sábado, 4 de agosto de 2012

SISTEMA INMUNITARIO VS LONGEVIDAD

EL SISTEMA INMUNITARIO, 
ALGO MÁS QUE UNA SIMPLE ESTRATEGIA DE DEFENSA


La infancia es la escuela del sistema inmunitario:
pasamos el 90% de infecciones de nuestra vida
¿Cómo es posible que algunas personas casi nunca enfermen y tras lo hagan continuamente?¿Hay algo distinto en los primeros que los hace menos susceptibles a padecer cánceres, alergias o cualquier otro tipo de enfermedades?

En realidad, sí. Cuidar de nuestro sistema inmunitario es cuidar de la defensa  y regulación de nuestro cuerpo. Es la mejor manera de cuidarnos. El sistema inmunitario es nuestra arma contra organismos intrusos y que consta de muy diversos elementos, como órganos, tejidos y células de distintos tipos, que trabajan al unísono para lograr un fin común: el mantenimiento del bienestar global de nuestro organismo.


¿Qué edad tenemos?
La edad cronológica no siempre se corresponde con
la biológica, la que marca nuestro estado de salud.
Cuando un patógeno invasor consigue penetrar las barreras de nuestro cuerpo, tarde o temprano es localizado por las células del sistema inmunitario que lo patrullan constantemente. En este primer encuentro con el patógeno, nuestro organismo no será muy selectivo y tratará al intruso de forma genérica, sin que intervenga en su destrucción ninguna célula de gran especialización. 






El organismo recurrirá así a la artillería, macrófagos y neutrófilos que engullirán a lo que se ponga por delante en una respuesta que se conoce como inmunidad innata. Sin embargo, gracias a la intervención de unos linfocitos especializados, llamados T y B, durante ese primer contacto se le abrirá una ficha al intruso -a la que llamaremos anticuerpo-, para conservarla en la memoria corporal. Si el intruso penetra de nuevo y su ficha consta en la base de datos del organismo como "elemento peligroso", la alarma se disparará, se iniciará la fabricación masiva de anticuerpos que se distribuirán por todas partes para detectar al intruso y se creará una respuesta destructiva adecuada y específica para ese individuo invasor en concreto. Por ello, a esta operación se la conoce como respuesta específica o adaptativa. Hay que tener presente, además, que en plena batalla es vital poder reconocer a tu enemigo y no atacar a ninguna de tus células. Con este fin el anticuerpo se unirá únicamente a zonas específicas del intruso marcándolo para su identificación y muerte.




Las enfermedades autoinmunes se producen cuando el sistema inmunitario se confunde y ataca a las células del propio organismo, debido a algún fallo en su reconocimiento y señalización. Los elementos de las fuerzas especiales que componen la respuesta adaptativa son muy numerosos, pero entre ellos existe un tipo de linfocitos ninja, conocidos como asesinos naturales que dan caza a las células que se encuentren infectadas por patógenos destruyéndolas selectivamente, al tiempo que patrullan el cuerpo para detectar la presencia de tumores incipientes y eliminarlos. Cuando se libra en nuestro interior este tipo de batalla, la percibimos en forma de fiebre y dolores articulares, debido a la inflamación.

MARCANDO EL RITMO DE NUESTRA VIDA

Al nacer se rompe la burbuja de la esterilidad casi total en la que vivimos dentro de la madre, comenzando a hacer frente a los peligros de la vida por nuestros propios medios. En esos momentos nuestro sistema inmunitario está aún inmaduro y el intestino carece de la flora bacteriana necesaria para desarrollar defensas, absorber nutrientes y fabricar vitaminas.




Los primeros antígenos que el feto recibe le llegarán a través de la placenta materna. Luego con la leche de la madre el bebé tomará más defensas y parte de su flora bacteriana. De ahí la importancia del período de lactancia.

Conforme nuestro intestino va reconociendo y tolerando a ciertos microorganismos, también madura nuestro sistema inmunitario que aprende a reconocer qué bacterias le son útiles y cuáles son dañinas. Cada nuevo encuentro con un patógeno invasor es una ocasión preciosa para crear nuevas defensas. La infancia es, por tanto, la escuela del sistema inmunitario y el período en el que pasaremos el 90% de las infecciones de nuestra vida. Puede que no lo parezca, pero es bueno entrar lenta y progresivamente en contacto con todos esos patógenos y elementos extraños, a fin de crear esas defensas y evitar muchas alergias futuras.




A partir de los 18 años el resto será envejecer, conforme nuestro sistema inmunitario vaya progresivamente perdiendo eficacia. La diferencia entre nuestra edad cronológica -los años que tenemos- y la edad biológica -la edad que marca nuestro organismo-, depende realmente del estado de nuestro sistema defensivo: de la capacidad de nuestros glóbulos blancos para comerse a los patógenos, de los linfocitos para hacer frente a elementos extraños y de los asesinos naturales para acabar con las células tumorales. En un momento podemos tener una edad biológica de 60 años y al año siguiente de 30 o 40. Para el cuerpo, el paso del tiempo no es lineal y la edad biológica marca en verdad el envejecimiento.


Mónica de la Fuente y su equipo
Mónica de la Fuente, catedrática de fisiología de la Universidad Complutense de Madrid, ha analizado el estado del sistema inmunitario de la población según tres franjas de edad, observando que el de aquellas personas que superan los cien años está en las mismas condiciones que si tuvieran 30. La ciencia admite que potencialmente podríamos vivir unos 115 años. Sin embargo, hay que tener en cuenta algunas cosas para apoyar en lo posible a nuestro organismo.

EN COMUNICACIÓN 
CON EL CUERPO Y LA MENTE


Steven Maier
Para desacelerar el declive hemos de cuidarnos y llevar una vida sin demasiado estrés. Resulta un tópico, pero las conexiones entre nuestro cerebro y nuestro cuerpo son una realidad. Steven Maier, de la Universidad de Colorado (EEUU.), demostró en 2003 que nuestro comportamiento y estado emocional influyen en el sistema inmunitario a través de su respuesta innata. Y lo mismo ocurre a la inversa. El sistema inmunitario envía señales al cerebro que potencialmente alteran la actividad y el flujo neuronal, repercutiendo de este modo en nuestro comportamiento, pensamiento y humor. Recientemente se ha visto, además, que el sistema inmunitario participaría en dar forma a las vías neuronales durante el desarrollo del cerebro, según la investigadora Beth Stevens.


Beth Stevens

Beth Stevens es la neurocientífica del Boston Children´s Hospital y la Harvard Medical School donde ha observado que las células del sistema inmunitario que llevan a cabo su función en el sistema nervioso central -la llamada microglía-, identifican, recortan y retiran las conexiones neuronales que no se utilizan durante el desarrollo del cerebro. Esta investigación es de gran importancia porque arroja luz sobre el papel, hasta ahora desconocido, que juega el sistema inmunitario en lo que se define como plasticidad cerebral.


¿Que cómo ocurre todo esto? Los macrófagos -aquellas células que suponen la artillería pesada y primera línea de defensa del sistema inmunitario-, crean unas moléculas denominadas citoquinas proinflamatorias que actúan en el cerebro activando la respuesta de enfermedad, es decir, la clásica subida de fiebre que cursa con aumento de glóbulos blancos, falta de apetito,... Si bloqueamos la actividad de estas citoquinas no aparecen los síntomas a los que llamamos enfermedad. Sin embargo, los macrófagos son demasiado grandes para atravesar la barrera hematoencefálica del cerebro y producir allí citoquinas. Maier descubrió que el mensaje de los macrófagos alcanza el cerebro a través del nervio vago, gracias a la presencia de receptores para las citoquinas, actuando estas como el agente de la comunicación celular. Si se secciona el nervio vago, ¡el cerebro no sabe que estamos enfermos! La comunicación entre cerebro y sistema inmunitario, como decíamos, también transcurre en la otra dirección. 


¡No te quemes!
El estrés y el desánimo merman el sistema inmunológico
e incrementan el riesgo de padecer alguna enfermedad.
Cuando vivimos bajo un estrés crónico nuestro cerebro incrementa la producción de citoquinas en el hipocampo, activando la respuesta de enfermedad como si padeciéramos una infección. "El estrés no es más que una enfermedad" o si lo preferimos "otra forma de infección" -nos dice Maier-, que evolucionó para alertar al cuerpo contra un peligro específico, el patógeno, mientras que lo que llamamos enfermedad es el esfuerzo combinado del organismo por producir la suficiente energía para luchar contra esa infección y preservarlo lo más posible gracias a modificaciones de nuestro comportamiento.






LAS EMOCIONES INFLUYEN


Una persona deprimida, que sufre ansiedad o que ha perdido a un ser querido tiene mayor probabilidad de sufrir un proceso infeccioso o desarrollar un cáncer, porque su dolor deteriora el sistema inmunitario e incrementa el nivel de citoquinas. Este es el motivo por el que cultivar emociones positivas alarga tu vida, como ha demostrado De la Fuente con ratas inmunodeprimidas, que viven menos en comparación con otras de su misma edad cronológica cuando se las somete al estrés de situarlas en un ambiente nuevo. Esta comunicación también puede llegar a afectar a nuestra capacidad cognitiva, como se observa al inyectar citoquinas en el hipocampo de ratas -lo que ocurre en situaciones de estrés-, mermando su memoria y capacidad de aprendizaje.


Otro fenómeno curioso es que con cada infección el cuerpo se sensibiliza, respondiendo con mayor intensidad cuando a continuación se encuentra ante una situación de estrés, y lo mismo ocurre a la inversa. El cuerpo responderá exageradamente durante la próxima infección si esta acontece en los últimos 10 días de haber sufrido un episodio estresante. Estrés e infección se retroalimentan entre sí. De hecho, para algunos las alergias son una reacción anormal y exagerada de nuestro sistema inmunitario a sustancias que no toleramos bien y con las que nos encontramos con mayor frecuencia de lo habitual debido a nuestra forma de vida.


Margaret E. Kemeny

No obstante, el cómo vivamos el estrés al que estamos expuestos dependerá mucho de nuestra personalidad y psicología. Como dice Margaret E. Kemeny, de la Universidad de California, en San Francisco (EEUU.): "El cuerpo responde a lo que ocurre en el cerebro, no a lo que sucede en el ambiente". Un estado psicológico positivo es esencial para hacer frente a la vida, a lo que habría que añadir un poco de ejercicio físico diario, llevar una buena alimentación, cultivar vínculos sociales y afectivos, y descansar. 






No son recetas de la abuela, son una realidad científica. Dormir menos de 8 horas diarias, por ejemplo, puede debilitar hasta un 70% nuestro sistema inmunitario. Y si la situación se torna difícil, lo mejor es la aceptación realista, sin dejarse llevar por la negatividad excesiva, ni el positivo irreal.


LA INFLAMACIÓN: CURA Y ENFERMEDAD


El sistema inmunitario responde con inflamaciones
como defensa, pero deben controlarse
Se dice que las enfermedades de tipo inflamatorio están en aumento. Sin embargo, en la base de toda enfermedad se encuentra siempre un proceso inflamatorio que se produce cuando los macrófagos liberan citoquinas. Sencillamente es parte de la respuesta innata y uno de los primeros síntomas de que estamos enfermos. Si nuestro sistema inmunitario funciona bien, el resultado final será una inflamación que destruirá lo extraño: las típicas otitis, faringitis, laringitis, o cualquier otra enfermedad terminada en -itis. Esa inflamación -como ante el estrés agudo o puntual-, es positiva, aunque si no se controla y se vuelve permanente, acaba generando una enfermedad peor.






En el organismo lo importante es siempre el equilibrio. Si el sistema inmunitario se descontrola y permanece activo más de lo necesario, la inflamación se prolongará en el tiempo y la oxidación de nuestras células aumentará, lo que llevará el envejecimiento de nuestro cuerpo a través de un daño tisular que producirá enfermedades como la artritis reumatoide, la aterosclerosis, la fibrosis pulmonar, la tuberculosis e, incluso, el cáncer y el Alzheimer. En definitiva, si nuestro sistema inmunitario se encuentra siempre en constante actividad enfermaremos y envejeceremos prematuramente.


Cuida, por tanto, tu mente y el ambiente en el que vives. Ellos suponen el 75% de la ecuación de una larga y saludable vida. La importancia de los genes es grande, pero no son la última palabra. En nuestras manos recae la responsabilidad de nuestra salud y de la calidad de los años que lleguemos a vivir.


LA DEFENSA DE LOS NEUTRÓFILOS





Hasta el momento se pensaba que la inflamación podría acelerar la proliferación de células tumorales. Si bien esto parece ser cierto cuando la inflamación se cronifica, si se trata de una inflamación puntual, los neutrófilos creados son capaces de competir por el espacio con las células tumorales y detener el crecimiento incontrolado del tumor. Se habla así de un número necesario de neutrófilos que debería circular por la sangre -lo que depende de la intensidad de la inflamación- a fin de poder controlar el crecimiento de la masa tumoral y con ello la enfermedad. Así se abre la posibilidad de utilizar la respuesta innata como terapia contra el cáncer.

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