lunes, 17 de septiembre de 2012

LA COMPETENCIA Y LOS CONFLICTOS DE INTERESES DISTORSIONAN DEMASIADOS HALLAZGOS MÉDICOS

UNA EPIDEMIA DE FALSOS POSITIVOS



Los falsos positivos y los resultados exagerados en los estudios científicos han alcanzado proporciones epidémicas en los últimos años. El problema es galopante en economía, ciencias sociales y ciencias naturales, pero resulta particularmente mayúsculo en biomedicina. Numerosos estudios que reivindican el beneficio de algún fármaco o tratamiento han resultado no ser ciertos. Solo hay que echar un vistazo a los hallazgos contradictorios sobre los betacorotenos, la vitamina E, las terapias hormonales, el analgésico Vioxx y el antidiabético Avandia. Incluso cuando los efectos se han demostrado, estos resultan ser más débiles de lo anunciado.



El problema comienza con el aumento de las expectativas del público. Como seres humanos, los científicos están tentados de mostrar que saben más de lo que saben. El número de investigadores (y el número de experimentos, observaciones y análisis que producen) también ha aumentado de forma exponencial en numerosos ámbitos, pero faltan las garantías adecuadas contra los sesgos. La investigación está fragmentada, la competencia es feroz y con frecuencia se hace hincapié en estudios individuales en lugar de analizar el panorama general.


Un número de investigaciones se acometen por razones diferentes a la búsqueda de la verdad. Los conflictos de intereses abundan e influyen en los resultados. En el ámbito médico, los estudios se realizan con frecuencia a instancias de empresas con un gran interés económico en los resultados. Incluso  para los académicos, el éxito depende a menudo de la publicación de datos positivos. El oligopolio de las publicaciones de gran impacto conlleva además un efecto distorsionador en la financiación, las carreras académicas y las cuotas de mercado. La industria adapta a sus necesidades los programas de investigación, lo que además determina las prioridades académicas, los ingresos de la publicación e, incluso, la financiación pública.



La crisis no debe debilitar la confianza en el método científico. La capacidad de demostrar que algo es falso sigue siendo una característica de la ciencia. Pero los científicos deben mejorar la manera en que investigan y el modo en que difunden los resultados.



En primer lugar, se debe exigir de forma rutinaria una validación externa sólida y amplia (en forma de estudios adicionales) de cualquier informe que afirme haber descubierto algo nuevo. En muchos campos se tiene poco en cuenta la necesidad de replicación o esta se lleva a cabo de forma irregular y poco sistemática. En segundo lugar, los informes científicos deberían considerar el número de análisis realizados. Ello tendería a minimizar los falsos positivos; aunque también supondría que algunos hallazgos válidos podrían pasarse por alto. Aquí es donde las grandes colaboraciones internacionales pueden resultar indispensables. La epidemiología genómica en humanos goza de una trayectoria sólida porque varios consorcios a gran escala validan de forma rigurosa los factores de riesgo genéticos.

 Distribución de los resultados del logaritmo del riesgo en individuos que han desarrollado y no han desarrollado cardiopatía isquémica en el estudio VERIFICA. FN: falsos negativos; FP: falsos positivos; VN: verdaderos negativos; VP: verdaderos positivos.


La mejor manera de garantizar que se verifiquen los resultados de las pruebas sería que los científicos registraran sus protocolos experimentales antes de comenzar sus investigaciones y que revelaran los resultados y los datos completos cuando la investigación hubiera concluido. En la actualidad, los resultados se notifican de forma selectiva: se destacan los más llamativos. Y las personas ajenas a la investigación no suelen tener acceso a los datos necesarios para repetir los estudios. Las publicaciones y agencias de financiación deben fomentar la disponibilidad pública de los datos y métodos de cada documento publicado. También sería útil que los investigadores declararan las limitaciones de sus resultados o los defectos inherentes al diseño de sus experimentos. Del mismo modo, científicos y patrocinadores deberían ser rigurosos en la declaración de conflictos de intereses.



Algunos ámbitos han adoptado uno o varios de esos mecanismos. Los grandes consorcios internacionales se están convirtiendo en algo habitual en epidemiología; publicaciones como Annals of Internal Medicine y Journal of the American Medical Association piden a los autores que describan las limitaciones del estudio; y muchas publicaciones preguntan sobre los conflictos de intereses. Sin embargo, la aplicación generalizada de estas medidas no será sencilla.



Muchos científicos implicados en trabajos de gran repercusión se negarán a revelar tantos detalles. Y lo que es más importante, numerosas investigaciones fundamentales ya se han dejado en manos de las industrias farmacéutica y biomédica, que en ocasiones pueden diseñar y publicar los estudios de manera que resulten más favorables para sus productos. La situación es vergonzosa. El aumento de la inversión en la investigación poblacional y clínica basada en datos científicos, por ejemplo, no debería diseñarlo la industria, sino expertos carentes de conflictos de intereses materiales.



Por último, los datos que puedan condicionar medidas terapéuticas deberían ir acompañados de cualquier incertidumbre que los rodee. Es totalmente aceptable para pacientes y médicos seguir un tratamiento basado en una información con solo un 1% de posibilidades de ser correcta. Pero se debería ser consciente del riesgo que ello entraña.



Autor: John P.A. Ioannidis, que ocupa la cátedra C.F.Rehnborg de prevención de enfermedades en la Facultad de Medicina de la Universidad Stanford. También allí dirige el Centro de Investigación para la Prevención e imparte clases de medicina y de investigación y política sanitaria. 


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