martes, 8 de mayo de 2012

MIEDO Y AFECTACIÓN DE LA MEMORIA

CUANDO EL MIEDO SE APODERA DE TÍ


UNA REACCIÓN NATURAL
El miedo no es sólo cosa de los humanos. Se trata de una de las cinco
emocionesbásicas que compartimos con gran parte de los animales.


¿CUÁL ES EL MECANISMO QUE ACTIVA 
NUESTRA REACCIÓN FRENTE AL PÁNICO?

¿QUÉ RECUERDOS NOS DEJA UNA AGRESIÓN?

UN ANÁLISIS SOBRE EL MIEDO Y CÓMO AFECTA A NUESTRA MEMORIA




Quién no ha sentido miedo alguna vez. A veces real, a veces imaginario. Nadie es inmune a su efecto. Ni las mentes que se suponen mejor entrenadas para afrontarlo (las de la policía), pueden eludir la reacción inconsciente e instintiva del cerebro, básica para asegurar la supervivencia humana y previa a cualquier tipo de comportamiento consciente  y aprendido. El miedo es una de las cinco emociones básicas del ser humano que compartimos con gran parte de los animales. El mecanismo que desata el miedo se encuentra embebido en una de las estructuras más antiguas del cerebro: la amígdala, presente en aves, reptiles y mamíferos. A fin de velar por nuestra seguridad, la amígdala nunca duerme, atenta a cualquier señal de peligro para dar la alarma. La velocidad de reacción es vital, por ello el neurocientífico Joseph LeDoux, de la Universidad de New York (EEUU.), cree que la amígdala realiza su función siguiendo dos rutas neuronales distintas.




Cuando nuestros sentidos reciben un estímulo que percibimos como peligroso, envían la información al tálamo que, utilizando un atajo, la remite sin procesar directamente a la amígdala. Esto provee una imagen borrosa de la situación (aún no se sabremos si lo que vemos es un palo o una serpiente), pero suficiente para que la amígdala envíe órdenes inmediatas de entrar en acción, en una respuesta automática e inconsciente. Acto seguido, el tronco cerebral congelará todo movimiento del cuerpo. No movernos evita atraer la atención de los predadores y que nos acerquemos demasiado al peligro. Además, los músculos faciales adoptan una expresión de miedo que alerta a quienes nos rodean. Si el peligro es real deberemos atacar o escapar.




LOS MÚSCULOS FACIALES
ADOPTAN UNA EXPRESIÓN
DE PÁNICO QUE ALERTA A
QUIENES NOS REODEAN.

EL MIEDO CONSIGUE PARALIZARNOS

Sin demora se envía la señal al hipotálamo de que libere al cuerpo hormonas que incrementen el nivel de glucosa disponible en los músculos, aumenten el ritmo cardíaco, la presión sanguínea y la sudoración. Antes incluso de que seamos conscientes del tipo de peligro que nos acecha, la amígdala nos habrá preparado para responder eficazmente.




Mientras esto acontece, la información sensorial inicial ha tenido tiempo de viajar desde el tálamo al córtex visual, y de enviar a la amígdala una imagen más nítida y completa de lo que sucede. Esta otra señal llega con una fracción de segundo de demora. Si confirma que el peligro es real, la amígdala reforzará la respuesta de luchar o escapar; pero si es falso, detendrá todo el proceso y nuestro cuerpo volverá a su estado normal.

APRENDEMOS A TEMER



Aunque el miedo es un mecanismo intrínseco y automático, con cada amenaza aprendemos a temer diversas cosas. Algo que se conoce como condicionamiento al miedo. Si una vez sufrimos un accidente de coche, el hipocampo creará una memoria explícita con los detalles de lo ocurrido: el color del otro coche, los cristales rotos, etc..., mientras que la amígdala creará una memoria implícita de la respuesta física del cuerpo: el sudor frío, el latido del corazón... Este último tipo de memoria opera bajo el nivel de nuestra conciencia, con el fin de activar el cuerpo más rápidamente la próxima vez que nos encontremos en una situación similar. Cuando nos montemos en un coche nuestro corazón comenzará a palpitar y sufriremos la misma ansiedad y sudores, antes incluso de darnos cuenta de lo que nos está ocurriendo y poder recordar los detalles del accidente previo. Se cree que un desequilibrio en este sistema podría ser el causante de las fobias.




En origen el miedo es una adaptación evolutiva. Aquellos humanos que reaccionaron rápido ante un peligro, sobrevivieron y se reprodujeron más. Una aprensión como el miedo a las alturas, común a todos los mamíferos, debe haber surgido cuando este grupo apareció, y lo mismo ocurrirá con el miedo a las serpientes, común entre primates, o el del hombre a los ratones e insectos, siendo una respuesta a su pasado cavernícola cuando esos seres destrozaban cosechas y alimentos, extendiendo enfermedades.

No obstante, gran parte de nuestros miedos son el resultado de nuestra tempestuosa mente. El miedo a la oscuridad de los niños no es más que el miedo a las fantasías que proyectan en ella. Contagiosos y de fácil extensión entre grupos o secciones de la sociedad, los miedos sociales son consecuencia de una preocupación desproporcionada en comparación desproporcionada en comparación con su amenaza real. El miedo a la crisis actual, aunque real, se ve fácilmente alimentado por la continua afluencia de noticias desastrosas que nos lanzan los medios de comunicación y los políticos. Esta retroalimentación crea una sensación de angustias generalizada que hace al grupo susceptible de manipulación.


MECANISMO
Frente a un peligro, los sentidos envían una señal al tálamo y éste a la amígdala,
que nos hace entrar en acción de forma automática e inconsciente. Mientras, el
tronco cerebral paraliza nuestros movimientos y los músculos de nuestra cara
evidencian el pánico que sentimos.




AL MIEDO NO SE LO DOMA

TESIS POLICIAL
El agente y entrenador David Berengueras ha publicado en su tesis
"Cara a cara frente a una intervención armada", que el policía reacciona
como una persona no entrenada frente a una agresión sorpresiva.



Podemos apaciguar las ansiedades y temores que proyecta nuestra mente, pero no podemos evitar su reacción inconsciente, desarrollada gracias a miles de años velando por nuestra seguridad. Ni la policía, acostumbrada a hacer frente a situaciones de peligro, puede evitarlo.


El policía y entrenador David Berengueras, que ha publicado como resultado de su tesis en neurología "Cara a cara frente a una intervención armada", explica que en los primeros momentos de una agresión sorpresiva, un policía reacciona como cualquier otra persona: se asusta e instintivamente se echa hacia atrás, congelado, como ocurre en la primera reacción de miedo. Lo que pasa a nivel neurológico tiene repercusiones en la labor policial que deben tomarse en consideración (según este experto), pues pueden poner en peligro tanto a estos como a terceras personas. Nuestra percepción sufre el llamado efecto túnel, en el que la visión periférica a la que nos acostumbramos se reduce para centrarse únicamente en la figura del agresor y, en particular, en el arma que esgrime. 


LAS VÍCTIMAS DE UN ACTO VIOLENTO PUEDEN OLVIDAR
LA CARA DEL AGRESOR: EL CEREBRO GUARDA MOMENTOS
INCONEXOS DE LA ESCENA.


No sólo nos perdemos lo que ocurre a nuestro alrededor, sino también lo que sucede justo detrás del atacante, es decir, perdemos profundidad de campo. Si hay personas situadas detrás de la acción, habrán desaparecido del campo visual de la policía, pudiendo ser víctimas involuntarias del fuego policial.


¿ENSAYOS Y ERROR?
Si hay miedo, las acciones de los policías no son
como las que aprendieron en la academia.




AGENTES CONDICIONADOS

SIGUEN A LOS MANIFESTANTES Y PUEDEN HERIR A UN COMPAÑERO

Cuando el miedo está presente, los movimientos que ejecutan los policías alrededor del agresor se alejan de lo que aprendieron en la academia. Condicionados por su presencia, lo seguirán allá donde vaya de manera inconsciente, en una especie de danza marcada por el atacante. En una intervención con dos policías, estos pueden incluso cruzarse entre si, haciendo al compañero parte de la trayectoria de bala sin notarlo, simplemente porque el miedo fija nuestra mente en el agresor, mientras lo demás deja de tener importancia. Incluso la manera de disparar se ve condicionada. Entrenados para mantener el arma alineada con sus ojos apuntando al agresor, el miedo les lleva a no interponer nada en la visión directa del atacante, de forma que el 77% de los disparos de la policía incide entre la zona abdominal y los muslos. Esta reacción instintiva interfiere con la postura aprendida y en la nueva disposición el centro de gravedad del cuerpo se desplaza, de modo que el policía cae con frecuencia al suelo cuando dispara.


Estos experimentos se llevaron a cabo con policías voluntarios lo suficientemente protegidos para garantizar su seguridad, pero no tanto como para ahorrarles dolor, de modo que la sensación y la respuesta al miedo fuera real y no la obtenida en el entrenamiento habitual en donde el miedo no se roza. Los resultados indican que en situaciones de peligro, el policía no siente que tenga control sobre la zona a la que dispara. 


En su mayoría dicen percibir un bulto, en lugar de ver realmente a su atacante; no ven los elementos de puntería de su arma, esenciales para apuntar bien; se muestran incapaces de verbalizar y observan  una oclusión auditiva, así como la tendencia a vaciar el cargador. Lo más curioso es que los policías son los primeros sorprendidos cuando se ven reaccionar en los vídeos, ya que, como cualquier persona normal, no son conscientes de las muchas formas en que nos la juega el cerebro.


PERCIBIR LO IMPERCEPTIBLE,
RECORDAR LO INOLVIDABLE

RECUERDOS GRABADOS BAJO EL MIEDO Y EL ESTRÉS
SON SUSCEPTIBLES DE VARIAR Y ENRIQUECERSE CON DETALLES

Podríamos pensar que si fuéramos la víctima de un acto violento no olvidaríamos la cara de nuestro agresor ni los detalles de lo ocurrido. Nada más lejos de la realidad. Ni somos capaces de percibir todos los detalles de lo que pasa a nuestro alrededor, ni nuestro cerebro almacena los recuerdos como si los grabara en una cinta de vídeo y los guardara en el cajón de la cómoda, listos para recordarlos a la perfección. No. Lo que el cerebro conserva son fragmentos inconexos de la escena que luego ha de recopilar, reordenar y, sobre todo, completar.


Al igual que ocurre con la policía, el miedo pone a la víctima bajo el efecto túnel. Cierto nivel de estrés y ansiedad ayudan a recordar con más claridad los hechos, pero si la emoción es demasiado intensa la atención disminuye y se concentra en el arma que esgrime el atacante. La víctima podrá describirla con precisión, pero no notará detalles importantes para la identificación del agresor: el tipo de ropa, su voz, rasgos de su rostro, etc...


Con esos fragmentos el cerebro recreará la escena, llenando los huecos informativos con la opción más lógica, a fin de reconstruir una experiencia que tenga sentido. El cerebro en realidad no está hecho para retener todo lo que ocurre, sino para crear un esquema del mundo lo suficientemente bueno como para poder orientarse por él y actuar con rapidez. Así se ha visto que en los EEUU. se tiende a identificar al culpable como una persona de color, si la agresión tuvo lugar por la noche y la víctima no pudo verlo bien. Para empeorar las cosas, es un hecho que tenemos dificultades para identificar el rostro de una persona de otra raza distinta a la nuestra. Los ojos se fijan en los rasgos que la destacan como miembro de esa raza, al tiempo que pierden constancia de los que la distinguirían dentro de su grupo.


Se estima que anualmente 4.250 personas son condenadas en Norteamérica por errores en la identificación de los testigos. La forma en la que el cerebro maneja nuestros recuerdos hace que estos últimos sean, además, susceptibles de manipulación.


Hace años la psicóloga Elizabeth Loftus de la Universidad de Irvine, en California (EEUU.), demostró que la memoria a largo plazo puede ser fácilmente manipulada a través de la sugestión. Nuestros recuerdos, en especial aquellos que fueron grabados bajo el miedo y el estrés, son susceptibles de variar y enriquecerse con detalles.


En el caso de existir una investigación y juicio de un acto violento, los testigos, los amigos, los abogados y la prensa pueden sugerir, sin quererlo, nueva información a la víctima. Incluso la propia policía puede deslizar falsos recuerdos, como son detalles o sesgos sobre un sospechoso en particular. Dejar sentado en la rueda de identificación de sospechosos que el agresor está presente, obliga al testigo a dar una identificación y señalar a alguien. Una presión que se minimiza si se le dice que puede que su agresor no esté ahí, descendiendo hasta un 50% el riesgo de identificaciones falsas.


Algo similar ocurre en los interrogatorios si se presiona a los testigos con preguntas a las que deben dar una contestación precisa. Al final, no dudarán de que los recuerdos introducidos en sus cabezas son reales y ofrecerán una declaración consistente que impresionará al jurado, aunque su solidez hable más de recuerdos fabricados y ensayados. No hay maldad en ello. Sencillamente no somos conscientes de lo fácil que es manipular nuestra memoria y creer que algo no vivido es cierto.


UNA HISTORIA FALSA

PLACER
Existe un gran componente de atracción en el miedo. Adoramos las películas de terror,
los deportes extremos y cualquier otro tipo de tortura similar a la montaña rusa, porque
durante esos momentos de miedo que pasamos a salvo (ya que al cerebro le da igual si
el miedo es real o imaginario), este libera junto a otros neurotransmisores dopamina, que
produce una sensación de placer y euforia. 

A lo largo de su carrera Elisabeth Loftus ha diseñado muchos experimentos para demostrar la introducción de memorias. En uno de ellos se mostraba por escrito a los participantes el relato de tres sucesos que habían tenido lugar durante su infancia, gracias a la información suministrada por sus familiares. Junto a estos se deslizaba la idea de que en una ocasión, cuando tenían cinco años, se habían perdido en un centro comercial, cosa que nunca había sucedido.






Cuando se les preguntó si recordaban el incidente, el 29% de las personas dijo recordarlo de manera total o parcial. Más aún, el 25% de los que habían dicho recordar el suceso en la primera ronda de preguntas lo seguía recordando en las entrevistas posteriores. El incidente había sido incorporado a su historia. Quien sabe, quizás Elisabeth Loftus encontrara inspiración en su propia experiencia personal. A los 14 años su madre murió ahogada en la piscina. Treinta años más tarde, su tío le comentó que había sido ella quien encontró a su madre.






Una afluencia de recuerdos e imágenes comenzaron a surgir en ella confirmando los hechos. Sin embargo, poco tiempo después su tío rectificó, afirmando que no había sido ella sino su tía la que encontró el cuerpo.






Los sótanos de nuestra memoria guardan pedazos de realidades subjetivamente manipuladas. El paso del tiempo y su rememoración continua, pulen algunas de sus esquinas a nuestro antojo, mientras adornan otras, reparándolos, rectificándolos, haciéndolos cobrar vida propia. En algunos casos, de una semilla diminuta lo que surge es una realidad nunca vivida.






MIEDO Y CASOS LEGALES

La conclusión más evidente es que cuando el miedo nos atenaza no somos de fiar. La respuesta automática de la amígdala para protegernos del peligro constituye una bendición y una limitación biológica y psicológica para otro ámbito de actividades, donde además puede tener consecuencias funestas. Desde personas que se ven imposibilitadas para conducir porque una vez tuvieron un accidente y generaron una fobia que las incapacita, hasta los 201 inocentes recopilados por Loftus que han permanecido en la cárcel entre 5 y 10 años por acusaciones basadas en falsos recuerdos de las víctimas y que sólo ahora el análisis del ADN ha conseguido aclarar.


Condenas como estas, basadas únicamente en la identificación de los testigos no son deseables sin pruebas adicionales. Igualmente, como señala Berengueras, habría que contemplar la influencia del miedo en algunos casos de supuestos errores en la actuación policial, en disparos accidentales, o en el caso de suicidios pasivos (frecuentes en los EEUU.) en los que el supuesto agresor a veces no esgrime más que un móvil en su mano, algo imposible de percibir por la policía en este estado psicológico.


Son errores terribles, pero nadie que posea una amígdala sana es inmune a los efectos del miedo.


ACCIDENTADOS DE TRÁFICO
Si se ha sufrido un accidente de tráfico, montarnos en un coche puede
hacernos revivir el suceso y tener ansiedad. Podemos, incluso, desarrollar una fobia.




¿QUIÉN TIENE EL CUCHILLO?


En 1987, la psicóloga estadounidense Elizabeth Loftus mostró a los participantes de uno de sus experimentos dos vídeos de una disputa. En el primero, un hombre de manos grasientas emergía del fondo con un bolígrafo en la mano, mientras que en la versión más violenta otro hombre lo hacía con un cuchillo empapado en sangre.


El 49% de los participantes fue capaz de recordar e identificar al hombre que llevaba el bolígrafo en la mano, mientras solo un 33% pudo identificar al del cuchillo. En posteriores repeticiones de este experimento, Loftus grabó los movimientos de los ojos y encontró que la atención se centraba en el cuchillo y no en el posible atacante.


PRESIÓN AL INTERROGAR


También se ha experimentado con marines del programa americano Supervivencia, Evasión, Resistencia y Escape (SERE), entrenados para resistir interrogatorios en caso de ser capturados. Durante una de las sesiones de interrogatorio, la persona al cargo mostró a los interrogados la fotografía de un soldado que no había liderado ninguno de los interrogatorios, mientras les increpaba para que le dijeran qué les había hecho esa persona durante el proceso. En una sesión posterior, se les mostró nueve fotografías de distintas personas que no les habían interrogado, solicitando que indicaran quién de ellos había dirigido sus interrogantorios. En el 91% de los casos los soldados señalaron a la persona de quién se les había mostrado la foto. No era verdad, pero era lo que se les había sido sugerido bajo fuerte presión.
  

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