miércoles, 19 de diciembre de 2012

EL LENGUAJE Y LA RAZÓN

¿Qué relación guardan entre sí lenguaje y pensamiento?
¿Razonamos siempre mediante un monólogo interno o podemos hacerlo sin recurrir a las palabras?

"Los hombres creen que su razón demanda las palabras; pero también sucede que las palabras tornan su fuerza contra la razón"
Francis Bacon

Estas reflexiones fueron escritas por Francis Bacon en 1620, en su obra Novum organum. ¿En qué consisten exactamente los pensamientos? ¿Constan de la oración misma, o son más bien una idea abstracta que representamos por medios linguísticos? En una conferencia que impartió Gottfried Vosgerau, habló sobre un pensamiento que había anotado en un papel. Y un compañero señaló: "Hablas sobre un pensamiento, ¡pero en tu hoja veo una oración!". Tan sutil distinción puede resultar acertada. Sin embargo, trate usted de poner sobre el papel cualquiera de sus pensamientos sin emplear palabras. Todo lo más, algo así se encontrará al alcance de un matemático.

El problema que ponen de manifiesto los ejemplos anteriores nos conduce a la pregunta sobre la relación entre lenguaje y pensamiento. ¿Usamos la lengua para expresar nuestros pensamientos o es la lengua en sí la herramienta que nos faculta para pensar?

Muchos tendrán la sensación de que, cuando reflexionan, llevan a cabo una especie de monólogo interior. ¿Es el pensamiento, en esencia, un habla interna? Aunque de manera intuitiva esta opción se antoja plausible, lo cierto es que dicho monólogo interior solo se nos hace patente cuando nos concentramos y renunciamos a cualquier otra actividad. Por tanto, cabe la posibilidad de que esa habla interna solo acompañe al razonamiento en aquellos momentos en los que no usamos nuestro aparato lingüístico para otros fines. Puede que se trate de un efecto secundario asociado al pensamiento, pero no de algo imprescindible para que este tenga lugar.


La experiencia cotidiana aporta suficientes ejemplos que apoyan la segunda hipótesis. Es cierto que, por lo general, recurrimos al lenguaje para expresar nuestras ideas. Por tanto, si estas ya se encontrasen disponibles verbalmente, semejante acción no nos supondría ningún esfuerzo. Con frecuencia, sin embargo, acabamos dando muchas vueltas a las palabras: sabemos lo que pensamos y lo que nos gustaría expresar, pero no damos con la formulación correcta. En otras ocasiones, al intentar entender un problema complejo, comprobamos con desesperación que toda explicación verbal se muestra inútil y que solo una representación icónica, como un diagrama, nos permite abordarlo. Si pensásemos con palabras, las explicaciones lingüísticas nos ayudarían notablemente más que las imágenes.

SINTETIZANDO

La reflexión se asocia con frecuencia a un habla interior. En ocasiones, sin embargo, nos debatimos para encontrar palabras con las que expresar una idea que ya tenemos en mente. Ello apunta a una capacidad prelingüística de razonamiento. Con todo, la facultad de pensar no puede entenderse sin conceptos, si bien estos podrían ser no verbales. Algunos experimentos han demostrado que también los animales disponen de conceptos sencillos y, con ello, de razonamientos básicos. En todo caso, algunos conceptos parecen imposibles de adquirir en ausencia del lenguaje. Los expertos debaten hasta qué punto influye la lengua sobre el pensamiento . ¿Aportan estas estructuras cognitivas inexistentes en el pensamiento prelingüístico?

CONOCIMIENTO DEL JUICIO

Un destacado defensor de la dependencia lingüística del pensamiento fue el filósofo estodounidense Donald H.Davidson (1917-2003). Según él, el verdadero pensamiento requiere disponer del concepto de juicio. Además, solo podrá tener juicios propios quien sepa lo que significa poseer un juicio. Para adquirir dicho concepto, deberemos tratar con otras personas y conocer sus juicios: un acto para el que la comunicación verbal resulta imprescindible. Nótese que el argumento no implica la necesidad de aprender la palabra "lluvia" para poder reflexionar sobre la lluvia. Antes bien, Davidson considera que, en general, el habla constituye un requisito para poder acceder al razonamiento.

Con todo, la tesis anterior adolece de sus puntos débiles. La principal objeción estriba en el hecho de que pensar sobre una idea no es lo mismo que saber que en ese momento nos encontramos reflexionando sobre ella. Sin duda, un gato puede percibir sensaciones. ¿Debe por ello saber en qué consiste una percepción? ¡Por supuesto que no! Disponer del concepto de percepción implica, entre otras cosas, saber que una percepción puede ser falsa; algo que, en lo que respecta al gato, podemos permitirnos poner en duda. En el mismo sentido, también debería ser posible concebir un pensamiento sin necesidad de saber qué es un pensamiento.

Por otro lado, existen otros dos argumentos de carácter general que se oponen también a la supuesta dependencia entre el pensamiento y el lenguaje. En tal caso, resulta indiscutible que en primer lugar deberemos adquirir una lengua. Pero ¿cómo aprender una expresión lingüística si no podemos pensar en absoluto acerca del concepto correspondiente? El filósofo José Luís Bermúdez, de la Universidad de Texas A&M, ha razonado a partir de la palabra "yo". Un niño no aprenderá el significado de dicho vocablo hasta que no sea capaz de concebirse mentalmente a sí mismo como una persona. En particular, no se trata de que un niño pronuncie la palabra "yo" y la emplee como si fuese un nombre, sino de que aprenda su significado, lo cual podemos describir como usar la palabra "yo" para referirse a sí mismo. Solo después de que el niño logre formar ideas sobre el yo (por ejemplo, como fuente de las propias acciones -incluida el habla-), podrá comprender el significado de la palabra "yo".

El segundo argumento remite al caso de los seres privados de habla, como animales o niños pequeños. Estos, a pesar de carecer de lengua, disfrutan de un amplio espectro de capacidades cognitivas que, en esencia, no se diferencian de las que muestran las personas adultas. Así las cosas, supondría una pura arbitrariedad afirmar que unos piensan y otros no. En definitiva, nos vemos obligados a aceptar la posibilidad de un pensamiento independiente del lenguaje.

CATEGORIZACIÓN Y CONCEPTOS



¿Qué define el pensamiento? Una idea típica, como "eso es un coche rojo", se caracteriza por contener una serie de conceptos (en este caso, coche y rojo) que se refieren a objetos. Aquí radica la diferencia con la simple percepción. Aunque carezca de los conceptos correspondientes, también un perro verá que el coche es rojo, pero sus facultades se limitarán a distinguir el rojo de otros colores. De hecho, la misma capacidad se encuentra al alcance de instrumetos de medición sencillos: un detector de luz roja emitirá una señal cuando sobre él incida radiación de dicho color; sin embargo, en tal caso jamás hablaremos de razonamiento.

La cuestión sobre la mejor manera de caracterizar los conceptos cuenta con una larga tradición en filosofía. Según una de las teorías actuales, propuesta por Albert Newen, de la Universidad de Bochum, y Andreas Bartels, de la Unviersidad de Bonn, han de satisfacerse cuatro condiciones para poder afirmar que disponemos de concepto rojo. En primer lugar, deberíamos ser capaces de reconocer dicha propiedad en objetos diferentes. Además, a un mismo objeto deberíamos poder asignarle otras propiedades (como, por ejemplo, que sea de metal). En tercer lugar, habremos de entender que el rojo guarda relación con otros colores, pero que no tiene nada que ver con, digamos, las formas geométricas. Por último, no deberíamos emplear el concepto de forma automática, sino, hasta cierto punto, con independencia de la situación perceptiva.



Los cuatro criterios anteriores aseguran que disponer de un concepto no se reduce a clasificar un objeto en el sentido de colocarlo en una de entre varias estanterías, sino de categorizarlos de la manera correcta atendiendo a todas sus características (rojo en calidad de color, de madera en lo que se refiere al material, etc...) Lo que ello implica puede apreciarse con claridad a partir de los conocidos experimentos realizados en 1977 y 2007 con el loro Alex. La investigadora conductual Irene M. Pepperberg, de la Universidad Brandeis en Waltham, entrenó al animal y demostró que este disponía de ciertas habilidades conceptuales. El ave no solo distinguía entre varios colores, materiales y formas, sino que era capaz de aplicar dicho conocimiento a nuevos objetos. Con ello, satisfacía los dos primeros requisitos enunciados arriba. Además, indicaba mediante sonidos en qué categoría se asemejaban o se diferenciaban dos objetos: mismo color, distinta forma, etc... (tercera condición). Por último, Alex no cotorreaba al azar sin más cuando se le presentaba un objeto, sino que respondía de manera precisa a las preguntas (cuarto criterio).

Junto a tales tareas de categorización, que también pueden observarse en los niños, los conceptos aportan a nuestro pensamiento una determinada estructura, la cual permite nuevas combinaciones sistemáticas. Por ejemplo, si alguien dispone de los conceptos elefante y rojo, podrá imaginar elefantes rojos a pesar de no haber visto criatura semejante en su vida. Constatar esta facultad en seres silentes resulta, desde luego, muy complicado. Sin embargo, dicha habilidad puede quedar patente si estos demuestran una capacidad para aplicar los conceptos en cuestión a objetos que poseen nuevas combinaciones de características.

Nicola S. Clayton y Anthony Dickinson, de la Universidad de Cambridge, han demostrado que los arrendajos poseen esa facultad combinatoria. En su experimento, los científicos escondían dos tipos de alimentos, de los cuales uno (A) sabía mejor que el otro (B), pero se echaba a perder mucho más rápido. Cuando a los pájaros se les permitía buscar la comida antes de que A se echase a perder, desenterraban el alimento más sabroso. Pero si, por el contrario, se les obligaba a esperar más rato, se dirigían directamente hacia el alimento B. Semejante comportamiento demuestra que estas aves pueden relacionar la información temporal con la espacial, una capacidad que requiere una estructura mental equiparable al razonamiento. Podemos concluir que, al menos hasta cierto punto, los arrendajos pueden pensar.

MULTAS Y ELECTRONES

Contamos, pues, con buenas razones para creer que existe el pensamiento sin habla. Pero ¿qué significa exactamente una afirmación como la anterior? ¿Que cada oración que expresamos se apoya en un pensamiento que no guarda relación alguna con la lengua? En absoluto. Algunos conceptos necesitan un trasfondo lingüístico. Entender el concepto multa, por ejemplo, requiere saber qué son las reglas sociales, así como que su infracción puede acarrear sanciones monetarias. Convenciones sociales tan concretas se establecen y se transmiten a través de la lengua. Sin ella, parece imposible adquirir una representación del significado de palabras como "multa".


Algo similar ocurre con los conceptos teóricos, como el del electrón. Estos requieren una comprensión de la teoría completa a la que pertenecen, y las teorías siempre se transmiten por medio del lenguaje. Por tanto, tales nociones resultan, en esencia, dependientes de la lengua. En este caso sí podemos afirmar que "las palabras tornan su fuerza contra la razón", como escribiera Bacon.

Cabe concluir que, si bien pensamiento y lenguaje existen de manera independiente, pueden influirse uno al otro. Ello nos lleva a formular dos cuestiones básicas. ¿Cómo caracterizar los pensamientos (no lingüísticos) y demarcar los límites que los separan de fenómenos más básicos, como la percepción? Por otro lado, ¿dónde comienza exactamente la lengua a configurar nuestro pensamiento y de qué manera ocurre esto?



Para responder a la primera pregunta, cabe señalar que la caracterización ya cuenta con suficiente poder explicativo. Dado que los loros o los arrendajos, carentes de habla, muestran comportamientos que en los humanos calificaríamos como razonamientos, también a aquellos deberíamos atribuirles una capacidad de raciocinio. En este punto resulta de capital importancia no trivializar el concepto de razón a fin de no aguar su poder explicativo. En particular, no deberíamos concluir de manera automática que todo comportamiento aparentemente refinado implica una capacidad de razonamiento. Las hormigas, por ejemplo, transportan a sus compañeras muertas afuera del hormiguero. Sin embargo, la hormiga no razona nada al respecto: actúa como consecuencia de un acto reflejo desencadenado por una sustancia aromática que desprenden los cadáveres. Así, ¿dónde acaba una cadena estímulo-respuesta y dónde comienzan a aparecer pensamientos básicos? Se trata de una pregunta de difícil respuesta que aún proporciona abundante materia para discutir.



En lo que se refiere a la segunda cuestión (la interacción entre lenguaje y pensamiento), existe al menos un aspecto empírico que puede separarse de la cuestión filosófica: los experimentos permiten determinar qué facultades cognitivas dependen del habla. Esta pregunta ha sido investigada por el psicólogo evolutivo Hannes Racckoczy, de la Universidad de Gotinga. Para él, dichas facultades son, ante todo, aquellas relacionadas con la capacidad para atribuir a otras personas estados mentales, como los pensamientos.

Se ha demostrado que algunos simios, e incluso ciertos animales de compañía, gozan de una comprensión básica de las intenciones ajenas. Sin embargo, la aptitud para diferenciar entre pensamientos propios y ajenos solo aparece en los humanos y, además, de la mano del lenguaje. Los niños sordos que reciben una educación oral sufren deficiencias no solo en lo que concierne al desarrollo del lenguaje, sino también en su capacidad para atribuir pensamientos a otras personas. Pero si, por el contrario, crecen en un ambiente en el que se emplea una lengua de signos, no muestran tales insuficiencias. Los experimentos futuros ayudarán a esclarecer, cada vez más, la influencia del lenguaje sobre el desarrollo del razonamiento.


Sin embargo, el aspecto filosófico de la cuestión continúa abierto. ¿Qué modificaciones esenciales ejerce la lengua sobre el pensamiento? ¿Puede el lenguaje fomentar la aparición de estructuras inexistentes en el pensamiento perelingüístico? ¿Posibilita acaso nuevas clases de conceptos imposibles de reducir a razonamientos más básicos?

En fecha reciente hemos visto surgir un intenso debate acerca de tales cuestiones, englobadas bajo el nombre de "cognición arraigada" (ground cognition). Esta aborda la cuestión de si nuestra capacidad para razonar se sustenta en otras aptitudes más básicas o si, por el contrario, conforma una facultad independiente del resto. En el primer caso, no parece muy plausible que la influencia del lenguaje resulte determinante. Si, por el contrario, el pensamiento constituye una facultad autónoma, cabe preguntarse de qué se compone y cómo se desarrolla. Parece difícil que la capacidad de razonar surja de la nada; antes bien, parece estar basada, o anclada, en otras aptitudes más básicas. De qué constan esos cimientos sigue siendo uno de los misterios aún sin resolver de la filosofía.



Autor: Gottfried Vosgerau. Profesor de filosofía en la Universidad de Düsseldorf. Interesado en las teorías de la mente y de la cognición, la neurofilosofía, la metafísica de la mente y la filosofía del lenguaje.

Bibliografía:
  • The paradox of self-consciousness. J.L.Bermúdez. The MIT Press, 1998.
  • Episodic-like memory during cache recovery by scrub jays. N.S.Clayton y A.Dickinson en Nature, vol.395, págs. 272-274, 1998.
  • Animal minds and the possession of concepts. A. Newen y A. Bartels en Philosophical Psychology, vol.20, págs. 283-308, 2007.
  • From thought to language to thought: Towards a dialectical picture of the development of thinking and speaking. H.Rakoczy en Grazer Philosophische Studien, vol. 81, págs. 77-103, 2010.
  • Lenguaje y pensamiento. Lera Boroditsky en Investigación y Ciencia, nº 415, abril de 2011.


   

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