un largo período de pensamiento y meditación, que en la primavera de 2003, se creó en la ciudad de San Diego (EEUU.), la Academia de Neurociencia para la Arquitectura. Y allí nació la neuroarquitectura.



Esta disciplina pretende estudiar y profundizar principalmente la relación entre el funcionamiento del cerebro y el impacto que en la salud o en la enfermedad produce el diseño de los edificios que componen las ciudades. 




Edificios o construcciones, sean las que sean, desde industrias hasta granjas, escuelas o universidades, aulas o laboratorios, oficinas y despachos, hospitales convencionales, clínicas o residencias para enfermos crónicos, sean enfermos de Alzhéimer o de otras patologías incapacitantes, salas de conciertos o salas de exposiciones de arte, es decir, en todo aquello construido artificialmente por el hombre y en donde el hombre sano o enfermo vive.



¿Por qué obtienen mejores resultados los alumnos que aprenden en clases con enormes ventanales y mucha luz?




¿Por qué se recuperan mejor y más deprisa los enfermos en algunos modernos hospitales prototipo, en los que todo son espacios naturales y verdes?¿Por qué ciertos ambientes de ciudades o casas generan malestar, resentimiento, incomodidad y hasta agresión?




¿Por qué un determinado restaurante que no conocíamos previamente nos resulta agradable y acogedor y su comida especialmente excelente y no tanto otro cuya reputación de fina arquitectura, exquisito trato y buena comida pudiera ser superior?






¿Por qué nos sentimos bien en una iglesia hermosa o en los claustros de un espacioso monasterio? Y aún todo ello, ¿por qué esa misma iglesia, ese mismo restaurante, que resultan tan gratos para unos, no lo son tanto o incluso son desagradables para otros? 




Parece evidente que todas estas preguntas tienen que ver con el funcionamiento del cerebro. ¿Pero acaso esto no tiene también que ver con las arquitecturas que han creado y siguen creando en nuestro entorno las sociedades actuales?




UNIÓN CON EL CEREBRO



La neuroarquitectura está ahora dando algunas respuestas a estas preguntas al mostrar que el diseño de nuevas orientaciones y estructura de paredes y cambios en los niveles de iluminación y ruidos en las unidades de recién nacidos inciden beneficiosamente en el desarrollo sensorial y motor de los prematuros. Y también en los nuevos diseños estructurales en las casas de retiro más adelantadas que cuidan enfermos de Alzhéimer. O en las clases de alumnos de primaria que han comenzado a ser proyectadas con orientaciones y ángulos diferentes para las fuentes de luz natural, las ventanas, el aire o el ruido. Y, desde luego, también el estudio de las reacciones e impacto sobre el cerebro de cuidadores y profesionales. 




Lo cierto es que la neurociencia aporta, de un modo cada vez más acelerado, conocimientos acerca de cómo funciona nuestro cerebro en relación al mundo que nos rodea. Un mundo que va más allá de los otros seres humanos y se extiende al resto de la naturaleza y a todo aquello creado por el propio hombre. 




Esta unión íntima del funcionamiento del cerebro con respecto al entorno refiere precisamente a que este es una maquinaria que está constantemente cambiando en relación con los cambios de su medio. Nuestro cerebro es algo así como un órgano-esponja que absorbe toda percepción y emoción, y las transforma en nuevas configuraciones sinápticas.


TORRES SEARS EN CHICAGO
¿En qué medida, se preguntan arquitectos y neurocientíficos, pueden influir las arquitecturas más modernas actuales de nuestros cerebros para bien o para mal? 


LAS VEGAS (EEUU.)
Por ejemplo, ahora mismo, se dice que estamos en el boom de la construcción de rascacielos en el mundo; el nuevo Eurovegas quiere ser una megapolis de rascacielos pensados para el ocio, el entretenimiento y el juego. 


BURJ KHALIFA EN DUBAI
Y desde las antiguas torres Sears (que ya no lo son) en Chicago con 442 metros de altura hasta el Burj Khalifa en Dubai en los Emiratos Árabes con 828 metros de altura, o la Busan Lotte World Tower en Corea del Sur, que se terminará de construir en el año 2016, hay toda una nueva serie de rascacielos en construcción que sobrepasan alturas inimaginables. 


BUSSAN  LOTTE  WORLD  TOWER
EN  COREA  DEL  SUR
Y esta tendencia a la construcción de rascacielos, encaja con esa otra tendencia en la que se predice que las poblaciones de seres humanos en el mundo tenderán a vivir en las grandes ciudades. 


1. Empire State Building, New York; 2. Shanghai Tower, Shanghai, China; 3. Kingkey Finance Tower, Shenzhen, China; 4. Wuhan Greenland Center, Wuhan, China; 5. Kingdom Tower, Jeddah, Saudi Arabia; 6. Kamal Mixed-Use Development, Doha, Qatar; 7. Busan Lotte World Tower, Busan, South Korea; 8. Lotte Super Tower, Seoul, South Korea; 9. World One, Mumbai, India; 10. Burj Khalifa, Dubai, U.A.E.; 11. Al Hamra Firdous Tower, Kuwait City, Kuwait; 12. The Pentominium, Dubai, U.A.E.; 13. Guangzhou International Finance Center, Guangzhou, China; 14. Shanghai World Financial Center, Shanghai, China; 15. One World Trade Center, New York






Precisamente, los estudios de Naciones Unidas ya adelantan que de los más de 9.000 millones de seres humanos que posiblemente habiten la Tierra en el año 2050, más de 6.000 millones vivirán en ciudades. Es decir, así será para dos de cada tres seres humanos nacidos en los próximos 30 años. Y esto ha llevado a muchos arquitectos  a pensar, basándose en la sostenibilidad y la difícil comunicación social y de transportes, así como la seguridad, la salubridad, el agua y los alimentos y la energía, que el futuro de esas ciudades sólo será posible si se construyen "hacia arriba" y no en horizontal, es decir, vivir en futuros rascacielos.



Pero, ¿es posible hacer esto sin antes conocer en profundidad la fisiología del cerebro humano, sus códigos neuronales de funcionamiento? ¿Está el cerebro humano, tras millones de años viviendo y construyendo su naturaleza a ras de suelo firme, viendo, oliendo y tocando la naturaleza verde y mundo, diseñado para vivir por encima de las nubes y con sólo la permanente visión de azules infinitos?¿Pudiera ser este desconocimiento el origen de nuevas patologías nunca antes conocidas? 




Precisamente este es uno de los desafíos de la nueva neuroarquitectura. De modo que con ella aparece una nueva cultura que es aquella bajo la cual las mentes de los estudiantes y profesores de arquitectura deberán estar embebidas de esa idea nueva en la que para diseñar y construir un edificio se necesitará ir más allá de la estética, de la seguridad, de la facilidad para la comunicación social e incluir su impacto sobre la funcionalidad del cerebro humano  que lo ha de contemplar y habitar, y con ello mantener y potenciar la salud mental y social de las personas. Y todo esto empieza a ser una realidad. Ya en libros muy recientes se contempla esos nuevos paisajes neuronales.



Pero también es neuroarquitectura el estudio de los placeres generados por esas grandes arquitecturas de la cultura en que se vive. Y encontrar conocimiento en esa otra faceta de la arquitectura que es la que representa la belleza.



Es conocido el impacto mental que muchas construcciones y arquitecturas, por su diseño o su historia o su significado emocional, han tenido sobre el hombre, referido por Jonas Salk. De hecho, la arquitectura, para muchos, es la máxima expresión del arte. Y lo es, dicen, porque aunando el talento poderoso y máximo de la razón, con el fuego emocional del placer, se produce esa apreciación de belleza que emerge y rompe los espacios.




PLACER ESTÉTICO 




La arquitectura es pues, posiblemente, la última expresión del placer estético, pues además de su percepción se vive entrando físicamente en él. Placer estético que requiere de la actividad de las más altas capacidades del cerebro humano. Así, cuando se mira una obra arquitectónica sublime, como la Sagrada Familia de Gaudí, se necesita de un alto grado de conciencia visual primero y de conciencia general después para poder percibir y sentir la belleza que nos envuelve los sentidos. 


ANTONI  GAUDÍ
Estos placeres nacen de un concierto entre corteza cerebral y cerebro emocional. Esto último requiere de una refinada educación en la percepción de los objetos reales. Y es de la comprensión y del placer de lo que se ve que se alcanza la belleza de lo que se ve.




Y todo esto es también neuroarquitectura, es decir, estudiar las respuestas del cerebro humano, en personas religiosas o no, ante ese sentimiento de trascendencia o sobrecogimiento o ser de algún modo transportado más allá de lo cotidiano, al entrar, por ejemplo, en una gran catedral.



¿Qué significado tiene esta reacción emocional especial que experimentan casi todos los seres humanos en estas ocasiones?




¿Una simple sensación de expansión corporal?¿Una simple impronta de inmensidad?¿Es un fenómeno que solo ocurre ante o dentro de construcciones con un significado específicamente religioso? 




Precisamente estas preguntas están siendo objeto de constante estudio por la neuroarquitectura desde que hace unos pocos años se reunieran un grupo de 30 pensadores, arquitectos, ingenieros, neurocientíficos y religiosos en Columbus (EEUU.) con el fin de encontrar respuestas.



Y es que, no cabe duda, las grandes construcciones impregnadas de historia y belleza provocan respuestas cerebrales complejas, de placidez, alegría, descontento, sobrecogimiento, embargo y hasta de agresión. 




¿Acaso no sabemos ya que los techos altos provocan  un estado de atención y hasta generador de sentimientos y nuevas ideas?




¿O que la gente experimenta un estado de alerta y despertar cuando mira objetos o paredes con terminales puntiagudas y que esto se correlaciona con una actividad de la amígdala, ese selecto detector cerebral de peligros?




¿Podrían pues ciertas construcciones producir un estado de agresión inconsciente creando con ello una reacción de alerta, de atención, que puede llevar a un mayor escrutinio de lo que se ve y es ello lo que permite luego recordarlo mejor?










¿O la visión de los esférico, redondo y suave provoca un estado de placidez que arranque otros sentimientos más profundos, culturales, sociales o personales y con ellos potenciar el propio sentimiento religioso?


SANTIAGO  CALATRAVA


¿Qué arranca del ser humano la visión externa o el interior de una construcción de Santiago Calatrava con esos blanco-luz de sus puntas que como flechas de defensa y pureza emergen en la Ciudad de las Artes de Valencia?




¿Son sus puntas hirientes generadoras de una agresión sutil e inconsciente?




¿Son sus esferas, redondas como pechos, generadoras de placidez?




¿Qué producen en el cerebro humano los contrastes hermanados de cúpulas y puntas reflejados en pura belleza sobre aguas de infinitos azules?




¿Qué abre en desafío la percepción del Guggenheim de Bilbao con sus gigantescos bloques curvos, enormes, acerados y fríos?









¿Qué generan esas enormes redondeces que desafiantes al sol levitan constantemente?






¿Su impresión de buque heterodoxo?






¿Y ese delirio genial de Antonio Gaudí, esa locura arquitectónica como la denominó en una ocasión Miguel de Unamuno?




¿Qué producen en el cerebro humano las puertas principales de la Sagrada Familia que como suspiros eróticos en forma de fauces se abren cuando se rompe el alma, y en donde mazorcas gigantescas se levantan sobre gotas multiformes de lava fundida que hiere toda percepción?






¿De dónde arranca esa desazón y angustia que genera las percepciones puntiagudas, agobiantes y sufrientes de sus paredes interiores?




La neuroarquitectura se presenta pues como una gigantesca aventura que mira al futuro e intuye incertidumbres. Futuro e incertidumbre, que han llevado a muchos arquitectos, ingenieros y neurocientíficos a un renovado interés en su trabajo y a considerar en positivo todos estos nuevos niveles de exploración de la mente humana.


Francisco Mora


Autor: Francisco Mora. Neurocientífico.

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