sábado, 14 de abril de 2012

OBESIDAD: SACIAR EL APETITO


Adelgazar no solo representa un objetivo para quien quiere lucir tipo en la playa o desea ponerse unos pantalones ajustados. Para las personas obesas, perder peso significa luchar contra una grave enfermedad, recuperar la salud. Sin embargo, la parte principal del cerebro que regula el apetito no eliminará el hambre solo porque alguien haya reconocido que necesita perder peso. Un equipo de la Universidad de Syracuse está trabajando para encontrar una solución excepcional: un chicle que reduce el apetito.



En el mercado hay numerosos medicamentos que inhiben el apetito, pero estos suelen basarse en sustancias parecidas a las anfetaminas, con el consiguiente riesgo de hipertensión arterial y problemas cardíacos. Robert P. Doyle, químico de Syracuse, centra sus esfuerzos en el péptido YY humano (hPYY), una hormona liberada por las células que recubren el intestino cada vez que comemos o hacemos ejercicio. Cuantas más calorías consumimos, más hPYY se transfiere de las células intestinales a la circulación sanguínea. A través de la sangre, la hormona alcanza el hipotálamo, una parte del cerebro del tamaño de una almendra, evolutivamente muy antigua, que ayuda a regular el hambre, la sed, la temperatura corporal y los ciclos del sueño.


Algunos estudios anteriores ya habían demostrado que las inyecciones de PYY y de hPYY reducen el apetito en roedores, simios y humanos. En un estudio se observó que, dos horas después de recibir una dosis de hPYY, tanto las personas obesas como las delgadas consumían un 30% menos de calorías de lo normal en un bufé.

Hasta ahora, la dificultad se debía a que los péptidos, formados por cadenas cortas de aminoácidos, son compuestos lábiles que pueden ser destruidos por el estómago y los intestinos, pero resultan demasiado grandes para pasar el torrente circulatorio. Doyle encontró una forma de resolver el problema mediante la unión química del hPYY a la vitamina B12, que es transportada por el organismo desde el intestino hasta la sangre.



Puesto que ciertos estudios recientes sugieren que existen receptores de PYY en la lengua, un chicle de hPYY podría promover en poco tiempo la sensación de saciedad.

Si la sustancia consiguiera superar los ensayos clínicos, existiría el peligro de que la gente abusase de ella para mantenerse delgada. "Entiendo que el mercado de gente que quiere perder unos kilos es enorme", señala Doyle, "pero mi objetivo es ayudar a los pacientes con una necesidad médica de adelgazar".


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