lunes, 16 de julio de 2012

FOBIA SOCIAL A LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

LOS INVESTIGADORES DEBERÍAN CONTRIBUIR A AUMENTAR LA CULTURA CIENTÍFICA PARA COMBATIR LA TECNOFOBIA



En 2011, tres paquetes bomba fueron remitidos a destacados investigadores mexicanos. El último de ellos y el único que explotó, enviado durante el mes de agosto del año pasado al Instituto Tecnológico de Monterrey, hirió a Armando Herrera Corral, director del parque científico, y a uno de sus colegas. Los atentados los reivindicó el grupo Individualidades Tendiendo a lo Salvaje que la policía relaciona con activistas violentos de otros países. Estos terroristas se definen a sí mismos como ecologistas radicales y publican periódicamente comunicados en páginas web contra el avance tecnológico y, en particular, contra la inteligencia artificial y la nanotecnología. Movimientos afines son los que periódicamente inducen o llevan a cabo agresiones contra quienes consideran responsables o cómplices de la investigación en áreas como la biotecnología, los alimentos modificados genéticamente o la experimentación animal.



La tecnofobia, o actitud general contra las nuevas tecnologías, ha existido siempre y va desde la simple desconfianza hasta la agresión directa. Los tecnófobos ven en la ciencia una amenaza contra su forma de vida, su cultura, su ideología o sus principios religiosos. Los adelantos tecnológicos pueden provocar también la pérdida del puesto de trabajo de muchas personas y generar actitudes violentas.



Por otro lado, la adaptación forzosa y continua a las nuevas tecnologías y la necesidad artificial de adquirir lo más nuevo, causan también un amplio rechazo.



El carácter violento de estos ataques exige la intervención policial y judicial, y un aumento de las medidas de seguridad. Pero la batalla crucial, en la que el científico puede hacer mucho, se da en la opinión pública. En su lado positivo, la tecnofobia suscita una reflexión acerca del papel de la ciencia y la tecnología en la sociedad. Es necesario y deseable un planteamiento crítico sobre dónde nos llevan y sobre el coste social, medioambiental y moral de sus avances y aplicaciones. Con seguridad, ciencia y técnica son parte de la solución para los mismos problemas que plantean. Un ejemplo son los avances que llevan a un mayor ahorro y eficiencia energética. En esta línea, voces autorizadas piden un análisis más crítico de las investigaciones subvencionadas con dinero público, pues toda investigación científica no es buena per se, sino solo en la medida en la que sea necesaria o suponga un progreso sustancial del conocimiento.



Los investigadores tienen también la obligación de contribuir a aumentar la cultura científica de la sociedad. Algunas facetas de su trabajo provocan periódicamente discusiones de tipo político, moral y religioso. Desde las investigaciones y medidas a tomar sobre el cambio climático hasta las relativas a las células madre. Ejemplos más recientes afectan  a la fabricación de virus mutantes de gripe o a las técnicas de separación y enriquecimiento de isótopos e influir en la opinión pública, para dejar claros los avances y sus repercusiones, evitar malentendidos y transmitir valoraciones realistas de sus ventajas e inconvenientes. Así, exagerar los beneficios puede llevar a la incredulidad o, como sucede en la investigación médica, a suscitar falsas expectativas. No se trata sólo de extender las fronteras del conocimiento y aumentar la riqueza y el bienestar, sino también de abrir las mentes de las personas y ganar su corazón.



Autor: José María Martínez Selva, catedrático de Psicobiología de la Universidad de Murcia.

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