domingo, 22 de abril de 2012

DEPRESORES (V)

NARCÓTICOS


VAINAS  MADURAS  DEL  OPIO
Las palabras "narcótico" y "estupefaciente" se han usado indistintamente durante muchos años. "Estupefaciente" viene de la palabra griega stupor. El estupor es un estado de sensibilidad reducida, que ha dado origen al conocido adjetivo "estúpido". Los narcóticos son drogas capaces de producir estupor por medio de la depresión de las funciones cerebrales, pero la acción depresora es diferente de la de los depresores como los hipnóticos-sedantes y los anestésicos generales.




La fuente generadora de todas las drogas narcóticas es el opio, una goma oscura, sólida, extraída de la amapola, adormidera o flor del opio. La amapola del opio es una preciosa flor, probablemente originaria del sur de Europa o del Asia occidental, pero cultivada en la actualidad en el mundo entero. Cuando la flor se va mustiando, las vainas verdes -que contienen muchas semillas pequeñas-, empiezan a madurar y a hincharse. Si se permite que lleguen a la madurez total, se vuelven castañas y secas, momento en el cual las semillas comestibles pueden ser cosechadas y utilizadas en la cocina. Antes de la maduración total, las vainas contienen un jugo lechoso que puede recogerse dejándolo manar a través de incisiones hechas en la cáscara. Una vez seco, este jugo es el opio crudo.


FUMADERO  DE   OPIO  (CHINA)
El opio es una de las drogas más antiguas, usada desde tiempos prehistóricos. Los antiguos griegos conocían su capacidad de aliviar el dolor. A través de la historia, el opio ha sido un importante producto comercial y, en ciertos períodos, fue la droga médica más usada.


FUMADERO  DE  OPIO
El opio puede ser ingerido por la boca o fumado, pero dado que fumar no fue una práctica conocida en Europa hasta que Colón trajo el tabaco de América, el opio no se fumó en Europa antes de 1492. En el pasado se hicieron muchos tipos de preparación del opio. Dos fórmulas que sobreviven hasta nuestros días son paregóricas (mezcla de opio y alcohol): una tintura de opio combinada con alcanfor y una tintura inodora -antes llamada láudano- que es más concentrada.




El opio crudo es de sabor muy amargo y contiene más de veinte drogas diferentes, la más importante de las cuales es la morfina. Bautizada en honor a Morfeo, el dios griego del sueño y de los sueños. La aisló del opio en 1803 un farmacéutico alemán. El evento marcó el nacimiento del moderno tratamiento con drogas, ya que fue el primer principio activo extraído de una planta. La morfina se prepara como un polvo blanco soluble, que puede disolverse en agua y ser inyectado en el cuerpo. Administrado en inyección es muchísimo más poderoso y peligroso que cuando se toma por la boca. La inyección de drogas es relativamente reciente, ya que data de la invención de la jeringa hipodérmica en 1853. Dato interesante, el primer caso de la adicción a la morfina fue el de la esposa del inventor de la jeringa hipodérmica.




La codeína (metil-morfina) es otro componente natural del opio. Más activa por boca que otros narcóticos, tiene menos capacidad de aliviar el dolor que la morfina. Los médicos la recetan hoy a menudo para aliviar dolores menores.




A finales del siglo XIX los químicos empezaron a experimentar con variaciones de las moléculas de la morfina y otros componentes del opio. Una de las drogas que produjeron fue la heroína, un simple derivado de la morfina del que por primera vez se dispuso en 1898. La heroína (diacetil-morfina) es más potente que la morfina -es decir, produce los mismos efectos en dosis menores-, pero es por lo demás muy similar a ella. De hecho, la heroína pronto se convierte en morfina al entrar en el cuerpo.


LA  MORFINA  FUE  EL  PRIMER  PRINCIPIO  ACTIVO  EXTRAÍDO
DE  PLANTA ALGUNA. SU  AISLAMIENTO  EN  1803  MARCÓ  EL
INICIO  DE  LA  ERA  DEL  TRATAMIENTO  CON  DROGAS.
Las drogas que proceden del opio natural se llaman opiáceos. Hoy se conocen muchos cientos de opiáceos. Algunos de ellos son derivados semisintéticos de la droga natural, como la heroína. Otros son totalmente sintéticos, como el Demerol. En general, todos los opiáceos producen efectos similares. Difieren unos de otros en la potencia y duración del efecto, la actividad que tienen por vía oral y la magnitud del efecto sobre el estado de ánimo en relación con los efectos físicos. Los opiáceos que son más potentes; lo que tienen acción más breve; lo que son más potentes cuando se inyectan que cuando se toman por vía oral, son los que más probabilidades tienen de conducir al abuso.


LA  HEROÍNA  DISFRUTÓ  DE  POPULARIDAD  DURANTE
UN  CORTO  TIEMPO  COMO  CALMANTE  PARA LA  TOS.
Los opiáceos ejercen principalmente efecto sobre el cerebro y el aparato digestivo. En el cerebro, los opiáceos causan alivio del dolor físico, depresión del centro de la tos, estimulación del centro del vómito, relajación y somnolencia. Pueden causar también obnubilación mental y dificultad de concentración intelectual. Aunque son capaces de inducir sueño, no lo hacen de manera tan efectiva como los hipnóticos-sedantes. Algunas personas se vuelven ansiosas, intranquilas e insomnes después de tomar opiáceos . Otras caen en una especie de sueño crepuscular caracterizado por la apariencia de sueños vívidos. El opio y los opiáceos producen contracción de las pupilas oculares, reduciéndolas a veces a pequeños puntos. Causan también náuseas y sudor, que, a veces, pueden ser copioso e incómodo. Dosis mayores suelen causar vómitos y depresión respiratoria. Altas dosis de opiáceos, especialmente cuando se administran en inyección, pueden llevar a la muerte al producir depresión del centro respiratorio, lo mismo que los depresores fuertes.


ESTE  ES  UN  AVISO  COMERCIAL  DE  LA  HEROÍNA  CONTRA  LA  TOS
Debido a que los narcóticos producen parálisis de la musculatura lisa intestinal, los médicos los suelen prescribir para detener la diarrea, sobre todo si va acompañada de contracciones dolorosas. El uso prolongado de opiáceos provoca estreñimiento crónico.


ESTE  AVISO  COMERCIAL  APARECIÓ  EN  UNA  REVISTA
MÉDICA  EN  1903.  NEW YORK  TIMES Co.
En la medicina de hoy, los narcóticos son la droga principal para paliar el dolor severo. Se prescriben también para el tratamiento sintomático de la tos intensa, persistente y rebelde al tratamiento de fondo. En dosis adecuadas y usados cuando verdaderamente se los necesita, los opiáceos son de seguro manejo y de mucho efecto. Todo aquel que ha experimentado el inmediato alivio de un dolor terrible por la administración de un narcótico sabe la bendición que esta droga puede significar en un momento dado. Como permiten que la gente enferma o gravemente herida pueda apartar la mente del dolor, sentirse mejor y conciliar el sueño, los narcóticos pueden además contribuir a la curación real. El opio y sus derivados han ganado merecido prestigio médico a lo largo de muchos años de experiencia.




Sin embargo, los narcóticos han generado más miedo y polémica que ninguna otra droga. La razón es por supuesto la tendencia a generar adicción, un fenómeno que fue reconocido con probabilidad por los antiguos en la época en que la única forma conocida de opio era el uso de las semillas de amapola.




La adicción a los narcóticos es el modelo clásico de la adicción a las drogas. Muchos de nuestros conocimientos actuales sobre el abuso de la droga provienen del abuso de los narcóticos. Por ejemplo, el principio fundamental de que la dependencia de la droga consta de tres aspectos básicos -el deseo ansioso de la droga, la tolerancia y el síndrome de abstinencia- se desarrolló por la observación de adictos a los narcóticos. Sin embargo, muchas creencias corrientes sobre los narcóticos son falsas. El tema en conjunto está muy contaminado por prejuicios y actitudes emocionales.




No hay duda alguna de que la dependencia de los narcóticos, con todos sus componentes físicos y mentales, se puede desarrollar rápidamente con la administración repetida. Cuando un paciente recibe morfina inyectable cada cuatro horas, es posible crear cierto grado de dependencia en tan poco tiempo como en 24 horas. Si la administración de la droga se interrumpe bruscamente después de este tiempo, pueden aparecer síntomas de abstinencia: sudor, náuseas, debilidad, dolor de cabeza, intranquilidad y aumento de la sensibilidad al dolor.


Samuel Taylor Coleridge:
El láudano me dio reposo, no sueño.
Pero tú, creo, conoces lo divino que es el reposo, qué lugar
de encanto, qué verde lugar de manantiales y de flores
y de árboles en el corazón mismo del extenso desierto.

La tolerancia a los narcóticos se desarrolla también con rapidez y puede adquirir llamativas proporciones. La dosis usual de tintura de opio (láudano) para aliviar el dolor es de 20 gotas diluidas en un vaso de agua; se repite cada cuatro o seis horas si es necesario. A principios del siglo XIX muchos escritores y pintores ingleses eran adictos al láudano en magnitudes fenomenales. Por ejemplo, el poeta Samuel Taylor Coleridge consumía más de dos litros de láudano por semana. Thomas de Quincey, autor de Confessions of an English Opium Eater (Confesiones de un inglés que come opio), tomaba hasta ocho mil gotas de láudano por día. Tales dosis matarían sin duda a un consumidor, que no ha desarrollado tolerancia.




Existe una diferencia importante entre la tolerancia a los narcóticos y la tolerancia a hipnóticos-sedantes. Como ya se sabe, la tolerancia para el efecto sedante de algunos hipnóticos-sedantes se desarrolla más rápidamente que la de la dosis letal, lo cual puede resultar -y resulta en la realidad- en accidentes fatales. Éste no es, sin embargo, el caso de los narcóticos. Por eso son drogas de manejo más seguro. Ocasionalmente, los adictos a la heroína mueren de sobredosis, pero estas muertes provienen por lo general de la falta de control de calidad de la heroína del mercado negro, y no de las propiedades de la droga en sí. Por ejemplo, un consumidor habituado a una dosis determinada puede, por accidente, comprar en la calle una droga que no ha sido mezclada con sustancias no activas en las cantidades usuales; de tal manera, al inyectarse lo que considera la dosis suficiente, puede estar inyectándose una cantidad mucho mayor de la que él supone.




La abstinencia de los narcóticos es también menos arriesgada que la de los hipnóticos sedantes. El alcohol, los depresores y los mal llamados tranquilizantes menores pueden producir violentos síndromes de abstinencia, caracterizados por convulsiones y, algunas veces, la muerte. La abstinencia de los narcóticos puede ser intensamente desagradable , pero no amenaza la vida.




Las consecuencias físicas a largo plazo de los narcóticos son también menores que las del alcohol. La gente puede tomar opio y opiáceos todos los días durante muchos años y conservar la salud, siempre que mantenga buenos hábitos de higiene y nutrición. Hay muchos casos conocidos de personas adictas al opio y a la morfina que, a pesar de haber sido adictos la vida entera, llegaron a viejos y conservaron la buena salud hasta el final. Thomas de Quincey, por ejemplo, que empezó a tomar láudano por un dolor de muelas cuando iba al colegio, vivió hasta los 74 años, adicto aún. El peor efecto médico del hábito del uso de opiáceos es el estreñimiento intestinal crónico, que puede ser muy desagradable, pero no es comparable al daño de la cirrosis hepática ni a los trastornos degenerativos nerviosos que produce el alcoholismo crónico.


Thomas de Quincey  (1785-1859)
El escritor de la época victoriana que escribió 
Confesions of an English Opium Eater
Algunos adictos llegan incluso a sostener que los opiáceos los ayudan a resistir la enfermedad. Muchos heroinómanos sostienen que no sufren resfríos ni otros trastornos respiratorios en tanto toman la droga. Dado que los síntomas de la abstinencia de heroína se parecen a los del catarro respiratorio, es posible que la droga disminuya de alguna manera este tipo de reacción.






El angustioso deseo de la droga, característico en adictos a los opiáceos, ha inducido a algunos severos críticos del uso de estas drogas a sostener que los narcóticos destruyen la fuerza de voluntad y el sentido moral, volviendo a las personas pérfidas y socialmente degeneradas. La realidad es que el vehemente deseo de los opiáceos no es diferente al vehemente deseo de alcohol y es menos intenso que el ansia por el cigarrillo, una droga aún más adictiva que los opiáceos.


De la novela Junky, de William S. Burroughs
"La heroína no es una borrachera. Es una manera de vida"
La conducta antisocial de algunos adictos de los opiáceos parece estar más bien en función de la personalidad, la formación cultural, la expectativa y el ambiente, que ser resultado de la droga en sí. Los pacientes médicos que se hacen adictos a la morfina en el ambiente hospitalario por lo general no se transforman en el adicto estereotípico. Tienen poca dificultad en apartarse de los narcóticos una vez mejoran y dejan el hospital. La gente que puede conseguir satisfacer el hábito dentro de la legalidad lleva a menudo vidas normales a pesar de ser adicta. Hay numerosos casos de médicos y enfermeras adictos a los opiáceos, que parecen normales vistos desde fuera y cumplen con sus responsabilidades profesionales y sociales.


Muchacha de 17 años, adicta a la heroína:
No hay nada como un golpe de heroína. Empecé chutándome heroína a los catorce. Es simplemente la más intensa y maravillosa sensación. Siempre estuve interesada en entonarme. Uno de mis juegos favoritos cuando era pequeña era lanzarme cuesta abajo con los patines. Me lanzaba una vez tras otra. La heroína me ha traído cantidad de problemas. Tengo miedo de la abstinencia, pero sé que tengo que dejarla. Estoy también interesada en la meditación y esas cosas, pero tengo miedo de estar siempre  tentada por el enganche y volver al golpe de heroína porque nada que haya probado llega a compararse con ella.


Parece ser que hay una diferencia esencial entre los que se hacen adictos por accidente o por una circunstancia médica, y aquellos que recurren a los opiáceos para afrontar las vicisitudes de la vida diaria. Al igual que con los depresores, es más probable que se desarrolle la dependencia grave en personas que recurren a la droga para deshacerse de sentimientos de ansiedad, depresión y tedio. Los narcóticos pueden ser especialmente seductores porque aíslan de la incomodidad y del dolor, parecen hacer pasar el tiempo más rápidamente y crean un mundo interno de seguridad y comodidad, en el cual los consumidores pueden apartarse por un tiempo de la realidad y de la necesidad de satisfacer las exigencias de esa realidad.


KURT COBAIN, UN GENIO NO DEJÓ DE LADO SUS PROBLEMAS DE ADICCIÓN
A LA HEROÍNA Y SU PERSONALIDAD DEPRESIVA


En el mundo de hoy la adicción a la heroína ha adquirido proporciones de epidemia. Devora a mucha gente, en especial a gente joven, que se sumerge en una vida improductiva de grandes dificultades y alto coste para ella misma y para la sociedad, vida que es con justicia objeto de máxima preocupación. No son sólo los pobres desesperados de los guettos urbanos los que se convierten en adictos a la heroína, sino los hijos de todas las clases sociales y económicas. Y también muchos de los padres.






Cuando la mayoría de la gente normal tropieza con adictos a la heroína, lo que más ve en ellos es su condición de víctimas de fuerzas sociales destructoras. Los adictos visibles tienden a meterse en problemas, a enredarse con el crimen, a destruir su salud, a sufrir daños psicológicos y a ser incapaces de salir de su triste situación. Muchas de estas condiciones se deben más a errores de la sociedad que trata de controlar el abuso de la droga que a la droga en sí misma.


MUJER DE 34 AÑOS, CANTANTE DE ROCK:
El primer opiáceo  que probé fue la codeína...Me hizo sentir bien por primera vez en mi vida.
Hasta donde soy capaz de recordar, nunca me sentí bien, y siempre estuve tratando de  buscar maneras de cambiar mi manera de sentir. Usé montones de drogas, pero ninguna de ellas hizo nada por mí. La codeína fue una revelación y desde entonces he sido consumidora de opiáceos. Los narcóticos me han traído muchos problemas, pero lo que hacen por mi cabeza vale el precio.


Se pinta a menudo a la heroína como la peor forma posible de la droga, una droga diabólica, siempre fuente del mal y especialmente peligrosa por alguna razón. En realidad no es diferente de la morfina, una droga médicamente aceptada. La heroína es ilegal en Estados Unidos. Ni siquiera los médicos pueden conseguirla para aplicarla a sus pacientes. Sin embargo, en Inglaterra es legal, y los médicos la aplican, algunas veces con buenos resultados. Por ser más potente que la morfina, usada en pequeñas dosis, alivia a veces más el dolor en personas muy sensibles a los efectos nauseosos de la morfina.






Al ilegalizar la heroína, la sociedad consigue que todos sus consumidores sean criminales. Está claro que las leyes no han hecho nada para desanimar a la gente a convertirse en adicta a la heroína. Hay tantos adictos como siempre y los tipos de adicción son peores que antes de que las leyes fueran aprobadas. La prohibición de los opiáceos ha generado directamente un feo submundo de criminalidad que provee heroína a los adictos a precios groseramente inflados: en Estados Unidos, hasta 1.000 dólares por gramo de droga de dudosa pureza, que puede estar mezclada con sustancias más peligrosas que la heroína misma. Los adictos con hábitos que cuestan varios cientos de dólares al día se ven forzados a recurrir a actividades criminales, para evitar los desagradables efectos de la abstinencia.






Parece obvio que muchos de los peores aspectos de la adicción a la heroína se deben a esta imposición social más que a los efectos farmacológicos de los opiáceos. Cuando es necesario conseguir varios cientos de dólares al día para comprar la droga y evitar sentirse enfermo, no es probable comer bien, dormir bien ni vivir en un ambiente saludable. Los adictos a la heroína son en general improductivos porque tienen poco tiempo para hacer otra cosa que no sea conseguir la droga de alguna manera y después dormirse en la soledad, escapando a su propia realidad.






Los aspectos médicos de la adicción a la heroína directamente atribuibles a la droga provienen de la alta potencia de ésta, la corta duración de su efecto y la tendencia de los consumidores a inyectársela por vía intravenosa. La heroína puede fumarse (mezclada con tabaco o marihuana), aspirarse por la nariz o inyectarse bajo la piel, en el músculo o en la vena. Por cualquiera de estas vías es mucho más poderosa que por vía oral. Por extraño que parezca, la mayor parte de las personas que prueba la heroína por primera vez no la encuentran agradable. Lo más frecuente es que experimente náuseas, sudor y una sensación indefinida de desagrado. Sin embargo, después de unas cuarenta dosis, en especial cuando se la inyectan directamente en la corriente sanguínea, hay quienes experimentan un intenso golpe (rush) de bienestar que dura pocos minutos, después de lo cual se sienten somnolientos.






Oír a la gente hablar de la intensidad de este golpe es tan fascinante como aterrorizador. Algunos dicen que es la más placentera sensación que hayan experimentado nunca, mucho más poderosa que el orgasmo. Las personas que llegan a esta experiencia a través de heroína intravenosa -no todos pueden- encuentran difícil disfrutar de otras maneras de entonarse, especialmente cuando no proceden de una droga, maneras que tienden a ser más sutiles. El poder del golpe de heroína, al conseguir que las personas dejen de interesarse por cualquier otra experiencia y dedicarse exclusivamente a la heroína, es tan intenso para convertirse en un argumento de peso contra la posibilidad de experimentar con la droga ni una sola vez. Un yonqui expresó este sentimiento en la muy citada frase: "Es tan buena que no se te ocurra probarla".






La heroína no intravenosa no da un golpe tan intenso ni siquiera de manera aproximada y, por lo tanto, tiene menos capacidad de causar adicción. La gente que aspira heroína puede hacerlo y dejarlo de hacer durante largos períodos sin caer en la adicción incondicional. Incluso las personas que se la inyectan bajo la piel pueden a veces evitar la dependencia total y reservar la inyección para determinadas ocasiones. No hay duda de que algunas personas pueden inyectarse heroína por "la tubería principal" nada más que de vez en cuando, disparándosela sólo en determinadas situaciones: para reducir la ansiedad en relaciones personales, reforzar su rendimiento ante el público o sentirse bien en fiestas de fin de semana. En la jerga de la calle esto se llama chipping. Parece que algunos individuos afortunados pueden hacerlo con éxito durante meses y hasta años. Pero la realidad es que un gran porcentaje de los chippers pasa a la adicción, de manera que la práctica es bastante arriesgada. La mayor parte de los yonquis empezó como chippers y nunca creyó que llegaría a ser adicto.




Una vez que la dependencia física se desarrolla, la necesidad de evitar la abstinencia se convierte en motivo poderoso para tomar más droga. Entre tres y ocho horas de la última dosis, el adicto a la heroína empieza a sentirse enfermo y, a menos que tome otra dosis, la sensación crece más y más.






Es vedaderamente triste que la heroína se haya convertido en el principal opiáceo de la calle. El opio natural que se consume por la boca es mucho más seguro de manejar: es menos concentrado, dura más y es más fácil establecer con él relaciones estables. Como es una goma sólida, no puede ser inyectada directamente en el torrente sanguíneo y, aunque la gente pueda con seguridad hacerse adicta a ella -como ocurrió en Inglaterra y Norteamérica en el siglo XIX-, el riesgo es mucho menor. El opio oral no produce golpe y las dosis altas provocan náuseas, lo cual fomenta que los consumidores moderen la cantidad tomada. Fumar opio pone la droga más directamente en la sangre y en el cerebro que tomarla por vía oral y tiene, por lo tanto, un potencial más alto de conducir al abuso.






Muchos yonquis se hacen tan adictos al hecho de inyectarse en sangre como a las drogas en sí. Algunos de ellos experimentan con dispararse otras drogas y a combinar la inyección de otras drogas con la de heroína. Por ejemplo, algunos adictos mezclan la heroína y la cocaína en una speedball (literalmente, pelota veloz), que les produce un intenso efecto eufórico. Por supuesto es una práctica peligrosa, más peligrosa todavía que la toma oral de depresores y estimulantes.






El tratamiento de la adicción a los narcóticos no es muy satisfactorio. El componente físico del hábito del opio puede superarse con bastante facilidad induciendo la abstinencia con lentitud suficiente y tratando los síntomas a medida que aparecen. Sin embargo, como ocurre con la adicción al cigarrillo, la tasa de reincidencias es muy alta, y los yonquis vuelven a menudo a la droga, a veces meses y hasta años después de abandonarla.






El "mantenimiento" con heroína -esto es, la administración de heroína legal a los adictos en algún tipo de ambiente supervisado- ha sido propuesto como un tratamiento posible. Pero la sociedad norteamericana, refractaria a abandonar sus prácticas prohibicionistas, no ha querido probar el método, ni siquiera como experimento. En su lugar ha apoyado el mantenimiento con metadona, un opiáceo sintético, que puede ser tomado por vía oral y tiene larga duración y efecto. La metadona oral es una droga que produce adicción pero poca euforia. Sin embargo, bloquea el efecto de la heroína y, por lo tanto, puede reducir la motivación del yonqui para dispararse heroína. Algunos adictos se comprometen en un programa de tratamiento con metadona sólo como una manera de hacer una pausa en el escenario callejero, pero después de un tiempo vuelven directamente a su viejo ambiente. Otros adictos, si están bien motivados, pueden usar los programas de metadona para romper definitivamente con la droga.


La mayor ventaja del mantenimiento con metadona es que es preferible a llevar una vida criminal. El defecto real del plan es que no va a la raíz de la adicción, ni les enseña a los heroinómanos otras maneras de entonarse por medios más naturales y menos prohibitivos. No le ofrece al adicto ayuda para luchar con los problemas que lo condujeron a abusar de la heroína. Todo lo que hace es substituir un narcótico por otro. El adicto sigue siendo adicto, aunque de una manera menos destructiva.


Se mire como se mire, la adicción a la heroína limita la libertad personal. Al igual que el adicto al cigarrillo, el adicto a la heroína no puede ir a ningún sitio ni hacer nada sin pensar de dónde sacará la próxima dosis. Pero a diferencia del adicto al cigarrillo, no puede comprar su droga a un precio razonable en el estanco de la esquina y llega a estar verdaderamente enfermo si no la puede conseguir.


INVESTIGACIÓN  DE  VACUNA  CONTRA  LA  HEROÍNA


Es estos días, la adicción a la heroína se está haciendo más y más común e invade sectores respetables y económicamente holgados de la sociedad. En algunos círculos se ha puesto de moda probar la heroína o usarla ocasionalmente, sobre todo de la manera llamada "chasing the dragon" (cazar al dragón), que consiste en calentar heroína morena de Asia en papel de aluminio y aspirar los vapores. Aunque se hayan exagerado los daños médicos de la heroína, el riesgo de adicción es real.


Si uno no prueba la heroína, no la usa. Si no la usa, nunca se convertirá en adicto.


Hay muchas incógnitas sobre la adicción a los opiáceos que siguen sin respuestas. ¿En qué medida la adicción es psicológica y en qué medida es bioquímica? Las moléculas de los opiáceos interactúan con moléculas de las células nerviosas cerebrales llamadas receptores. ¿Podría la adicción ser el resultado de la supresión de producción de endorfinas, las moléculas parecidas a los opiáceos que produce el mismo cerebro?¿Por qué algunas personas que prueban los opiáceos los encuentran tan poderosamente atractivos y se transforman en adictos, en tanto otras no?¿Es consecuencia de diferencias químicas o de diferencias de la personalidad? Desgraciadamente la respuesta sigue pendiente.






Dadas estas incógnitas es imposible decir quién corre grave riesgo de convertirse en adicto y quién no. No hay manera de asegurar que alguien no se convierta en adicto una vez empieza a usar regularmente los opiáceos ni hay método para tomar estas drogas que proteja de esta posibilidad. Más aún, una vez que la adicción se desarrolla, no hay método fiable para interrumpir el hábito.






PRECAUCIONES SOBRE LOS NARCÓTICOS

  • El opio y sus derivados son poderosas drogas, cuyo uso debe ser reservado para el alivio del dolor y el malestar físico severo.
  • Tomar narcóticos para reducir la ansiedad y la depresión, o sólo para sentirse bien en ausencia de dolor físico, puede con facilidad conducir al uso habitual y a la adicción.
  • No inyectar nunca los narcóticos en el cuerpo por razones no médicas.
  • Si se prueba una vez un narcótico inyectándolo en la vena y se siente un gran placer, jamás  debe volver a probarlo.
  • Si se empiezan a usar narcóticos con regularidad, por cualquier método, y se cree que es posible evitar llegar al uso regular intravenoso y a la adicción, se debe recordar ante todo: que la mayoría de los yonquis creyó lo mismo.

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