domingo, 5 de agosto de 2012

RELACIÓN ENTRE MÚSICA Y CEREBRO

Robert Zatorre


Robert Zatorre es el neurocientífico argentino que nos explica las relaciones entre la música y el cerebro. Y nos descubre su particular interacción: desde los placeres musicales a las expectativas creadas en la audiencia.



Lo que hace diferente el arte de la música, a las demás artes, es algo que se ha estudiado de forma activa en el laboratorio. Según Robert Zatorre, ellos pusieron esta pregunta en un cuadro más bien biológico.  Hoy saben que si a un ratón hambriento le das algo de comer se activa una molécula neurotransmisora llamada dopamina. Se preguntaron si este fenómeno también sucedía con la música. Por una parte, el aspecto del placer es parecido pero, por otra, la música es algo abstracto, que no tiene nada que ver con un estímulo físico como el alimento.



Se pudieron identificar varias cosas. En primer lugar, vieron que la dopamina se activa cuando un individuo escucha música que le da mucho placer. En cambio, si suena una música que no le gusta, no se activa. También observaron que la zona del cerebro donde se expresa esta dopamina es la misma que está involucrada en todos los circuitos de placer o recompensa. No solo el alimento sino también el de las drogas, el sexo, etc... Esta parte se llama estriado ventral. Por último, y lo más interesante, se dieron cuenta que mientras se escucha una canción hay dos fases de activación de la dopamina.


Una pieza musical puede durar unos tres minutos, como la mayoría de las canciones de rock, o durar casi una hora, como una sinfonía de Bramhs. Sin embargo, en ambos casos siempre hay momentos de más y menos intensidad. Estos están ligados a experiencias de más y menos placer. Se ha descubierto que durante las etapas de anticipación del placer, es decir, cuando sentimos que está por llegar un momento de gran emoción pero que aún no ha llegado, y en el momento del éxtasis o escalofrío, la dopamina se manifiesta en dos regiones del cerebro diferentes. Además, lo hace de forma correlacionada: cuando aumenta la expresión en una zona disminuye en la otra y viceversa.



En los estudios con animales, si uno le da alimento a una rata, experimenta placer. Sin embargo, puede haber un estímulo en el entorno que le indique que el alimento va a venir y este, a su vez, también provoca placer. Desde el punto de vista biológico, los placeres siempre están ligados con estímulos que nos indican que algo bueno va a ocurrir o que no va a ocurrir. Es muy importante para la supervivencia saber distinguir estos estímulos. Los psicólogos han desarrollado una teoría que habla de las expectativas de resolución o tensión-resolución. La música, a su manera, encapsula toda esta actividad mental. Se sabe que algo muy emotivo va a llegar y creamos expectativas musicales.



Tensión y resolución, es la base de la teoría musical y frecuentemente se habla de progresiones harmónicas: cadenas de acordes donde cada uno crea la expectativa para el siguiente. Los compositores lo saben, los artistas lo saben, los intérpretes lo saben... Lo fascinante es que, observando lo que ocurre en el cerebro durante las distintas fases de activación de la dopamina, hemos relacionado la teoría musical o musicología con la biología más básica.



La adicción musical es un tema muy interesante que han estado pensando cómo abordarlo experimentalmente. Primero se tendría que distinguir entre adicción a la música y adicción a una música en particular. Es cierto que si escuchas una canción un par de veces ya no apetece volverla a escuchar, pero también es verdad que existe un consumo masivo de determinadas canciones.



Lo que ocurre con una droga a nivel bioquímico es muy distinto de lo que ocurre con la música. La música es un estímulo cognitivo, una abstracción, no es una sustancia química y por lo tanto no actúa de la misma forma sobre el organismo. Creo que esto es una de las grandes ventajas de la música: ¡puedes consumir toda la que quieras sin dañar tu cuerpo!.



Si supieramos la relación entre el tipo de armonía musical y nuestra respuesta neurobiológica tendríamos a todo el mundo de la publicidad intentando contratarnos. Sin embargo, se ha estudiado un fenómeno muy relacionado al que se le ha llamado la imaginación musical. Con este término se refiere a la habilidad de escuchar música mentalmente. Cuando una canción se hace pegadiza en nuestra cabeza no podemos controlar esta imaginación musical. ¿Es una cuestión de popularidad de la canción o la propia estructura musical tiene algo que ver porque esas canciones suelen tener ciertos gestos repetitivos. Existen otras ocasiones en que sí se controla esta facultad. Por ejemplo, si piensas en las primeras notas del himno a la alegría de Beethoven no tendremos ningún problema en reproducirlas mentalmente, así como la letra del himno de nuestro equipo, el Barça por ejemplo, aunque no se haya pensado en ellas hasta este momento.



Esta imaginación musical es la que permitió componer a Beethoven aunque fuera sordo. Una vez hemos establecido ciertos patrones mentales los humanos podemos pensar notas sin escucharlas. Beethoven es el mejor ejemplo de ello: se volvió sordo pero pudo seguir componiendo. De hecho, muchos compositores que no son sordos escriben en silencio porque de esta forma son capaces de imaginar el sonido de los diferentes instrumentos de la pieza por separado aunque no sepan tocarlos. Para estudiar este fenómeno se ha comparado nuestra actividad cerebral cuando escuchamos música y cuando la pensamos. La corteza auditiva es la zona de nuestro cerebro que se activa cuando escuchamos música. Dentro de esta región hay subregiones que también se activan sin sonido, solamente pensando en la canción. Estas células, que por debajo están conectadas con el oído, también están conectadas desde arriba y, de alguna manera, se pueden activar únicamente con el pensamiento.




Uno de los aspectos más sorprendentes de la creación musical es la improvisación. Los músicos argumentan que improvisar es una forma de hablar con el instrumento. La relación entre el habla y la improvisación musical sería una buena tesis doctoral. Por un lado, es bastante notable que, excepto contadas ocasiones, hablar es una actividad completamente espontánea. Básicamente, consiste en articular palabras en un orden determinado para dar sentido al conjunto de todas ellas. En la música sucede algo similar. En el jazz, por ejemplo, existen unos patrones de acordes que el músico puede usar para ir creando una melodia de forma espontánea. Puede haber ciertas variaciones pero hay unas reglas que no se pueden saltar, igual que con el lenguaje. De hecho, si un músico se pone a tocar y se equivoca, aunque sea una improvisación, todos se darán cuenta de su error. ¿Cómo pueden darse cuenta si está improvisando y no saben lo que va a venir? Pues porque sí lo saben, conocen bien el lenguaje y pueden hacer predicciones. Para poder improvisar hay que saber estos patrones y tener la habilidad de combinarlos bien. No obstante, para crear algo atractivo hay que hacer alguna variación o introducir una combinación relativamente nueva sin que sea aleatorio. La aleatoriedad no permite ninguna predicción y por lo tanto se vuelve aburrida.



Lo sorprendente es que cuando se estudia a una persona hablando y a otra improvisando se ven patrones cerebrales muy distintos. Esta es una disyuntiva muy interesante porque estas dos actividades se parecen mucho a nivel estructural pero los circuitos cerebrales implicados son completamente distintos. Es una cuestión que aún está muy abierta. Además es muy difícil de estudiar porque dentro de un laboratorio es complicado reproducir las condiciones de espontaneidad. Sin embargo, es un tema muy interesante porque está relacionado con la creatividad que tiene, a su vez, relación con la imaginación de hablábamos antes. Cuando un músico improvisa está usando los mismos circuitos de la imaginación musical. Antes de hacer sonar una nota o acorde lo piensa, lo anticipa en su mente.



Se ha hablado mucho de la cualidades terapéuticas  de la música y se ha llegado a conclusiones como que la música nos puede ayudar a mejorar nuestra salud mental. No es algo tan fácil como poner música a un paciente con Alzheimer y que mejore al instante. Tan simple no es. Pero se cree que tenemos buenas pistas para seguir investigando en este campo, no solo en demencias sino también en accidentes cerebrovasculares, Parkinson, depresiones u otros trastornos psíquicos. Uno de los aspectos que sí que se ha comprobado es que a los pacientes que deben recuperar la capacidad de andar, escuchar música con un ritmo marcado y constante les ayuda muchísimo. La idea de aplicar la música como terapia es muy buena, pero se tiene que investigar científicamente qué terapias son eficientes y bajo qué condiciones. Lo que preocupa es que haya gente que quiera sacar provecho de este aspecto y pongan la música como una panacea que va a curarlo todo.



En unos 10 años se sabrá mucho más. Lo importante es que se están formulando buenas preguntas. Esto es fundamental porque prácticamente es lo más importante de cualquier ciencia. Lo difícil no es sacar respuestas, sino saber cuál es la pregunta correcta. La utilidad de los resultados siempre depende de la calidad de la pregunta.

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